El curador (Trilogía SG 2) (Thriller del FBI de Abby Kane 8) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
37%

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Albert siguió escuchando unas horas más, pero no oyó nada. Miró el reloj; era hora de reunirse con su contacto.

La reunión sería en George Sterling Park, en la cima de Russian Hill. A esa hora de la noche siempre estaba desierto. La niebla espesa en lo alto de la colina era una certeza.

Subió por Russian Hill siguiendo Chestnut Street hasta el cruce con Hyde. Allí giró a la izquierda y aparcó el coche junto al bordillo. El parque quedaba justo después de Lombard Street, la famosa calle sinuosa de San Francisco. Salió del vehículo y recorrió a pie el resto del camino.

Subió unos escalones de hormigón que llevaban a un montículo cubierto de hierba. Arriba había dos pistas de tenis, vacías y a oscuras; el parque cerraba oficialmente a las nueve. Con la niebla, Albert apenas veía a cinco metros, pero conocía bien la zona.

Rodeó las pistas siguiendo la valla metálica hasta llegar al lado opuesto, donde un sendero serpenteaba por el parque hacia Larkin Street.

Los árboles bordeaban el camino y había bancos dispersos aquí y allá. La noche era silenciosa, salvo por el roce de sus zapatos contra el hormigón o el crujido ocasional de piedrecillas bajo sus pasos.

Apareció el primer banco, pero Albert lo pasó de largo y siguió hasta otro situado bajo un árbol, donde el camino giraba en sentido contrario. Quien se sentara en ese banco podía ver, o esa noche oír, a cualquiera que se aproximara desde cualquier dirección.

Albert no vio la figura en la penumbra hasta que esta se movió detrás del banco. Al acercarse, reconoció a su contacto. Se saludaron con un simple asentimiento mutuo.

El hombre era mayor que Albert —entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta, calculó—. Llevaba una cazadora de aviador de cuero negro y vaqueros azules. Una gorra plana gris oscuro le cubría la cabeza.

—Tu hombre no la vio salir de las instalaciones hoy —dijo Albert mientras se sentaba en el banco, ligeramente inclinado hacia delante con los brazos apoyados en los muslos.

El hombre se sentó a su lado y se recostó contra el respaldo con las manos en el regazo.

—¿Estás seguro de que era ella la que estaba en la casa? ¿No podría haber sido una amiga de la hija?

—La llamaron por su nombre.

El hombre asintió.

—Tendré que averiguar cómo ha pasado esto.

—Por lo que he averiguado, se quedará con la agente Kane cuatro días. El tiempo es justo, pero estoy seguro de que podemos trazar un plan para llevarnos a la niña.

—Tienes nuevas órdenes. Hay que eliminarla.

Albert intentó captar la mirada del hombre, pero este lo ignoró y siguió mirando al frente.

—No puedes hablar en serio.

—Es lo que hay que hacer. No podemos arriesgarnos a que vuelva a las instalaciones, ni permitir que este juego del gato y el ratón continúe. Es prescindible.

—Puedo sacarla de la casa.

Albert alzó la voz, pero enseguida la bajó y se inclinó hacia el hombre.

—Al menos dame la oportunidad de llevarla a un lugar seguro. Concédeme eso.

Por primera vez en toda la noche, el contacto de Albert se volvió hacia él. Sus ojos castaño oscuro parecían negros en la oscuridad.

—Lo siento, pero ya no la necesitamos.

—Es una niña, por el amor de Dios. ¿Cómo de peligrosa puede ser en realidad?

—Tu trabajo no es cuestionar, sino hacer lo que se te pide. Se invirtió mucho esfuerzo y planificación en ti y en tu esposa, por no hablar de una gran suma de dinero. No olvides por qué te enviaron a Estados Unidos.

—Yo no me alisté para matar niños.

El hombre inspiró hondo, como si fuera a añadir algo, pero no lo hizo. Se limitó a levantarse y alejarse.

Albert lo vio desaparecer en la grisura de la niebla. Aunque no estuviera de acuerdo con la orden, no tenía elección. Si desobedecía, sus hijos se convertirían en objetivos.