CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
A la mañana siguiente, Ellis se despertó con un dolor agudo en el brazo. Abrió los ojos y los cerró de inmediato; la luz del sol parecía haberle quemado las retinas.
—Oye, tío. No puedes estar aquí —dijo una voz grave.
Ellis volvió a sentir un dolor punzante en el brazo. Abrió los ojos lo justo para ver a un hombre de pie frente a él. Siguió parpadeando hasta que finalmente consiguió enfocar la vista.
—¿Qué? —preguntó, con la voz ronca y la garganta seca.
—Esto no es un motel. Tienes que levantarte e irte.
Ellis se dio cuenta de que estaba tumbado en un banco, y el dolor provenía del extremo redondeado del mango de un rastrillo que le pinchaba el brazo.
—No estoy bromeando. Levántate y vete. —El hombre le pinchó con el mango del rastrillo unas cuantas veces más, cada una más fuerte que la anterior.
—¡Ay! —Ellis se obligó a incorporarse—. Me voy. Solo dame un minuto y deja de pincharme con esa cosa.
El hombre bajó el rastrillo, con los ojos entrecerrados por el sol. Llevaba vaqueros y un polo con un logotipo bordado en la manga. Ellis no reconoció el logotipo.
—¿Estás bien? —preguntó el hombre.
—¿Dónde demonios estoy?
Esa respuesta hizo reír al hombre.
—¿No reconoces este sitio? Estás en el Muelle 39. Ya sabes, Fisherman's Wharf. ¿San Francisco?
Ellis negó con la cabeza; nada de eso le sonaba de nada.
—Tío, debiste de meterte un buen pedo anoche para no reconocer este lugar. —El anciano le tendió la mano, y Ellis se agarró a ella para ponerse de pie.
—Tranquilo —dijo el hombre, sujetándole el brazo—. ¿Tienes a alguien a quien puedas llamar para que venga a recogerte? Probablemente no sea seguro que conduzcas. Creo que todavía estás borracho.
Ellis se llevó la mano a la frente y se masajeó suavemente.
—Me está matando la cabeza.
—Vuelve a sentarte, señor. Puedo llamar a una ambulancia.
—¿Adónde me llevarán?
El hombre frunció el ceño.
—Al hospital. Sabes lo que es un hospital, ¿verdad?
Ellis se encogió de hombros.
—Estás peor de lo que pensaba. —El hombre negó con la cabeza mientras miraba alrededor—. No puedo tenerte aquí sentado con esta pinta. Este lugar se llenará de turistas pronto.
Justo entonces un teléfono móvil comenzó a sonar. Ellis se quedó allí sentado, ignorándolo.
—Oye, ¿no vas a contestar?
—¿Contestar qué?
El hombre señaló el bolsillo delantero del pantalón de Ellis.
—Tu teléfono. Está sonando.
Ellis metió la mano en el bolsillo.
—Puede que sea alguien que te esté buscando.
—¿Diga? —dijo Ellis—. Lo siento, ¿quién es? ¿Mi esposa? No tengo esposa.
Ellis colgó y dejó el teléfono a su lado.
—¿Era alguien que conoces?
—No lo sé.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez el anciano lo cogió y contestó.
—¿Diga? No, no soy un amigo. Lo encontré durmiendo en un banco en el Muelle 39. No recuerda nada. ¿Puede ayudarlo? Vale, pero tiene que darse prisa. No puedo cuidarlo todo el día.
El anciano le devolvió el teléfono con la mano temblorosa. Los ojos de Ellis se fijaron en ella.
—Sí, tengo temblores —dijo el hombre—. Si sigues haciendo lo que estás haciendo, tú también los tendrás.
Ellis abrió la boca para hablar, pero se contuvo.
—Esa señora del teléfono dice que te conoce. —El anciano cambió el agarre del rastrillo—. Viene a recogerte.
—Pero no la conozco.
—A mí me parece buena persona. Necesitas descansar, y no puedes hacerlo aquí.
—El hombre se lamió los labios mientras inspeccionaba la zona—.
Viene gente. —Hizo un gesto a Ellis para que se levantara—.
Sígueme. Hay una zona donde los trabajadores descansan.
Puedes quedarte allí hasta que vengan a recogerte.
—¡No! No conozco a esa mujer. No te conozco a ti. —Ellis se levantó y se alejó del hombre.
—Oye, tranquilo. Solo intento ayudarte.
—¿Cómo sé que no formas parte de esto? —Ellis hizo un gesto a su alrededor.
—¿Parte de qué?
—Parte de lo que sea que hizo que no recuerde nada.
El anciano desestimó la acusación con un gesto.
—Eso te lo hizo el alcohol.
—Aléjate de mí. —Ellis dio pasos cortos en varias direcciones, sin saber adónde ir.
—No tienes que preocuparte por mí. Son esos dos agentes de allí de quienes tienes que preocuparte.
Ellis se giró. Dos agentes de la policía de San Francisco caminaban hacia ellos.
—¿Llamaste a la policía? —gritó Ellis al hombre—. Sabía que mentías sobre esa mujer.
—No llamé a nadie, pero me alegro de que estén aquí. Necesitas ayuda.