4 . DE VUELTA AL SABBATH #2
Pablo asiente con una sonrisa. Está diferente. No es por la piel quemada ni el miembro castrado. No. Algo cambió en su actitud. No es el mismo que salió corriendo de la puerta de su casa cuando sonó el teléfono. Ahora parece mucho más alto, como si levitara.
El hombre nota que la joven se da cuenta y empieza a arrancarse el pellejo del rostro como quien se quita un vendaje. La carne se despega con un ruido húmedo, como cinta mojada. Lo que revela es otra cara: ojos negros, pálida como un cadáver.
Aun así, el hombre debajo del hombre le parece atractivo. No necesita que le diga el nombre: sabe que es Melvin.
Los ojos de Ana brillan porque la ciudad de Los Ángeles se le revela, y por un instante piensa que Julián puede irse bien a la mierda.
—Ya sabes quién eres, mi pequeña —dice Melvin con dulzura.
—Sí, maestro —responde la chica.
Melvin la invita a subirse a la cama con la mano extendida, y la joven acepta. Deja caer la toalla para que él la reconozca, y de repente todo cambia, como si la cama fuera un portal, se lanzan directo a la Madriguera, sobrevolando el desierto de Sonora, por caminos que nunca existieron.
Como si alguna fuerza lo previniera, Julián no va directo al hotel.
Todavía lleva en la cabeza el eco de los flashes, como chispas que se le pegan, aunque cierre los ojos. Camina unas cuadras sin rumbo, esquivando taxis y miradas, hasta doblar en una esquina que conoce de memoria.
El bar sigue ahí. Con el mismo cartel medio apagado, la puerta de madera que no cierra del todo y ese olor a cerveza amarga impregnando los ladrillos.
Adentro, la penumbra lo abraza como un pariente al que no ve hace años, pero que igual lo reconoce. Un par de motociclistas se encorvan sobre la barra, hundidos en su propio silencio. Y detrás, con las manos apoyadas en la madera gastada, está Wuke.
El nativo americano levanta la vista. Sus ojos son oscuros y tranquilos, como dos pozos de agua en la noche. Tiene la piel curtida, el cabello blanco trenzado y esa expresión que no cambia con los años: la de alguien que sabe más de lo que dice, como todo el mundo, en realidad.
—Mira lo que El-o’-win nos trajo —dice, sin sorpresa, como si lo hubiera estado esperando—. El chico que quería ser escritor.
Julián sonríe apenas. Esa mezcla de inglés y lengua nativa es tan reconfortante como el sol que entra tibio por la ventana en una mañana de invierno. Se acerca a la barra y se sienta en el mismo taburete de siempre, el que rechina un poco al apoyarse.
—Necesito un trago, Wuk. Y un lugar donde no me busquen.
Wuke sirve whisky sin preguntar. El vaso se desliza y se detiene con un golpe seco contra las manos de Julián.
—Aquí nadie te busca —dice—. Ni los vivos ni los muertos.
Julián bebe. El alcohol quema, y por un segundo piensa que tal vez Wuke no habla en metáforas.
—Dicen que lo lograste, que te hiciste famoso...
—No me fue mal —Julián detiene el vaso frente a su boca y frunce el ceño en dirección al barman— No leíste ninguno de mis libros, ¿verdad?
—Nah, no leo esas mierdas —admite, encogiéndose de hombros con indiferencia—. Todo se ha escrito ya y todo se ha leído también, ¿qué sentido tiene repetir el círculo?
—Sí… —acepta Julián y bebe de un trago largo, dejando que el líquido le queme la garganta mientras piensa.
—Tus hombros se ven pesados.
—El búfalo volvió, Wuk…
—El búfalo nunca se fue.
Julián se acerca al barman con aire cómplice y pregunta:
—¿Cómo estuvo todo por aquí desde que me fui?
Wuke endereza el cuerpo. Los motociclistas pagan y se van como si supieran que no deben oír lo que vendrá, y Julián los sigue con la mirada. Cuando el último de ellos abandona el bar, vuelve a fijarse en Wuke, como si nada hubiera pasado.
—Bueno… el aire liberó un poco de presión. Ya sabes, lo que ocurría en el desierto, en aquella cueva, no era sano. Y los malos vientos acompañan a toda esa porquería. Es como cuando alguien muere en el bosque y su cuerpo se pudre tanto que el olor atrae a las alimañas.
Julián asiente con la cabeza, y deja que el silencio llene el bar.
—Volví porque hay cosas que debo terminar —confiesa.
—Lo sé. Cuando la primera chica desapareció, nadie levantó la cabeza. Nadie dijo nada. Pero yo supe que ellos habían vuelto, y que en las colinas estaban invocando algo que…
—Necesita a un maestro que auspicie el ritual —interrumpe Julián. El barman afirma con la cabeza y le sirve otro trago.
—La cosa no quedó ahí. Después no fueron solo jóvenes que nadie conocía.
Hace algunos meses desapareció una actriz.
No era muy conocida, pero lo suficiente como para que la noticia se filtrara en la prensa.
Luego se sumaron las desapariciones de las otras jóvenes.
Entonces se inició la cacería de brujas.
—Culparon al satanismo…
—Así es. Como en los viejos tiempos de LaVey. Luego alguien soltó que las otras jóvenes eran aspirantes a actrices. La gente en las calles se lanzó al cuello de los estudios de cine y televisión. Fue un verdadero desastre —recuerda, meneando la cabeza.
—¿Qué te dijo el chamán? —pregunta Julián antes de vaciar el contenido del vaso. El whisky es fuerte, pero le produce un cierto placer extraño.
