3 . ENCUENTROS CERCANOS #3
—Ósea que el tipo del show no es Pablo, sino que en verdad es el animador —dice de forma pausada. El escritor asiente con la cabeza para que ella pueda continuar—, y lo que vos viste es una ilusión diferente a la que vi yo… —Julián la mira fijo, espera la conclusión—, y todo esto para involucrarme.
—Exacto.
—Pero… ¿involucrarme en qué?
—En lo que viene, Ana.
La chica se hunde en el sillón. El cuero se resiente. El silencio le transforma la cara. De a poco parece comprender en verdad lo que está pasando, y la mirada que le clava a Julián es dura. Hay juicio, demasiado, pero también hay algo más: un fuerte intento de comprensión.
—Te juro que quiero irme, salir corriendo por esa puerta y no volver a saber nada más de vos. Quiero recuperar mi… —Ana se interrumpe abruptamente. Algo sube por la garganta de la joven: una especie de pelusa, y de repente, respirar se vuelve algo prohibido.
—Ana… —empieza a decir Julián, pero de inmediato nota los ojos vidriosos de la chica y algo que se le inflama en el cuello, lo obliga a actuar.
La inclina hacia atrás con uno de sus brazos y el otro lo eleva por encima de su cabeza. Ana abre los ojos porque sabe lo que vendrá y los cierra apretando los párpados con todas sus fuerzas.
—¡EL BIX ELF! —exclama Julián, justo antes de introducir la mano en la boca de Ana sin dañarle un diente.
La mano se estira rompiendo toda regla material y, con la punta de los dedos, alcanza lo que obstruye el aire de la joven.
Lo sujeta y lo extrae a una velocidad sorprendente.
Ana se dobla sobre sí misma y el alivio llena sus pulmones.
Respira como si el aire fuera comida y ella estuviera muerta de hambre.
Cuando al fin ve lo que Julián sostiene en su mano —lo que ella tenía en la garganta—, las náuseas le brotan por los poros.
—Calmate… —dice él.
Ella intenta controlar la respiración. Pero su mirada vuelve, inevitable, a lo que cuelga de la mano del escritor.
—Eso es…
—Pelo. —Julián asiente, observando los mechones rubios, húmedos, demasiado reales.
Ana retrocede un paso.
—¿Me quieren matar a mí también?
—No… no creo.
—Sabés de quién es ese mechón, ¿no? —Ana lo desafía.
Él se queda helado. ¿Cómo lo supo? ¿Acaso puede leerle la mente?
—Dale, decime…
Julián levanta despacio el mechón y lo coloca a la altura de los ojos de Ana.
—Este pelo… es de Sophia. Podría reconocerlo incluso en otra vida —confiesa con total sinceridad—, y la chica ahora sí debe sentarse porque es demasiado lo que debe procesar.
Ya no era la aparición de su jefe muerto en la puerta de su casa, o Julián viendo cosas en un programa de televisión —cosas que ella pudo ver también—, ahora esto le toca el cuerpo, se adentra en su carne.
—¿Y qué mierda significa?
—No sé…
—¿Cómo que no sabés? ¡Tenés que saber! —le reclama al borde de la histeria.
—¡No, no sé! —insiste Julián, sin esconder su fastidio. Es como si Ana olvidara que todo esto es por él, para él, y que… solo él puede detenerlos.
Se marcha a la cocina. Anton lo espera sobre la mesada, junto al recipiente de madera.
Julián arroja el mechón dentro y enciende un fósforo. La llama se curva, tiembla, y cae sobre el pelo. Los mechones se enroscan en sí mismos, encogidos, emitiendo un lamento agudo, mitad humano, mitad animal, que eriza la piel del escritor.
Ana está detrás de él, observando todo. No dice nada. No se atreve. Solo hace una cosa: lo rodea con los brazos. Julián está temblando porque todo esto lo llena de una energía que todavía no puede controlar.
—Antes de seguir en todo esto, necesito saber a qué me enfrento… a qué nos enfrentamos.
—Ya te conté, el Culto… —responde Julián sin apartar la mirada de las llamas dentro del recipiente.
—Me contaste lo que hicieron y cómo terminaron, pero no me contaste por qué hicieron todo lo que hicieron.
El mechón de pelo al fin se vuelve una mancha negra y sin forma dentro del recipiente de madera. El maullido de Anton le da la aprobación y, entonces, el escritor se puede relajar.
Camina hasta el sofá y se deja caer como tantas otras veces. Ana lo sigue sin despegarle la mirada, esperando que el hombre hable. Anton trepa hasta el sillón y se acomoda sobre el respaldar, encima de la cabeza de Julián, como un centinela.
El escritor se lleva las manos detrás de la cabeza, cierra los ojos, y por un instante puede ver a través del techo: su habitación, el altillo, las cajas, el tocadiscos aun girando con la voz distorsionada de Billy Idol que, seguro, todavía canta sobre la muerte de Sophia.
—El Culto quería concebir un hijo, para eso necesitaban a un recipiente vivo—dice al fin.
Ana abre la boca, pero él se adelanta.
—Ese recipiente era Sophia.
—Y vos…
—El que pone la semilla —ironiza.
—¿Todo esto por un polvo que salió mal?
