El Culto 5 . LA CANCION SIGUE SIENDO LA MISMA
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5 . LA CANCION SIGUE SIENDO LA MISMA

La autopista se abre, extensa y vacía, lista para tragarlo entero.

Julián enciende un cigarro sin dejar de mirar al frente, mientras Phil Anselmo anuncia que los jinetes del infierno están llegando.

No hay autos bloqueando el asfalto ni señales que adviertan que esta noche no admite sacrificios.

El camino vibra bajo las ruedas, como si la ciudad respirara por debajo de la capa de cemento. Julián muerde el cigarrillo y entrecierra los ojos. No disfruta fumar, pero todo es parte del ritual.

Saca la cabeza por la ventana para respirar el aire denso y corrupto de Los Ángeles, por última vez, porque pronto dejará la ciudad.

Sonora lo espera con las piernas abiertas, y él va a entrar.

Va a romper. No, va a cortar, sentencia al mirar cómo el hacha se mueve en las manos oscuras de las sombras en el asiento de atrás.

‹‹¿Siempre el hacha, ¿eh?›› Sí, siempre.

Recuerda al presentador que le preguntó sobre las constantes críticas por recurrir al hacha en sus novelas…

En ese mismo momento, Pablo estaba dando sus últimos alientos de vida, sin saberlo, claro.

Nadie podía adelantar ese movimiento del Culto.

¿A cuántos habrán matado para volver? ¿Cuántos recipientes se necesitaron para contener sus almas?

Se apaga el cigarrillo en la mano diestra, porque todo es parte de la misma ceremonia.

Cree ver un helicóptero en la distancia, sobrevolando Hollywood Hills, buscando algo o quizás cazando a alguien.

‹‹¿Acaso ese lugar nunca descansa?››, se pregunta. Conoce la respuesta, así que ignora lo que ocurre en la distancia.

Vuelve a sacar la cabeza por la ventana, pero el cielo no es cielo. Es una masa densa, color grafito, y un espiral comienza a girar sobre su cabeza.

La Interestatal 5 se abre frente a él con la calma inquietante de las cosas que saben más de lo que muestran.

A los costados, el desierto se adivina apenas: montículos de tierra, arbustos retorcidos y el contorno de alguna sierra lejana que apenas se distingue bajo la luna.

Los camiones pesados cruzan de tanto en tanto, arrastrando su estela de viento y faros blancos, como búfalos metálicos.

El aire huele a polvo y a distancia. El letrero verde anuncia que México es la próxima salida.

El horizonte se pliega y se estira. La línea que separa la tierra del cielo se ondula, y las luces rojas de un camión lejano se multiplican hasta formar una procesión fantasma que desaparece apenas Julián pestañea.

El motor ronronea con una cadencia hipnótica, marcando un ritmo que no pertenece al viaje sino a otra cosa: un pulso enterrado bajo la realidad.

¿Alguien juega con su mente? No le importa. Que sigan intentando.

Ruido blanco por los parlantes. Con un movimiento violento, golpea la radio con el talón de su pie antes de que los sonidos de la magia lo embrujen.

Después de todo, no necesita la radio: la música suena en su cabeza.

Busca en su rocola mental. ¿Qué disco? ¿Qué canción debe sonar?

Y la música se le revela de entre la pila de discos: Superunknown, de Soundgarden.

La guitarra emerge con un delay que se siente como si se abriera un túnel, y Chris Cornell aúlla desde el fondo del cráneo.

Debe apretar el acelerador a fondo porque no existe otra alternativa posible.

Alrededor del auto, Julián cree ver a Wuke danzando con los espíritus de sus antepasados. El nativo salta en una pierna con los brazos extendidos, y en cada mano un tomahawk rasga el velo de la noche.

El escritor saca el brazo por la ventanilla y brinda con un vaso imaginario, pero el nativo americano le responde levantándole el dedo del medio.

—¿Qué mierda…? —alcanza a decir Julián.

La carretera se vuelve un canal de parto para algo que no comprende. O que quizás lo hace, pero está demasiado… ¿Alterado es la palabra? No, los eufemismos son para los buenos escritores; para él, la palabra loco calza a la perfección.

Atraviesa una pared de relámpagos y la voz de Cornell se apaga de golpe, porque hay turbulencias en su cabeza. El Cadillac colea, derrapando sobre el asfalto mojado, y los faros traseros dibujan líneas rojas zigzagueantes en la oscuridad de la noche.

