3 . ENCUENTROS CERCANOS #4
Ana se mueve sobre él con fuerza, con un ritmo que no esperaba: brusco y delicado al mismo tiempo. Como si supiera. Como si entendiera que no es solo sexo, sino un portal para traerlo de vuelta. Y funciona. El mundo se pliega; la realidad se estira, como si fuera una máscara.
Julián se da vuelta y la coloca debajo suyo. Sus músculos responden como hace años no lo hacían. Parece más joven, lleno de fuerzas. Ana lo mira y se entrega: la boca entreabierta, el cuerpo temblando bajo el suyo.
Sophia le habla al oído entre los gemidos de Ana.
—Si vuelves, será una pesadilla.
—Pero tengo que hacerlo.
—Sí, tienes que...
El escritor gira la vista del rostro de Ana hacia el camino y lo ve: el búfalo. Estático, inmenso, oscuro como una montaña que respira. Sus ojos, dos lunas negras, lo atraviesan. Su destino.
El rugido del motor se mezcla con los jadeos de Ana. Julián no puede evitarlo: lo enfrenta. Las uñas de Ana se clavan en su espalda y él hunde el pie en el acelerador.
Cien. Ciento veinte. Ciento sesenta.
El Cadillac embiste al búfalo, y el choque es tan brutal como el clímax de Ana.
Después, el silencio vibrante llena los restos del temblor que aún resuenan en las piernas y el pecho. Quedan entrelazados, quietos, empapados de sudor. La respiración tarda en volver; al principio es áspera, irregular. Luego se acomoda, como el agua después de golpear contra las rocas.
Ana apoya la frente en el pecho de Julián; sus respiraciones se alinean.
—¿Era ella? —pregunta Ana en voz baja.
Julián tarda un momento en responder.
—Sí…
—¿Qué te dijo?
—Creo que me dio su aprobación.
Ana no responde. En cambio, se acurruca junto al escritor. Julián le acaricia el pelo con ternura, y por primera vez en mucho tiempo, siente que el tiempo no es una maldición.
—Hay algo que me da vueltas en la cabeza desde anoche… —suelta la Ana, y Julián le suelta el pelo de golpe. Se acomoda en el sillón para lo que sea que la chica pregunte.
Ella lo mira con una expresión que el escritor no logra descifrar, y entonces habla:
—¿Cómo mierda me metiste el brazo adentro de la boca para sacarme el pelo de la otra puta?
Julián se mata de risa, ignorando el insulto y la pregunta.
—Dale, decime —insiste la chica.
El escritor, todavía sonriendo, se incorpora y asiente.
—Hace algunos años, cuando vivía en Los Ángeles, vi a una mujer meterle el brazo hasta el fondo en el culo a un tipo…
Ana arruga la cara y se echa hacia atrás, divertida, sin saber adónde va la explicación de Julián. Decide arriesgarse, y seguir preguntando.
—¿Y lo que gritaste antes de meter la mano?
—Una tontería; algo para enfocarme.
Él la mira, se encoge de hombros, indicando que no hay más nada que agregar.
—¿Ya lo habías practicado por lo menos?
—¿Practicar? Eso es para principiantes —dice. La chica le revolea un almohadón, y se le tira encima.
Anton sigue todo con la mirada. No molesta; deja que el escritor se recupere, porque sabe que lo próximo es volver a la Madriguera, donde el Culto lo espera.
FRECUENCIAS DE SONORA 11.11
Ella se mira al espejo: algo no está bien. Desde que lo conoció cree ser otra persona. Se detiene en la palabra creer porque no sabe qué es de ella y qué es de él. Se vuelve a mirar al espejo y se peina el cabello. Largo y lacio. Oscuro y rubio. Rojo y blanco. ¿Qué es el color?
Se acaricia el cuerpo porque se siente ella misma. Jura que así se siente, pero —y es un gran pero— no lo cree del todo cierto.
Creer. Otra vez esa palabra.
Sacude la cabeza y vuelve a peinarse.
Apoya el peine. Su peine… pero nada es suyo. Así se siente. Se aprieta el pecho porque dio en el clavo.
Nada es suyo.
—Nada es mío —repite. Tiene que sentarse en la cama porque las piernas le tiemblan. Empieza a ver la luz detrás de algo. ¿De qué? Algo en la pared llama su atención. Se levanta de golpe y camina antes de que eso desaparezca.
El papel en la pared tiene una marca, como si alguien lo hubiera rasguñado buscando algo. Escarba con el dedo. El empapelado cede. Sigue escarbando, pero ahora con más velocidad, desesperada, frunciendo el ceño y con la lengua afuera. Sabe que está cerca de algo. Pero… ¿de qué?
Arranca el papel y le pica la cabeza por dentro. Un agujero proyecta un haz de luz. El polvo se arremolina dentro de esa luz, y ella tiene que ver por el agujero. Saber qué hay más allá. Apoya ambas manos sobre la pared y acerca el ojo.
Entonces lo ve: la gran espiral, la corona de moscas, el rojo, el púrpura y la Guardiana que le clava la mirada. Se espanta porque lo recuerda todo. Las montañas de Hollywood. El avión. La muerte del amigo del escritor.
Plic, plic, plic. Gotea entre sus piernas. La orina es fuerte, amarilla. Tiene que seguir mirando. Intenta agrandar el agujero golpeando la madera, pero es inútil: no tiene fuerzas.
—¿Qué haces? —pregunta la voz que se esconde en los vértices de la habitación, donde jamás alcanza la luz.
—¿Qué debo hacer? —pregunta ella.
Es jalada hacia atrás por lo que palpita en la oscuridad, sin mediar palabra. No se resiste porque lo conoce. No le hará daño.
—Harás lo que se te ordenó.
—¿Y eso qué es?
Snap. Se queda dormida. La dejan en la cama. Sueña. Sueña que no hay mariposas allá afuera. Que es libre y que no existe la Madriguera. Pero es un sueño, y lo bueno es que ella no lo recuerda.
La paz es eso… no tener recuerdos.