El Culto 4 . DE VUELTA AL SABBATH
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4 . DE VUELTA AL SABBATH

El avión toca tierra con suavidad, apenas un suspiro sobre la pista. El rugido de los motores se desvanece en el aire caliente, y un frío metálico recorre la columna de Julián mientras observa por la ventana Los Ángeles, extendida… como un sueño febril que no termina.

—No puedo creer que estoy de vuelta —murmura.

Ana está a su lado, callada, los ojos fijos en un punto frente a ella, dudando si tomarle la mano o no. Al final, decide no hacerlo. Julián emana una energía distinta desde lo que pasó entre ellos —por alguna razón, evita la palabra sexo—, algo cambió, y en Los Ángeles esa aura se intensifica.

Con Pablo habían acordado que él jamás volvería a Los Ángeles. Toda gira promocional debía quedar fuera de la ciudad. Su amigo lo cumplió, aunque más de una vez le causó un dolor de cabeza. Pensar en él le anuda la garganta; lo extraña.

Mira otra vez por la ventana, preguntándose si la ciudad lo llamó de vuelta o si fue él quien regresó por voluntad propia. Está claro que alguien lo está usando. Entonces, ¿por qué volver? Porque toda historia necesita un final, señor escritor.

‹‹Mientras no sea como el final del cuento El cadáver de Miss Simpatía aun sonríe›› piensa, y casi se ríe. Ese final fue un desastre. La crítica lo destrozó, pero, de algún modo, la inclusión de su cuento hizo que la antología de autores del género se convirtiera en un éxito de ventas.

En su historia, la protagonista —una actriz en ascenso que se enreda en un amorío turbulento con el presidente de la nación— aparece muerta tras una aparente sobredosis de píldoras para dormir.

Lo que parecía un complot del servicio secreto (cualquier similitud con Marilyn Monroe es pura coincidencia) termina revelándose como una simple —y absurda— indigestión por comer sus golosinas favoritas, Miss Simpatía, que habían sido alteradas químicamente por su doppelgänger.

Casi se ríe, pero se contiene. Ana está a su lado… nerviosa. Nerviosa de una forma particular, una sensación que aún no logra identificar. La chica no se deja leer como los demás; es como si su mente fuera una puerta bloqueada. Decide no insistir: debe reservar sus energías para…

—Lo que está por venir —dice en voz baja.

Ana lo escucha, pero no pregunta ni siquiera lo mira.

Está metida en sus propios temores, en esas dudas que no paran de florecerle en la cabeza desde que dejaron Argentina y que se intensificaron apenas el avión tocó suelo en Los Ángeles.

Es como si sus pensamientos captaran una frecuencia extraña, una dimensión paralela donde solo existieran ella… y eso nuevo que se le despertó adentro.

Se levantan con calma cuando se enciende el cartel de Se puede desembarcar. Julián la mira; Ana apenas le devuelve una mirada fugaz, muda. ¿Mala señal? Sí, mala señal.

El aire del aeropuerto de Los Ángeles tiene una densidad peculiar, casi viciada. Como si algo estuviera gestándose en un plano imperceptible: una larva que crece y crece hasta convertirse en un gusano completo, palpitante.

El aeropuerto de LAX no cambió en lo absoluto. La misma sensación de urgencia constante, de gente apresurada con destinos inciertos. Como si el tiempo se hubiera quedado atrapado en un bucle infinito, dando una bienvenida cíclica a los que regresan.

Julián inhala profundamente. Estar de vuelta en ese lugar, donde la luz siempre parece más intensa y falsa, donde la gente viene a perderlo todo por un poco de fama, le provoca una punzada en el pecho.

Recuerda el sabor metálico entre los dientes, los viajes relámpago en la retina de los ojos, la boca en forma de O de las personas antes de morir…

y detrás de todo eso, Melvin se alza sobre cada letra de la palabra Hollywood.

Se detiene un instante y lo mismo le indica a la chica.

Ana parpadea como si una luz de pronto le golpeara en los ojos.

Julián no dice nada. No da explicaciones.

Solo observa buscando algo más entre el caos ordenado del aeropuerto.

Escucha un susurro entre el bullicio. Un canto que viene desde detrás de algo, quizás en las paredes o debajo del suelo.

No sabe bien, pero de algo está seguro, no lo quiere adentro de su cabeza.

Le agarra la mano a la chica y la obliga a caminar con prisa. Ana arrastra las maletas y, de pronto, se detiene de manera brusca.

—Decime qué pasa, Julián —le exige con la mirada encendida— y le suelta la mano.

Julián se da cuenta de que son las primeras palabras que la joven pronuncia. Asiente y sonríe sin saber bien por qué, pero lo hace de todas formas. Como un idiota.

—Esto es solo utilería, Ana. Nada es real. Dale, sigamos.

‹‹¿Utilería?››, piensa. ‹‹¿Qué mierda estás diciendo?››, se reprocha.

Le extiende la mano y la chica la observa, dubitativa. Lo mira como si se hubiera vuelto loco, y aun así se la toma.

Él agradece con un movimiento de cabeza.

—No dejés que el brillo de la noche te alcance, Ana —dice, mientras apunta al techo—. En algún lugar hay un vampiro agazapado.

