4 . DE VUELTA AL SABBATH #3
El escritor niega con la cabeza. Nada de eso tiene sentido. Cruza y apura el paso para no perder de vista al gato, que ya ha comenzado a moverse de nuevo.
Dobla la esquina, se oculta de Hollywood Hills y llega a destino: los restos de Mystic Soul. El gato lo espera en la entrada.
Julián mira el lugar con las manos en los bolsillos. Se lamenta porque la tienda de ocultismo que alguna vez fue su refugio terminó cediendo ante la podredumbre de la ciudad.
Se acerca a la puerta y, apenas toca la madera, sabe que alguien profanó el lugar recientemente. Una huella energética vibra en cada rincón, impregnada como un eco invisible. ¿Alguien que conoce? No tiene dudas.
Mira hacia ambos lados de la acera y, una vez seguro de que nadie lo está observando, empieza a quitar las maderas sin hacer fuerza. Solo lo visualiza, como Melvin le enseñó en el pasado. Anton solo se dedica a observar cómo el escritor hace su truco de magia.
La campana encima de la puerta lo sobresalta, pero el susto ayuda: alivia un poco la tensión de volver al Mystic Soul después de tantos años.
Debe cubrirse el rostro con el brazo, porque adentro el olor es nauseabundo.
Los cristales, ennegrecidos como si hubiesen ardido por dentro. Las velas y los inciensos, consumidos. Solo cenizas. La alfombra… ya no quiere seguir mirando. Todo es una señal de que el lugar sigue vivo, pero pudriéndose poco a poco.
—Te esperé por mucho tiempo, Julien —confiesa Madame Fontaine con voz pausada.
La mujer está sentada en su trono de terciopelo púrpura, con sus dedos de uñas negras brillando bajo las luces de las velas que flotan a los costados. Sobre la mesa, las cartas están dispuestas como si estuviera en mitad de una lectura de tarot.
Julián repara en que la mujer está idéntica a como la había encontrado la última vez; muerta, desnuda y con los ojos en…
—Yo…
—Jamás debiste irte. Pero bueno, ya estás aquí. Has vuelto, y eso es buena señal.
—¿Para quién?
—Para nosotros, los muertos —responde. Y las velas a los costados arden al instante.
Julián se echa hacia atrás. La magia todavía lo sorprende.
—Alguien estuvo aquí. Lo siento… me buscaba.
—Todos los muertos te buscan, Julien. Y tú también los buscas a ellos.
La mujer abre las piernas con una lentitud ceremoniosa, como si revelara una ofrenda sagrada. La imagen lo paraliza; aunque intentara hacerlo, no podría apartar la mirada.
—Si quieres conocer, Julien, tendrás que hacerlo a través de mí —dice ella, con suciedad en la voz.
Él se arrodilla, con respeto. Anton se acomoda a su izquierda y observa. Sus ojos dorados brillan con un fulgor divino.
Ella no dice nada; solo espera.
Julián cierra los ojos. Deja que el instinto lo guíe en esa búsqueda espiritual que la mujer le ofrece. Y cuando encuentra lo que busca, dos esferas húmedas y perfectas, cálidas como carne viva, comprende que son los ojos que le arrebataron a Madame Fontaine.
Entonces ve a Sophia. Escapando del agujero húmedo, viscoso y palpitante como un vientre. Con el cuerpo corrompido, asustada, buscándolo primero de noche y después de día.
Pero, a medida que la visión avanza, el rostro de Sophia se desfigura.
Se transforma, y ya no es ella. Julián acerca la cabeza hacia la entrepierna de Madame Fontaine, intentando descifrar quién es, pero a la visión le crecen dientes alrededor y se convierte en una gran boca que sonríe, diente por diente, con una intención depredadora.
La boca se abre, y Anton maúlla justo a tiempo para que él se eche hacia atrás, antes de que las fauces se cierren sobre su cabeza.
Julián jadea, con el sudor perlándole la frente. Todavía siente en las manos la viscosidad de aquellas esferas blandas, como si las hubiera traído del otro lado de la visión.
Anton se eriza, el lomo arqueado, los ojos brillando como brasas; se prepara para lo que vendrá.
