El curador (Trilogía SG 2) (Thriller del FBI de Abby Kane 8) CAPÍTULO CINCO
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CAPÍTULO CINCO

Una vez a salvo en nuestro vehículo, lejos de oídos y ojos indiscretos, le pregunté a Kang qué pensaba.

—No salió exactamente como había imaginado —dijo mientras ponía marcha atrás y salía de la plaza de aparcamiento.

—¿Te refieres a lo del boxeo o al cambio de actitud?

—A la actitud.

—A mí también me pilló desprevenida.

—¿Nunca viste este lado de ella mientras vivió contigo? ¿Ni siquiera un poquito?

—En lo más mínimo. Estoy tan desconcertada como tú. Quizás el trauma fue peor de lo que pensábamos.

—Puede ser. ¿De qué hablasteis después de tumbarla? El micrófono no lo captó.

—Se disculpó y dijo que el sitio la ponía así. Supongo que lo que realmente quería decir es que la volvía agresiva, lo cual entiendo. Yo odiaba estar allí. ¿Yates dijo algo?

—Parecía ajeno a su actitud, como si fuera lo normal. Eso sí, te diré una cosa: esa nueva personalidad suya... veo algo de ti en ella.

—¿Qué? Cállate. —Descarté su comentario con un gesto.

—No estoy bromeando.

—Vale. —Me crucé de brazos—. ¿En qué sentido?

Kang esperó para responder porque tuvo que bajar la ventanilla y devolver el pase al guardia de la entrada. Una vez que cruzamos la verja, habló.

—Su forma de hablar. Me recuerda a ti, sin más.

—¿Podrías explicarte mejor?

—Ya sabes —me miró—, tu boca. Tu actitud. Sé que esto no ayuda, pero no encuentro las palabras para expresar lo que pienso ahora mismo.

—¿Estás diciendo que soy arrogante?

Kang esbozó una amplia sonrisa.

—¿Estás diciendo que no lo eres?

—Venga ya. No soy tan mala.

—No te lo tomes a mal, Abby. Son sus gestos; se parecen a los tuyos. Sin duda es una alfa como tú. Y luego están las pruebas, su razonamiento deductivo. Yates dijo que es ingeniosa y muy observadora.

Kang tenía razón. Yo también había visto el parecido, pero no quería admitírmelo. Ya era bastante saber que alguien era idéntica a mí. Que además pensara y actuara igual... bueno, resultaba un poco inquietante.

—Está asustada —dije.

—Yo también lo estaría si estuviera en su lugar. ¿Tuviste oportunidad de hacer la pregunta obvia?

—¿Te refieres a si puede explicar por qué somos idénticas?

No, no lo hice. Lo del boxeo me pilló desprevenida.

Creo que puedo indagar más en nuestra próxima reunión.

Todos conocemos la ciencia que explica cómo puede verse y actuar como yo.

Lo que nos falta es el motivo. ¿Por qué alguien la crearía con mi ADN?

—De hecho, presioné a Yates sobre ese tema. Dijo que nunca le preguntó por qué pensaba que se parecía a ti.

—Cuando se quedó en mi casa, mencionó a un doctor en sus sueños.

—Supongo que está hablando del Dr. Jian Lee, el tipo que la sacó de tu casa y luego terminó muerto en el motel, asesinado por Walter Chan. —Kang me miró brevemente.

—Probablemente, pero me pregunto si habrá más de uno. Lo más seguro es que haya todo un equipo de médicos detrás de este milagro médico. —Mis últimas palabras destilaban sarcasmo.

—Tiene sentido. Me imagino que Xiaolian sabe mucho más de lo que nos cuenta.

—Y apuesto a que solo soltará esa información si le conviene. Vamos, es lo que yo haría. Y como ella soy yo...

—Es una cría lista. Oye, ¿tienes hambre? Conozco una charcutería aquí cerca que hace unos sándwiches de escándalo. Están buenísimos.

Kang no exageraba con lo de la charcutería. El local hacía su propio corned beef y pastrami, y era de verdad. Yo pedí pastrami con corned beef en pan de centeno, mientras que Kang fue al grano y pidió solo pastrami.

Nos sentamos en una de las cuatro mesitas y comimos mientras veíamos las noticias locales en una tele de pantalla plana colgada en la pared.

El canal emitía un vídeo grabado con móvil esa misma mañana: un hombre desnudo y esposado al que escoltaban hasta un coche patrulla.

Gritaba un montón de cosas a las que no presté mucha atención, ocupada como estaba en desencajarme la mandíbula, como una pitón, para poder hincarle el diente al sándwich.

—Locos de San Francisco. Los hay a patadas —dijo Kang mientras miraba la pantalla—. Espera... Me suena este tío. Es un genio de la tecnología de Silicon Valley.

—¿En serio? —murmuré.

—Sí, es conocido por ser fiestero. De los que curran a tope y luego se lo pasan en grande. Por lo visto, ganó millones vendiendo su primera empresa.

El vídeo del móvil se reproducía en bucle mientras el presentador hablaba. Por fin se calló un momento y pude oír al hombre esposado decir algo así como:

—Ellos me hicieron esto. No soy responsable de mis actos.

—Típico de ricos. Se creen que pueden hacer lo que les da la gana —dijo Kang—. Y seguramente así será. Su abogado estrella lo tendrá en casa para la cena, y su equipo de relaciones públicas conseguirá que esto se olvide en un par de días.

Los dos negamos con la cabeza y volvimos a lo verdaderamente importante. Kang le pegó un bocado descomunal a su sándwich que le hinchó los carrillos como a una ardilla. Eché más mostaza en el mío e hice lo mismo.