Ana no contesta, porque afuera es de día y Julián solo dice tonterías. Lo ve y siente que es como un padre que intenta estar a la moda con su hija. Nada es como era, y está tan confundida como cuando de niña se enteró de que era adoptada.

El escritor se apena por el distanciamiento de Ana —la misma chica que le dijo que lo seguiría hasta el fin del mundo, no con esas palabras, pero la idea era la misma—, y ahora actúa como si él la incomodara.

Quiere entrar en su cabeza, pero otra vez esa barrera no le permite el paso.

No es ella; es la ciudad, la ciudad y su magia negra.

Al cruzar las puertas automáticas del aeropuerto, una ráfaga de flashes lo ciega y un bullicio en inglés se arremolina a su alrededor. Al parecer, se había filtrado la noticia de que Julián Amaya —el autor bestseller— pasaría unos días en Los Ángeles por primera vez.

La palabra secreto está sobrevalorada estos días, y todos los putos días pasados y los que están por venir.

Julián sonríe por reflejo y libera a Ana de la embestida de los paparazzi, ansiosos por retratar al escritor por primera vez en La La Land.

—Te veo en el hotel —le dice por lo bajo, y la chica deja que el mar humano se abalance sobre Julián.

Aturdida como está, gira, y las colinas de Hollywood se perfilan contra el cielo.

¿Por qué siente que algo de todo aquello le pertenece de repente? Como si un eco de su propia vida la siguiera.

La ciudad la mira, como si supiera algo de ella que ni siquiera ella conoce.

—Alguien murió —dice, mirando la letra H del cartel en las colinas—. ¿Cuál era su nombre?

‹‹Peg Entwistle››, le responde Julián, que por un instante puede ver lo que hay en su cabeza. Ella lo mira, y todo se detiene. Julián advierte el aura densa y oscura que rodea a la chica como una corona de moscas.

Intenta alcanzarla, sujetarla del brazo antes de perderla, pero entonces ocurre: él pestañea, y todo vuelve a lo suyo. Las preguntas, los flashes, la magia y la puta ciudad de Los Ángeles.

El hotel es modesto, reservado, como quería Julián.

La chica recorre con los dedos las paredes, los muebles, y llega a la ventana.

La vista es preciosa, directo a las colinas de Santa Mónica, donde el cartel de Hollywood le devuelve la mirada.

Acerca la cara al vidrio; el sol le lastima los ojos, pero aun así, no puede apartar la vista del cartel porque es…

hipnótico. Su mirada queda atrapada en la letra H, como si algo vibrara ahí, en ese punto.

Casi puede ver el pelo rubio de Peg no sé qué flamear con el viento, justo antes de saltar.

Suena el celular y la despabila justo a tiempo. Revisa la pantalla: ningún mensaje, ninguna llamada perdida. Lo deja otra vez en la mesita de luz, sin darle demasiada importancia al porqué de las cosas.

Enciende la televisión. Todos hablan de Julián y de su visita a la ciudad. La apaga antes de escuchar una sola palabra del escritor.

El agua caliente de la ducha corre por su espalda como dedos invisibles. Ana cierra los ojos y apoya la frente contra los azulejos húmedos. El aeropuerto, los flashes, el murmullo… todo quedó atrás, ahogado por el vapor.

Ahora está sola, desnuda, en una ciudad que la toca sin permiso.

Los Ángeles se infiltra en su cuerpo. No con violencia, sino con seducción.

Como si el agua fuera la lengua de la ciudad deslizándose por su piel, desnudándola más allá de la carne, buscando abrirle algo más profundo.

Una grieta. Una rendija por donde entrar.

Lleva la mano a su vientre y piensa que no es el agua lo que la moja, sino la ciudad misma. Cada gota le susurra secretos, le habla en un idioma que no entiende pero que le resulta familiar.

Entonces oye el ruido seco de la puerta del hotel al cerrarse.

Se incorpora con un sobresalto. El vapor todavía la rodea, pero comienza a ceder de a poco. Cierra el agua, y lo que parecía una tormenta se vuelve un goteo, y luego nada.

Sale de la ducha, con el cuerpo empapado —porque así ocurre en las películas de terror, ¿no?—, y llama:

—¿Julián?

Silencio.

Se envuelve en la toalla y avanza con cautela. El aire acondicionado silba con un sonido irregular, como una respiración artificial. El cuarto huele a humedad, a transpiración rancia y algo más: un dejo metálico que no recordaba de antes.

—¿Julián? —repite. Porque así son las cosas: hay que estar segura antes de confirmar a gritos que no es alguien el que acecha, sino algo.

Algo horrible que esconde su rostro deforme detrás de una máscara de hockey, o quizás lo lleva al descubierto y hasta incluso le sonríe, mientras mueve uno a uno las cuchillas en sus dedos que mece al costado del rostro.

Entonces lo ve: es Pablo, con el cuerpo desnudo y chamuscado, meciendo su miembro mutilado, y ella grita porque no será la excepción a la regla.

Su antiguo jefe le clava la mirada desde el otro lado de la cama. Levanta una pierna y la sube; el colchón se hunde. El control remoto de la televisión se desliza y cae con un golpe sordo. Pablo sube a la cama y, desde allí, la observa.

El cuerpo de Ana no reacciona. No sabe si es miedo o el deseo de quedarse quieta, solo… mirando.