Julián aprieta la mandíbula. Decide no enojarse.
—Para que el Vacío se materialice, necesita pasar por la materia. El último paso del ritual es el acto sexual. Lo de antes y lo de después… merecen respeto —explica, más calmado.
—¿Qué es el Vacío? —pregunta pasando por alto todo lo demás.
—Es otra dimensión, o un estado de conciencia más elevado. Ahí es donde habitan las energías primitivas o Formas Antiguas, entre ellas, el Cubo, o Saturno.
—El Cubo —repite la chica como si reconociera la palabra.
—Sí, del Cubo proviene la materia o la idea de lo que es la materia. Sería algo así como el cuerpo del mundo.
—¿Y qué tiene que ver Saturno con todo esto?
—Melvin decía que, en el Vacío, el Cubo se lo conoce con el sigilo de Saturno, y que así debíamos llamarlo para que su intermediaria nos preste atención.
—La intermediaria es…
—Babalon, o la gran ramera, como se la conoce en las escrituras.
—Los asesinatos… ¿Qué sentido tiene tanta muerte?
Julián se reclina hacia adelante. Ana lo mira impaciente, como quien espera la dosis que le salve la noche.
—Todo parte del caos primordial. La única forma de darle forma al caos es a través de la fuerza y el sacrificio. Fuerza de cambio hacia uno mismo, o prueba, y el sacrificio de la materia. Melvin llamaba a esto El Principio Ordenador de lo Denso.
—O sea, matar —concluye Ana.
—No, no es solo eso… —pero entiende que entrar en detalles le llevaría más tiempo, y ya está agotado de tanto hablar. Uno de sus defectos: pereza de narrador.
—¿Por qué vos y Ana?
—Elegidos por el Culto. Algo debieron ver en nosotros…
—¿Y todo este quilombo porque vos no pusiste la semilla dentro de Sophia? —Y Julián, a pesar de lo agotado que está, estalla en una carcajada brutal. Ana lo mira desorientada al principio, y comienza a reír también.
De a poco, las risas se van consumiendo como las llamas en el pelo de Sophia dentro del recipiente de madera, y el silencio los rodea con una sensualidad que el escritor resiste. Ella, en cambio, está dispuesta a entregarse.
—No solo debía poner —dice simulando comillas—, sino que debía morir.
—Fuerza y sacrificio… El Principio Ordenador de lo Denso —concluye la chica.
Julián se levanta de golpe y enciende un cigarrillo. Ana lo sigue con la mirada. Se levanta y lo rodea con sus brazos —otra vez—, pegando su cuerpo al suyo. El hombre desea de corazón que se detenga, pero la chica está jugando su papel dentro de todo esto. Teme que ella sea el nuevo recipiente vivo.
No se mueve porque cualquier movimiento lo haría cambiar de ruta hacia el destino donde Ana —la magia— quiere llevarlo.
Mira de reojo al gato —el verdadero amuleto que Madame Fontaine le dejó—, y desea que alguna vez el animal maneje el auto de vuelta a casa. Pero siempre le toca a él. Siempre.
Esta viejo y nostálgico. Comienza a bajar la guardia. Además, extraña a su viejo Cadillac.
—Si estás dispuesto a volver y terminar con todo esto, yo te acompaño Julián. —Ofrece y se aprieta más contra la espalda del escritor.
—¿En serio? Porque no creo poder manejar todo el camino…—se escucha, y se odia por esas palabras.
—Sí, Julián… yo te acompaño hasta el fin del mundo —confiesa, y el escritor cierra los ojos porque aquella confesión le parte el corazón.
Gira despacio hasta quedar frente a la chica. Se miran. El humo del cigarrillo flota entre los dos como una niebla que no puede ocultar lo inevitable.
Ana lo besa.
Julián no la detiene. Deja que su cuerpo responda antes que su mente. Ana lo aprieta contra sí. El deseo y la juventud son una maquina imparable, y Julián tiene que aprovecharse de eso. Llenar el tanque de su viejo descapotable.
El sillón queda chico, incómodo, pero no importa. Entre movimientos torpes, se deshacen de la ropa. Julián se deja caer, necesita que lo lleven a casa, ella se coloca encima y cuando desliza la cadera con un gemido, el motor del Cadillac ruge en medio del camino.
Julián la sostiene por la cadera porque la juventud de Ana es feroz. Cierra los ojos y ve que la joven ya no es Ana. Es Sophia que se acomoda poco a poco en el asiento del acompañante. Buena señal.
El auto avanza por el desierto. El calor es un puñetazo en la cara que le abre los poros, y el cielo se abre sobre el horizonte como una herida violeta.
Sophia está a su lado, con los pies desnudos sobre el tablero, riendo como solo ella podría hacerlo.
El viento le sacude el pelo rubio, los labios húmedos lo provocan.
Julián pisa el acelerador, como si la vida no tuviera frenos.
Ana apoya las manos sobre el pecho del escritor y arquea la espalda. Entonces, Sophia gira el dial del estéreo. La estática se corta y suena Rebell Yell.
Ana gime fuerte. Sophia canta a viva voz:
—¡In the midnight hour… she cry more, more, more!
Él también canta; canta con todo lo que tiene, y las venas se inflaman alrededor de la garganta.