El curador (Trilogía SG 2) (Thriller del FBI de Abby Kane 8) CAPÍTULO VEINTE
24%

CAPÍTULO VEINTE

Después de dejar a sus hijos en el colegio, Connie condujo hasta la casa de la agente Kane y aparcó bajo un árbol, unas casas más allá. Se quedó sentada en el coche, bebiendo una kombucha de una tienda de zumos ecológicos, mientras vigilaba la vivienda.

Todo estaba tranquilo en Pfeiffer Street; la mayoría de los vecinos estaban en el trabajo.

Dos casas más abajo, Connie vio a una mujer descargar lo que debían de ser al menos doce bolsas de la compra.

Pasaron un par de mujeres con esterillas de yoga.

Un gato acechaba a un cuervo en el césped de enfrente.

Un rato después, Connie metió la mano en el bolso, sacó el móvil y llamó a su marido. Él contestó al tercer tono.

—Hola. ¿Cómo va todo? —preguntó Albert.

—Poco que contar. Hoy la vi dejar a los niños en el colegio.

Iba vestida como si fuera directamente a la oficina después.

En cuanto a la casa, por lo que he podido ver, solo está la suegra.

Salió una vez y se quedó en el porche un minuto más o menos antes de volver a entrar.

Unos treinta minutos después, se marchó.

Llevaba uno de esos carritos de la compra.

Supongo que fue a hacer recados. Aproveché para husmear un poco.

—Sí, ¿y...?

—No parece que tengan ningún sistema de seguridad.

No hay carteles en el jardín delantero ni pegatinas en las ventanas.

Eso sí, hay lámparas grandes a ambos lados de la casa.

Me imagino que tendrán sensores de movimiento, pero aparte de eso, nada preocupante.

Eché un vistazo por algunas ventanas. Estoy bastante segura de que la suegra pasa el día sola en casa.

—De acuerdo, pasemos a la siguiente fase. Tú llevas la voz cantante —dijo Albert.

—Muy bien. Nos vemos esta noche.

Connie colgó. Después buscó el número de la agente Kane en la agenda del móvil y la llamó.

—Agente Kane al habla.

—Hola, Abby. Soy Connie Shi. Nos conocimos hace unos días.

—Sí, claro. Te recuerdo.

—Espero no llamar en mal momento.

—No, tranquila. ¿Qué pasa?

—Bueno, creo que mi hijo y el tuyo van al mismo dojo.

Colin llegó ayer a casa y no paraba de hablar de lo bien que se lo había pasado.

Mencionó a otro chico que lo está ayudando a adaptarse.

Dijo que se llama Ryan Yee, y recuerdo que me dijiste que tu hijo se llama Ryan y que también va a clases de judo, pero no estaba segura porque el apellido no coincidía.

—Qué curioso que me digas eso, porque Ryan mencionó que estaba ayudando a un chico nuevo en su dojo que se llama Colin.

No caí cuando nos conocimos y me dijiste que tu hijo se llamaba Colin.

En cuanto al apellido... bueno, no sé si te lo mencioné: mis dos hijos son del primer matrimonio de mi difunto marido.

—Sí, me lo dijiste. Eso lo explica.

—Sí, desde luego.

—En fin, esta coincidencia es demasiado buena para dejarla pasar. Quiero invitaros a ti y a los niños a casa este fin de semana. Podemos hacer hamburguesas a la parrilla, y tenemos piscina, así que los niños pueden bañarse.

—Suena muy bien. Qué detalle pensar en nosotros.

—Y trae a tu suegra. Me encantaría conocerla.

—Seguro que a los niños les parece bien. Deja que lo confirme con todos cuando llegue a casa.

—Perfecto. Hablamos pronto.

Connie guardó el móvil en el bolso y arrancó el coche. Todo estaba saliendo según lo previsto.