6 . ESPEJO DE DICIEMBRE
El aire dentro de la Madriguera es espeso, y la humedad hace que la ropa se le pegue al cuerpo.
El olor está viciado, fétido, como si algo muerto se hubiera estancado en la corrupción de la carne para siempre.
La luz de la linterna apenas ilumina una parte del camino.
La oscuridad se siente sólida, casi material
Julián se mueve con pasos que suenan huecos. Siente que alguien camina detrás de él, pero cuando gira, solo hay pared… o eso le hacen creer.
No espera que su presencia en la cueva sorprenda a nadie. Si llegó tan lejos es porque Melvin así lo quiere.
—Todavía valgo algo —murmura mientras se seca el sudor de la frente, y despega la remera de la espalda.
Todo ahí adentro le resulta desagradablemente familiar. A pesar de los años, reconoce cada pasillo como si nunca hubiera abandonado el lugar. ‹‹¿Alguna vez lo hiciste?›› No responde; ya sabe la respuesta.
Alumbra con la linterna hacia adelante, y entonces ocurre lo que esperaba: el artefacto parpadea una última vez y se apaga de forma definitiva.
Golpea la linterna contra la pierna, pero nada cambia.
La oscuridad llega para quedarse. No le importa: las cosas son como deben ser. Además, todavía tiene el hacha.
La luna se filtra por alguna grieta, y el hombre agradece a quien sea que esté orando por él en ese momento. Quizás Madame Fontaine o el mismísimo Eliphas, donde sea que esté ahora.
Se siente solo. Daría lo que fuera por volver al bloqueo de escritor, a la página en blanco, a la presión de la editorial por entregar el prólogo a tiempo. Al Bip, bip, bip.
Un maullido se cuela en la cueva, como si el gato caminara frente a él, y Julián da gracias por aquella señal.
La magia todavía lo sorprende, incluso ahora
El corredor se abre y la cúpula de ladrillos húmedos lo recibe. Va por buen camino.
Adelante. Las sombras palpitan con la oscilación de las velas, y entre las piedras se filtra un olor a copal. Un alivio para la nariz de Julián, aunque sospecha que su uso tiene fines oscuros. Tal vez para sellar un pacto. Tal vez no.
Trapos viejos cuelgan, se agitan con el poco aire que se infiltra por alguna grieta. El copal es sustituido por un aroma picante, fermentado; ese dulzor acre que anuncia la muerte. Julián respira hondo. Sabe lo que lo espera detrás del velo: Melvin.
El maestro está de pie. Su figura envuelta en vendajes grasientos le da un aspecto de momia, pero a la vez conserva un perturbador encanto. Las velas hacen que su cuerpo vibre, y la sombra, negra y eterna, se expande a los costados como si intentara abarcar todo lo creado.
Sonríe, y el rostro se le abre en tres senderos de sombra alrededor de la boca, como si hablara desde una grieta. En ese gesto, Julián reconoce la sonrisa de Pablo. Algo se le estruja en el pecho; al fin conoce el paradero de su amigo muerto.
—Tu amigo preguntó por ti en el último momento —miente Melvin.
—Sin trucos… —responde Julián.
Melvin levanta los brazos hacia los costados, inclina la cabeza como el crucificado: el autoproclamado mesías. Su rostro sin ojos se fija en Julián.
—Julián, ¿por qué me has abandonado? —se burla.
—Hijo de puta… —deja escapar el escritor, apretando los dientes—. Esta vez voy a asegurarme de destruirte para siempre.
—Perdónalo, Padre, porque no sabe lo que hace —masculla. Y a Julián le recorren escalofríos: sabe exactamente a quién van dirigidas esas palabras.
Detrás, los miembros del Culto. Primero ve a tres; luego, las sombras revelan a los demás. En total son siete. Cuerpos usurpados por las almas de los antiguos miembros. Julián levanta el hacha.
—No es necesario —advierte Melvin. Por un instante parece disponerse a levitar como en los viejos tiempos, pero no. Solo imita el gesto. Ya no tiene esa habilidad, o simplemente está fingiendo.
—Y, sin embargo… voy a hacerlo —responde Julián.
Melvin sonríe otra vez con esa mueca eterna, porque él sabe. Siempre sabe. Conoce todas las respuestas.
El escritor avanza, sorprendido por la fuerza que lo habita. Se siente de veinte.
La magia todavía lo sorprende.
El hacha dibuja un arco en el aire. El sonido despierta reflejos olvidados, ecos de un pasado que ahora se enciende en sus nervios.
La locura llega antes de lo pactado, sin pagar tarifa.
Está bien. No necesita ser el escritor aburguesado de sonrisas falsas y gestos correctos.
No. Más bien necesita ser como su madre, dejar que el abuso de años le quiebre los estribos y sea esa furia la que guíe el arma en sus manos.
Entonces la ve. Sophia emerge de la oscuridad, fresca, pálida, hermosa como el primer jardín del Edén.
Julián se detiene de golpe. No puede creerlo.
Ella está ahí, intacta. Como si los años nunca hubieran pasado, como si la vida no se le hubiera escapado entre gritos desgarradores.
Mira a los costados, buscando alguna señal que le demuestre que está alucinando, que la locura lo arrastró hacia el otro lado.
De ese lugar del que no hay vueltas heroicas.
Melvin la toma de los hombros y, con calma obscena, le lame el cuello. Sophia se resiente, gira la cara con asco.
