El curador (Trilogía SG 2) (Thriller del FBI de Abby Kane 8) CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

Connie Shi estaba de pie en silencio en la sección de congelados del supermercado, observando la selección de gofres congelados. Llevaba vaqueros y una blusa floral, con el pelo negro recogido en una coleta. Un toque de delineador y pintalabios nude completaban su look.

¿Arándanos... fresas... naturales?

Sopesó sus opciones un poco más antes de abrir la puerta del congelador y coger una caja de cada sabor. Las fue echando una a una en el carrito. Se detuvo ante un arcón abierto con pizzas congeladas en oferta. Cogió dos de pepperoni y dos de salchicha y las añadió al carrito.

—¿Connie, eres tú? —exclamó una voz chillona.

Se giró y vio a una mujer vestida con ropa de yoga, con el pelo rubio teñido, que se acercaba a ella.

—Sabía que eras tú —dijo la mujer mientras colocaba su carrito junto al de Connie y la miraba de arriba abajo—. Reconocí ese tipazo tuyo.

—No he ido al gimnasio en semanas. Apenas me entran estos vaqueros —respondió Connie con un gesto desdeñoso. Miró el carrito de la mujer: una docena de yogures individuales—. ¿Y tú qué tal?

—Me apunté a unas clases de yoga en un pequeño estudio en Pacific Heights. Está justo en Fillmore, cerca de Pine. Abrió hace solo dos semanas. Deberías venir. Las chicas son majísimas, y la profesora... es un encanto. Muy atenta y nada agobiante.

Connie asintió, pero su mirada se desvió hacia el pecho de la mujer.

—¿Eso es nuevo? —preguntó.

—¿Esto? —dijo la mujer, llevándose la mano al colgante de diamantes que lucía sobre su generoso escote—. Un caprichito que me he dado. He tenido dos semanas horribles. Te lo juro: mis hijos están apuntados a tantas extraescolares que no doy abasto.

—Veo que no escatimaste en gastos.

—Son dos quilates en un engaste de platino. Estuve a punto de coger tres, pero algo de autocontrol tengo —dijo entre risas.

—¿Y qué dijo tu marido?

Agitó la mano y puso los ojos en blanco.

—Roger es pan comido. En cuanto empieza a protestar, le hago una mamada y asunto arreglado. Oye, tengo que irme, he quedado con el contratista en casa: estamos cambiando los armarios de la cocina. Llámame para lo del yoga. Te prometo que te va a encantar.

Dio media vuelta con el carrito y desapareció por el pasillo de los cereales.

Connie sacó el móvil del bolsillo trasero y revisó la lista de la compra. «Solo me falta una bolsa de arroz y listo». Con el carrito lleno hasta arriba, le dio un empujón y se dirigió al pasillo de los arroces.

Después de pagar, el mozo se ofreció a acompañarla hasta su coche, un Range Rover plateado. Cargó las bolsas en la parte trasera y ella le dio de propina un billete de cinco dólares nuevecito.

Connie salió del aparcamiento del supermercado y tomó North Point Street hacia el oeste. Vivía a cinco minutos, en Alhambra Street. Mientras esperaba para girar a la izquierda en Fillmore Street, le sonó el móvil: un mensaje de texto.

Leyó el mensaje y guardó el móvil en el bolso.

Giró a la izquierda en Fillmore, pero en lugar de torcer a la derecha en Alhambra, siguió recto por Fillmore hasta California.

Continuó hacia el este hasta Grace Cathedral en Nob Hill.

Encontró aparcamiento en la calle y bajó del coche, dejando la compra dentro.

Connie fue hasta Huntington Park, un pequeño parque justo enfrente de la catedral.

Buscó un banco y se sentó. El parque no estaba muy lleno: era día laborable.

Había algunas personas paseando perros y unos cuantos turistas que acababan de visitar la iglesia.

Por lo demás, Connie tenía el lugar para ella sola.

Unos diez minutos después, un hombre mayor vestido con pantalones chinos y camisa de cuadros se acercó y se sentó a su lado en el banco, con un caniche sujeto de la correa. Ella le sonrió. El perro dio una vuelta sobre sí mismo antes de tumbarse en el césped, con la lengua fuera.

El hombre llevaba unas gafas de sol enormes y un gorro gris claro. Un palillo le asomaba entre los labios. Lo mordisqueaba y de vez en cuando se hurgaba los dientes mientras ojeaba un periódico.

Connie miraba al frente, ignorando aquel teatrillo higiénico. Al cabo de unos quince minutos, el hombre se levantó y se marchó, con el perro detrás.

Connie esperó unos minutos y luego miró hacia donde había estado sentado el hombre; había dejado el periódico. Sin dudarlo, lo cogió y volvió rápidamente al coche.

Ya dentro, sentada al volante, hojeó el periódico y vio un sobre marrón; lo metió en el bolso junto con el periódico y arrancó el motor.

La sonrisa amable que había llevado todo el día se esfumó.

Apretó la mandíbula y entrecerró los ojos.

Metió la marcha y pisó el acelerador. Las ruedas chirriaron cuando el coche salió disparado del hueco, casi rozando el parachoques trasero del sedán aparcado delante.

Connie giró el volante a la izquierda y el todoterreno se agarró al asfalto para dar un giro de ciento ochenta grados.

La fuerza volcó la mayoría de las bolsas de la compra en la parte trasera.

Varios productos se salieron, entre ellos una tarrina de helado.

Rodó hasta el fondo del maletero y quedó apoyada contra el portón.

El helado derretido empezó a gotear y a formar un charco en la moqueta mientras Connie aceleraba calle abajo.