Y en ese instante, Madame Fontaine se retuerce sobre su trono púrpura. Su cuerpo entero se arquea, como si algo antiguo se abriera paso desde el interior. El cuello se le inflama como si tuviera trombosis. Un quejido seco le parte la garganta.
Entre espasmos, logra materializar lo que le crece dentro y, con esfuerzo, lo expulsa por la boca.
Una serpiente negra se agita en el aire.
Julián la esquiva justo a tiempo y rueda por el suelo para evitar la mordida.
Anton se interpone y recibe el ataque: venenoso, mortal.
Ambos, serpiente y gato, caen tiesos. Por unos segundos que parecen una eternidad, nada se mueve.
Julián parpadea con la boca abierta. Todo ha pasado demasiado rápido.
Se arrastra hacia el cuerpo del gato. Lo toma con manos temblorosas, incrédulo. El pelaje aún tibio, los ojos abiertos y apagados.
—No… —susurra, pero la palabra se le quiebra en la garganta.
Madame Fontaine se desploma en su trono, exhausta, con la piel sudorosa y grisácea. La serpiente yace a unos metros, encogida sobre sí misma como un pedazo de carbón muerto.
—El réptil era tu miedo, Julien. Espero que ahora puedas hacer lo que debes sin escapar —dice la mujer.
En ese instante, los bigotes de Anton tiemblan. Los ojos parpadean una sola vez y lo miran con un brillo que no es felino. No es natural. Deja de respirar con un último jadeo.
—Ya no le quedaban más vidas.
—Pero yo lo traje de vuelta…
—Y volvió cuando no debería haberlo hecho —sentencia Fontaine.
—Anton… —murmura Julián.
El cuerpo del gato se desvanece de a poco, hasta volverse una presencia fantasmal. Se sacude, y el lomo negro brilla en todas direcciones. Camina lento hacia la mujer. Ella le busca la cabeza a tientas, y el animal le besa la mano.
—Ahora eres Eliphas.
El gato se queda quieto, aceptando el nombre como si lo hubiera esperado desde siempre. Sus ojos dorados se encienden con una intensidad casi insoportable, dos faroles prendidos en la penumbra. Julián retrocede un paso, sintiendo cómo la piel se le eriza.
Eliphas se sienta frente a la mujer y la observa en silencio. Fontaine sonríe con los labios secos y resquebrajados, como quien ha cumplido una misión demasiado larga. Luego se deja caer hacia atrás: el trono púrpura la recibe. La mujer ya no respira.
Julián pestañea y se encuentra otra vez frente a la puerta del Mystic Soul.
La calle huele a humedad y aceite viejo; todo parece igual que antes.
No hay rastro de lo ocurrido: ni voces, ni sombras, ni olor a ceniza.
Solo el gato al otro lado, clavándole la mirada.
Él sabe que el felino es el nuevo guardián del lugar.
Lo saluda con un gesto, y el animal se interna en la oscuridad de la tienda.
Se mira las manos temblorosas. Siente el pulso acelerado y un frío pegado a la piel. La calle está en calma, como si nada hubiera pasado, pero él sabe que sí. Todo pasó, aunque nadie más pueda verlo.
Respira hondo. Levanta la cabeza hacia las colinas, y ve las luces de Hollywood Hills temblando en el horizonte.
La ciudad entera parece contraerse dentro de su puño.
Voltea porque sabe que la magia hace su parte: en la vereda de enfrente, su antiguo Cadillac lo espera con el motor en marcha.
La magia todavía lo sorprende.
Sube al auto. Enciende la radio y mueve la perilla hasta que God Was Never On Your Side, de Motörhead, ruge por los parlantes, llenando el interior con una furia vieja y conocida. Revisa el asiento trasero por las viejas sombras, y se reconforta al verlas ahí.
Apoya la mano sobre la palanca con un gesto automático, como quien acaricia una cicatriz vieja.
Pisa el embrague y mete primera; el chasquido es áspero, visceral.
El Cadillac responde con un rugido sordo que corta la quietud de la noche y se pierde rumbo a la Madriguera, donde las voces de Sonora lo reclaman.