—Suéltala —dice Julián, en un inglés arrastrado, como un joven recién llegado.
—Nunca entendiste que todo esto es elevación de conciencia. Si tan solo te hubieras quedado, Julien —responde Melvin, con tono francés imitando a Madame Fontaine.
—No estaba en mis planes morir… —mira de reojo a Sophia, sintiendo culpa.
—No, solo querías éxito. Te advertí que ya lo tenías antes del ritual final, pero estabas tan ciego por esta mujer —dice, apretando los hombros de Sophia—. Después de todo lo que te enseñé, ¿cómo pudiste ser tan mundano?
—¿Terminaste? No soy fan de los finales con demasiado texto.
—No, cierto que lo tuyo son finales abruptos, de locura y… cobardía —pronuncia la última palabra con énfasis.
Julián avanza, abanicando el hacha. Melvin lo recibe como quien espera la embestida mortal.
Los miembros del Culto no se mueven; solo observan cómo Julián se prepara para golpear.
Sophia se estremece. El hacha se clava en el rostro de Melvin con violencia feroz.
La sangre brota, espesa y rancia, salpica el rostro de Julián y se mete en su boca, retorciéndose como una víbora.
Otras gotas quedan flotando en el aire, suspendidas en el tiempo en perfectas burbujas rojas que se vuelven negras poco a poco. Julián no puede evitar quitarle la vista de encima.
Sí, la magia todavía lo sorprende.
Melvin se queda quieto, contemplando cómo la herida en su pecho se expande, hasta que dos garras negras emergen de su interior y lo desgarran desde adentro. El hombre ríe, y Julián sabe que no debe perder el tiempo.
Arranca a Sophia de los brazos de Melvin, y la joven lo abraza con tanta fuerza que Julián se convence de que ella es real.
—Yo… te extrañé tanto. Tanto —confiesa, y Julián todavía no puede creer que ella se conserve igual que la última vez que la vio.
—No hay tiempo —dice por fin el escritor.
El techo comienza a latir, palpitando con vida propia, como si estuvieran dentro de una bestia.
—No otra vez… —escapa de la boca de Julián, mientras una membrana púrpura se forma sobre sus cabezas. Un líquido viscoso cae sobre ellos. Siente náuseas, pero no es momento. Corre con Sophia hacia los túneles, a la salida de la Madriguera.
El Culto se eleva en el aire. Se sacuden. Se retuercen como la última vez, y a pesar de que les espera una muerte horrenda, no pueden evitar estar extasiados.
Uno de los cuerpos —el que contiene al discípulo celoso— se inflama hasta volverse una bola roja llena de sangre contenida por una red de venas azules que le da la vuelta completa. Entonces explota con un ruido atronador, y la sangre golpea caliente contra las rocas.
Julián no se queda a ver el resto. Corre con Sophia, y la oscuridad ya no es un impedimento.
Melvin grita. Ya no es una voz humana; es una mezcla entre algo que proviene del otro lado y algo que está dejando de ser lo que era.
Sophia cae al suelo cuando el piso tiembla. Julián la levanta de un tirón, sorprendido de su propia fuerza.
El túnel comienza a derrumbarse a sus espaldas, y Sophia vuelve a caer. Julián se detiene para levantarla. Le clava una mirada dura que hace que la chica se sienta una carga. El escritor no se arrepiente: perdió demasiado ya, y después de todo, esto nunca se trató de salvar a Sophia, y sin embargo…
La toma de la cintura y le ofrece su mejor sonrisa, aquella que ha hipnotizado a fanáticos alrededor del mundo todos estos años.
Un aullido les llega desde la distancia; Melvin los persigue, arrastrándose por el techo. Por momentos es una mancha negra, y por otros, una figura que alguna vez fue humana. Retorcida, transfigurada, llena de urgencia e ira.
La salida está cerca. Cree ver el Cadillac brillando bajo el sol.
¿Ya es de día? Sí, ya es de día.
El aire cambia. La luz del verdadero sol entra por la grieta.
Julián salta y Sophia lo rodea con ambos brazos.
Detrás, el túnel se estruja una última vez y desaparece en un destello tan ruidoso que no se escucha otro sonido en todo el desierto de Sonora.
Los dos caen y golpean contra el suelo agrietado y seco del desierto. Julián no podría sentirse mejor. Han sobrevivido.
La chica se acerca al escritor. Le clava la mirada como si su rostro fuera nuevo.
—¿De verdad eres tú, Julian?
—Sí, un poco más viejo, pero sigo siendo yo —responde, y ella lo besa.
Él no corre la cara. El beso cobra intensidad; la chica sostiene el rostro del escritor con ambas manos. Recorre cada grieta en su piel, y llora.
Julián se detiene porque se da cuenta de que no es un beso. No. Es algo más… algo malo. Lo sabe. No tiene dudas. Se aparta, y la mujer lo mira extrañada, como si no entendiera lo que pasa.
El sabor metálico invade la boca del escritor. Se filtra entre los dientes. Encuentra asilo detrás de las muelas.
Su cabeza hace interferencia con algo en el aire —¿Cómo esta coronel Kurtz? —, y debe fijar la vista para no ver doble.
Sophia lo mira fijo. Se rasca la cabeza con desesperación.
Se arranca mechones de pelo mezclados con jirones de carne.
Julián la sujeta de los brazos, le implora que se detenga, pero no hay caso.