El curador (Trilogía SG 2) (Thriller del FBI de Abby Kane 8) CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

Esa noche durante la cena, la conversación arrancó de inmediato, algo inusual en nuestra familia.

Solemos quedarnos callados y concentrarnos en llenar el estómago primero, al menos durante unos minutos.

Pero Ryan tenía mucho de qué hablar, ya que estaba disfrutando mucho ayudando al Maestro Wen con los otros niños.

—Y hoy se inscribió un niño nuevo, y el Maestro Wen me lo asignó.

—¿«Asignó»? —pregunté.

—Sí. Somos cuatro los que ayudamos a los novatos en el dojo. Les mostramos dónde están las cosas y cómo funcionan. También los orientamos un poco hasta que se sienten cómodos.

—Bueno, eso suena como una gran responsabilidad.

—Sí, y también mola. Me asignaron a Colin Shi. Tiene un año más que yo, pero no está tan avanzado. También conocí a su padre. Es dentista.

—Puaj, odio a los dentistas —se quejó Lucy—. Solo existen para hacerme sufrir.

—Bueno, si te cepillaras los dientes y usaras hilo dental como te sigo diciendo, quizá tus visitas serían mucho más agradables —dije.

—Imposible. Podría tener una dentadura perfecta, y el dentista aún encontraría algo malo —dijo antes de llevarse a la boca un tenedor cargado de fideos.

—Hablando de dentistas —dije—, eso me recuerda que tengo que pedir cita para una limpieza para los dos.

—Yo paso esta vez —dijo Lucy—. Podemos ahorrar el dinero para otra cosa, como unas vacaciones familiares.

—Buen intento.

—Hablando de ahorrar dinero para otra cosa, ¿has pensado en mi propuesta? —Lucy bajó el tenedor—. Mi cumpleaños está a la vuelta de la esquina.

—¿Qué propuesta? —preguntó Ryan.

—Mamá está pensando en dejarme hacerme agujeros en las orejas para mi cumpleaños, ¿verdad?

Con todo lo que había pasado en las últimas semanas, me había olvidado por completo de esa conversación.

Su cumpleaños se me había ido de la cabeza, pero precisamente por eso tenía una alarma en el calendario programada para sonar diez días antes.

No soy la única madre que necesita ponerse recordatorios para los cumpleaños de sus hijos, ¿verdad?

—Todavía lo estoy pensando —dije.

—Bueno, no dudes en pedirme una consultación —dijo.

—Es consulta —la corregí.

Ryan intervino:

—¿No eres un poco pequeña para hacerte agujeros en las orejas?

—Soy mucho mayor de lo que crees.

—Eh, no, no lo eres. Tienes ocho años. Y eso es exactamente lo que creo.

—Bueno, no es decisión tuya. Y de todos modos, ¿no eres tú un poco pequeño para disparar un arma?

Sí, tuvo que sacar ese tema. El único tema que yo esperaba mantener fuera de la lista de conversaciones familiares permitidas.

—Oye, estoy entrenado y me lo tomo muy en serio —respondió Ryan rápidamente—. Y si no te has dado cuenta, yo...

—Ryan, ya basta. Todos sabemos lo que hiciste. Y me alegra que estés entrenado y que te lo tomes en serio. Pero dejemos el pasado atrás, ¿vale?

—Solo estaba contestando a su pregunta —dijo apesadumbrado.

—Lo sé. Todos lo sabemos. Mira, no hay una edad correcta ni incorrecta para nada. Todo depende de la mentalidad, de si la persona está preparada mentalmente. Lucy, en cuanto a lo de perforarte las orejas, depende de tu nivel de madurez. Depende de si creo que estás lista para esa responsabilidad.

—Ay, mami, te prometo que seré la persona más responsable que hayas visto en tu vida.

—Estoy segura de que sí.

La conversación nunca volvió al tema del tiroteo.

Aun así, me quedé sentada a la mesa, consciente de lo cerca que habíamos estado todos de que le ocurriera algo realmente horrible a nuestra familia.

Casi pierdo a Lucy. ¿Quién sabe si ese loco se habría detenido ahí?

¿Habría sido yo la siguiente? ¿El resto de mi familia?

Si Ryan no hubiera seguido su entrenamiento...

bueno, ni siquiera quiero pensar en ello.

Miré a Po Po. Como siempre, era una roca.

Nunca dejaba que se le notaran las emociones.

Había hablado con ella sobre aquel día e incluso le sugerí que fuera a ver a un psiquiatra.

Se negó, por supuesto. «Estoy bien», recuerdo que dijo.

¿Lo curioso? Le creí por completo. Había aprendido mucho sobre mi suegra durante nuestro viaje familiar a Hong Kong.

Digamos que ha vivido, y puede que incluso haya participado personalmente en, situaciones que probablemente, muy probablemente...

en fin, llamemos a las cosas por su nombre: ilegales.

Yo no lo menciono. Ella tampoco. Hacemos como si nada. Y a mí me parece bien.

Nunca le mencioné a la familia mi visita a Xiaolian.

No estaba segura de si era buena idea, especialmente después de mi reunión en Camp Parks.

Todavía me tenía desconcertada lo que Kang había dicho: que el gobierno creía que Xiaolian era una espía.

Oír aquello también me hizo pensar en mi propia estancia en las instalaciones. ¿Sospechaban también de mi lealtad?

Las luces de la habitación estaban apagadas; solo una franja de luz se colaba por la ventanilla cuadrada de la puerta.

En el suelo junto a la cama, Xiaolian yacía boca arriba con los dedos entrelazados detrás de la cabeza. Se incorporó y giró el torso de un lado a otro.

—Cuarenta y seis.

El sudor le perlaba el rostro y las mejillas.

—Cuarenta y siete.

Tenía el cabello pegado a las mejillas y una expresión decidida en el rostro mientras contaba sin aliento.

—Cuarenta y ocho. Cuarenta y nueve. Cincuenta.

Se dejó caer de espaldas, con el pecho subiendo y bajando a cada respiración. Descansó unos momentos más antes de darse la vuelta boca abajo. Apoyó las palmas de las manos en el suelo y empezó a contar mientras hacía flexiones.