Algo se acerca hacia él. Algo pálido. Un rostro que le recuerda al demonio Pazuzu, pero no como es en realidad, sino como si estuviera dentro de la película El exorcista.

Entonces, una mano quiebra el cristal del parabrisas, lo toma del cuello, y el primer impulso de Julián es cerrar los ojos porque nada es verdad, pero otra mano le abre los párpados y Julián lo ve todo con rechinar de dientes:

Una mujer pariendo con la boca.

Un niño cubierto de oro líquido llorando bajo el agua.

Melvin uniéndose en carne con algo sin rostro.

Cadáveres bailando lento bajo una lluvia púrpura.

Y todo el Vacío es vertido dentro del interior del Cubo.

Julián logra zafarse y aprieta el pedal del acelerador, dejando a Pazuzu atrás, perdido en una nube de polvo.

Se toca el pecho como si buscara su amuleto, pero no hay nada, y de repente extraña a Anton, o como mierda se llame ahora.

Ese gato era el verdadero amuleto contra la magia negra del Hombre Muerto.

Y por primera vez en mucho tiempo, menciona al dueño del hechizo.

Del estéreo roto surge una voz de mujer.

Distorsionada y sensual, y Julián piensa que debió romper los parlantes también.

La mujer dice cosas cifradas que solo el inconsciente comprende.

Cosas como que el ojo duerme en la garganta o que la corona púrpura sangra tiempo, y remata con algo que Julián sí entiende: el sacrificio aún no está completo.

Luego, Rebel Yell suena —otra vez—, con ese grito rasposo de Idol marcándole el pulso al volante, como si la canción también supiera lo que está por venir.

¿Y acaso no lo sabe? Desde aquella tarde en la disquería con Sophia, sin importar años ni días, esa canción siempre trae algo distinto… como la marea.

Aprieta el acelerador y el Cadillac Eldorado sale disparado, flotando por segundos sobre un abismo de luces en la noche de Sonora, mientras la mano domina la palanca de cambios en la columna de dirección, sintiendo cada cambio como un pulso propio del motor.

El cielo se abre y lo traga, lo empuja dentro de un útero cósmico lleno de criaturas eléctricas que se retuercen como larvas de luz.

Al menos no hay sacudidas como la última vez. Wuke tenía razón, ya no hay un campo invisible protegiendo el camino. Lo que el escritor ve es lo que hay en realidad.

El auto cae de nuevo con un golpe seco y revienta la amortiguación. Sigue andando como si la magia existiera.

La autopista gira sobre sí misma como una serpiente comiéndose la cola, y en el centro, lo sabe, lo siente, la ve: la entrada a la madriguera se abre como el culo del hombre en aquel edificio. ¿En verdad será otra dimensión?

Julián frena. Esta vez, el auto obedece.

Baja. El asfalto está tibio.

Mira el asiento trasero buscando a las sombras, pero ya no están. Solo el filo del hacha brillando con la luna.

Suspira. Ya no hay vuelta atrás. Quizás el mañana llegue en forma de muchas cosas para los demás; para él, quizás no haya un mañana.

Toma el hacha y avanza lento, como si disfrutara de cada bocanada de aire.

La entrada brilla en mitad de la noche. Observa las huellas en la arena. Alguien ya estuvo antes. Mala señal.

Tuvia se le aparece cerca de la entrada, traslúcido y amargado, mostrando una de sus tres caras.

—El premio no es lo que esperabas, ¿eh? —le dice al viejo.

—El argentino aspirante a escritor —murmura el espíritu.

—Sin resentimientos.

—No los tengo, al menos no en esta forma.

—Bueno, como sea… —dice Julián, encogiéndose de hombros.

Tuvia clava la vista en el hacha, y como si recordara su final, pregunta:

—¿La sombra sigue al escritor o el escritor a su sombra?

—No tengo la respuesta…

—No hay respuesta porque ni el hacha ni el escritor existen.

—Sí… —murmura Julián, casi sin pensar.

—Ya es hora, escritor. Entra, y escribe tu última historia.

—¿La última? —quiere saber

Pero el viejo no responde. Se hace a un lado, y señala el camino con ambas manos. Julián asiente, y con el hacha al hombro, deja que las sombras de la Madriguera lo devoren.