Wuke lo observa sorprendido, y luego sonríe con lentitud.
—Todavía tienes el don, chico —dice, tocándose la frente con un dedo antes de volver a llenarle el vaso—. El chamán te vio dentro del espiral, consumido.
—¿Esto fue…?
—Hace siete meses, antes de la primera desaparición.
—¿Qué más vio?
—Nada más. Luego murió.
Julián detiene el vaso a mitad de camino. Levanta la mirada y se cruza con la de Wuke. “¿Muerto?”, dice sin hablar. El barman asiente con gravedad.
Entonces, recién ahí, Julián bebe, y el alcohol no le desfigura el gesto, porque como todo, ya ha perdido el encanto. Apoya el vaso en la barra con un golpe sordo.
Wuke desvía la vista, como si no quisiera cargar con el peso de esa confirmación.
La voz vampírica de Peter Steele vibra desde la vieja rocola del fondo, Can’t Lose You se mezcla con el silencio.
Lo envuelve y le da vida. Lo eleva a un volumen que se vuelve insoportable, y empuja las palabras que temen saltar al vacío.
—Nunca quise condenar a nadie —murmura Julián, apenas audible, como hablándose a sí mismo.
—No fue tu culpa. —Consuela Wuke, inclinando la botella sobre el vaso. Plic, plic, plic. El hombre se da cuenta de que ya no queda alcohol en el interior de la botella.
Julián deja escapar un suspiro, y la presión en el pecho afloja.
—Y aquí estoy de nuevo —dice mirando el vaso vacío—. Parece que nunca aprendo…
Wuke sonríe con una botella llena en la mano diestra. La abre y el aroma le obliga a cerrar los ojos.
—Aprender no siempre significa cambiar —sentencia, mientras llena el vaso del escritor.
—No vine solo —confiesa Julián—, traje a una chica conmigo. Su nombre es Ana.
—Sí… la nueva Sophia.
El escritor baja la mirada. Aprieta el vaso hasta que los nudillos se le vuelven blancos. Wuke lo nota, pero no dice nada. Luego, Julián bebe de un sorbo, se limpia la boca con el brazo, y acerca el vaso a la botella.
—Ya no me sirvas, Wuk.
El nativo desvía la mirada a la sombra detrás del escritor.
—El gato negro detrás de ti te reclama —señala.
Julián gira y ve a Anton sobre la mesa de pool meciendo la cola de un lado a otro como un péndulo.
— Sí, debo visitar un lugar antes de… —se detiene, recordando que Ana lo espera en el hotel, aunque ni siquiera la ha llamado.
—Olvídala, ella no está en el hotel —dice Wuke.
Julián apenas mueve los músculos de la cara.
—Ella esta con…
—Sí.
El escritor baja lentamente la mirada. Asiente sin aceptación, más bien lo hace con resignación.
—Entonces todo termina esta noche, Wuk.
—Mira por la ventana de tu Cadillac cuando cruces la I-5 —avisa el barman.
—Ya no tengo el Ca… —se interrumpe—, como digas, Wuke.
—Vaya, tenías que estar al borde del precipicio para decir mi nombre completo.
—¿Nombre? —frunce el rostro— Pensé que solo era un apodo.
—No hay diferencias entre una cosa y la otra.
—¿Cuánto te debo por los tragos?
—Nada. La casa invita.
—Ya te lo cobrarás de alguna forma —bromea y llama al gato con un movimiento de cabeza. El animal salta de la mesa de pool al piso con una ligereza que asombra a Wuke.
—¿Crees que la ruta siga protegida con el campo de fuerza?
—No, lo destruiste aquella vez —afirma Wuke.
—Sí, y casi me cuesta la vida —reflexiona, y se aleja de la barra.
—Mantente en contacto.
—Sí, te mandaré alguna señal de humo.
Llega hasta la puerta de salida, a punto de irse. Antes de empujarla, revisa la esquina donde solía estar el Topo leyendo el tarot. Está vacía y sin rastros del tarotista.
—¿Acaso el Topo murió? —insinúa preocupado.
—Nah, vive en Francia con su nueva esposa.
—Viejo afortunado —dice aliviado, y meneando la cabeza.
Abandona el bar. Lo último que ve Wuke es la cola del gato desapareciendo antes de que la puerta se cierre.
—Las voces de Sonora te reclaman —dice a la nada—. Sí… las voces te reclaman… —repite.
Afuera, la noche lo cubre como un abrigo raído. Enciende un cigarrillo. El gato lo espera en la vereda, sentado sobre una tapa de alcantarilla. Ni bien lo ve, el animal comienza a avanzar por el viejo camino, y el escritor lo sigue.
Las calles están desiertas, pero cargadas de una densidad que le oprime el pecho. Descubre que, donde había sombras, ahora hay más sombras. Parece que la magia oscura domina la ciudad.
Se detiene frente a un muro donde alguien ha pintado una cabra. Debajo, el artista dejó una pregunta:
“¿Qué me dicen de los tiempos de LaVey?”
El gato maúlla y cruza la calle antes que él.
Julián sigue caminando hasta llegar a Mulholland Drive.
El semáforo, con su luz roja, lo obliga a detenerse.
Levanta la vista, sabiendo lo que verá: el edificio con la ventana, la mujer introduciendo el brazo en el culo de aquel tipo.
Y una voz en su cabeza le susurra que no es un simple culo, sino otra dimensión, y que la mujer intenta cambiar las cosas desde adentro.
—¿Un culo cósmico? —suelta una risa seca, incrédulo, y Anton se detiene para mirarlo.