El curador (Trilogía SG 2) (Thriller del FBI de Abby Kane 8) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

Esa misma noche, en la Escuela de Artes Creativas, el orador invitado Johnny Ellis hablaba ante una sala abarrotada, con el público pendiente de cada una de sus palabras. Era el director creativo de Industrial Light and Magic, la compañía de efectos visuales creada por George Lucas.

Las sillas de plástico estaban dispuestas en diez columnas y siete filas, cada una ocupada por un estudiante de arte que escuchaba atentamente.

Más estudiantes permanecían de pie, apiñados sin dejar un hueco libre, a lo largo de las paredes y hacia el fondo de la sala.

Algunos se abanicaban con el folleto del evento.

Ellis comenzó su charla esa noche proyectando un vídeo con los trabajos recientes de ILM, que también incluía algunos adelantos de sus proyectos en curso.

Continuó hablando sobre el futuro de los efectos visuales: creía firmemente que desempeñarían un papel mucho más importante, no solo en la industria del entretenimiento, sino en todo el contenido que se generara.

Finalmente, habló sobre cómo era trabajar en ILM y cómo contrataban talento.

Para no perderse ni una palabra, nadie se atrevió a hacer el menor ruido, especialmente los estudiantes a punto de graduarse.

Después de terminar su presentación, Ellis se quedó para responder preguntas de un pequeño grupo de estudiantes.

Sin embargo, el calor en la sala era implacable.

Sugirió que llevaran la conversación a un bar cercano, donde se dedicó a beber whisky mientras pontificaba ante los ansiosos aspirantes.

La forma en que todos lo miraban, como si fuera inmortal, un dios entre dioses, era un chute de ego que nunca perdía su efecto.

Una copa se convirtió rápidamente en cinco. Cuando Ellis se fijó en la hora, pasaba con creces de medianoche. Tenía una reunión temprano a la mañana siguiente, así que se despidió de los estudiantes pagando la cuenta y pidiendo una última ronda para el grupo.

Ellis salió del bar y echó a andar por la acera.

Había aparcado en la escuela, a unas cuantas manzanas de distancia.

El aire nocturno le resultaba fresco y agradable en la cara.

Caminó sin prisa. Cuando llegó al final de la manzana, esperó pacientemente en el bordillo, disfrutando de la tranquilidad.

Hundió las manos en los bolsillos delanteros del pantalón.

Cerró los ojos e inhaló lenta y profundamente por la nariz.

El pecho se le expandió y el aire le hormigueó al entrar en los pulmones.

Exhaló en un largo suspiro. Justo cuando iba a repetir el ejercicio de respiración, una mano le tapó la boca y la nariz.

Antes de que Ellis pudiera comprender lo que ocurría, alguien tiró de él hacia atrás, lo metió en un coche que esperaba y se lo llevó de allí.

Los cuatro hombres empujaban la camilla a toda prisa por el pasillo, cada uno sujetándola con una mano, hasta entrar en una habitación equipada con monitores médicos y focos quirúrgicos en el techo. Colocaron la camilla justo bajo las luces.

Uno de ellos frenó las ruedas y empezó a desnudar a Ellis.

Otro le colocó una mascarilla de oxígeno y se puso a controlar sus constantes vitales.

Un tercero se enfundó unos guantes y preparó una inyección.

Una vez que le quitaron los zapatos y los calcetines, el hombre enguantado localizó una vena en el pie y le clavó la aguja.

El cuarto se dirigió hacia la puerta.

—Cuando vuelva, espero que todo esté terminado.

Salió y cerró tras de sí.

—Este ha sido el secuestro más arriesgado hasta ahora —dijo el que controlaba las constantes—. Si seguimos así, nos van a pillar. Lo sé.

El que ponía la inyección retiró lentamente la aguja.

—Cállate y haz tu trabajo.

Luego le pegó un trocito de gasa en el pinchazo.

—Tiene razón —dijo el que había quitado la ropa—. Es una locura. Solo es cuestión de tiempo que alguien nos vea.

El Hombre de las Inyecciones limpió otra zona de la pierna de Ellis y preparó otra jeringa.

—Si queréis, id a contárselo al jefe. A ver qué tal os va.

Los dos hombres que se quejaban se callaron. El que había quitado la ropa fue hasta un mostrador junto a la pared y cogió una cámara SLS que había al lado de un portátil. Se puso a fotografiar cada parte del cuerpo de Ellis.

El Hombre de las Inyecciones usó la aguja para extraer dos viales completos de sangre. Ambas muestras se registraron en el portátil y se guardaron en refrigeración.

—¿Y este tío a qué se dedica? —preguntó el Hombre de los Signos Vitales.

—¿No miraste el expediente? —preguntó el Hombre de la Ropa mientras sacaba otra foto.

—Por encima. Llegaba tarde, así que solo me fijé en su aspecto físico.

El Hombre de la Ropa bajó la cámara.

—Es un pez gordo de esa compañía que hace las películas de Star Wars.

—Se llama ILM... Industrial Light and Magic —dijo el Hombre de las Inyecciones—. Son los mejores en efectos visuales. Hacen todas las películas increíbles.

Con unas pinzas, arrancó pelos sueltos del cuero cabelludo de Ellis, con los folículos incluidos. Dejó caer cada uno en su propio recipiente.

—Mola.

El Hombre de los Signos Vitales giró la cabeza para mirar a Ellis de frente.

—Seguro que tiene un talento increíble.

—¿Te estás enamorando? —bromeó el Hombre de la Ropa.

—Que te jodan.

—¿Cómo está el paciente? —preguntó el Hombre de las Inyecciones.

—Durmiendo como un bebé —dijo el Hombre de los Signos Vitales.

Echó un vistazo al reloj de la pared.

—Y vamos bien de tiempo.

—Bien. Después de la cagada con el informático, no podemos permitirnos otro error.