3 . ENCUENTROS CERCANOS #2
La mandíbula del hombre se abre un poco más de lo que debería, y un chasquido húmedo acompaña el movimiento. Sus rasgos se estiran, como si algo debajo de la piel estuviera empujando para salir. Los ojos se hinchan y brillan aceitosos.
Se acerca más y más hacia Julián. El asiento cruje. Está tan cerca que el olor de su aliento le llena la nariz.
El escritor quiere pararse, pero su cuerpo está clavado por la misma fuerza que sacudía al conductor.
—Ana, ¿dónde está Ana? —pregunta buscando a los costados. Pero es inútil; solo ve luces que giran alrededor y al conductor, que ahora parece levitar.
Julián afina la vista y cree verlo. No, no cree: sabe que es…
—¿Pablo?
Y justo cuando está por atacarlo, el vaso explota por sí solo. Los cristales vuelan hacia los sillones.
El conductor se sobresalta, y la asistente ya corre a juntar los vidrios rotos. La gente detrás de cámara aparece con escobas y trapos para arreglar el lío del vaso.
El público contiene la respiración como si fuera un solo cuerpo.
—¿Estás bien, Julián? —pregunta el animador, desconcertado.
El escritor mira a su alrededor. Todo en el estudio está intacto. Intenta ubicarse, pero siente que le han dado un golpe y la cuenta ya casi llega a diez.
—La parte del vaso la vamos a editar —indica el conductor a la gente en el control—, aunque quedaría de puta madre, ¿no? —Insinúa al escritor, pero Julián no responde, solo asiente con la cabeza, todavía mareado.
—Te tiro una pregunta más y hacemos una pausa para meter algún anuncio —avisa el conductor.
Se aclara la voz, espera la señal del que está detrás de la cámara, y pregunta:
—Julián, ¿por qué creés que todavía no hicieron una película de alguno de tus libros?
El escritor parpadea con lentitud. Mira a cámara, totalmente perdido, y vuelve la vista al conductor, que espera la respuesta.
—Porque —se toma un segundo para ordenar las palabras— les faltan pelotas —responde al fin.
—¿Cómo? —pregunta el animador, con los ojos abiertos como si hubiera visto una foto de su mujer en la cama con otro tipo.
Ana ya está a su lado. Su mano firme, sin decir nada.
—Terminamos —dice ella, sin consultar a nadie—. Y lo ayuda a ponerse de pie.
Mientras se alejan, Julián no mira hacia atrás. Pero siente la mirada de algo. Todavía ahí, en el decorado blanco y perfecto del living falso, en los rincones donde las sombras se juntan. Eso sigue ahí, observándolo.
—Quedé como un loco de mierda —se lamenta Julián, con la boca pastosa.
—Tranquilo, el quilombo siempre vende —dice Ana mientras le palmea la espalda. El escritor intenta sonreír, pero le duele la cara.
El aplauso del público todavía le resuena en los oídos cuando cierra la puerta del baño.
La ducha no ayuda.
Julián se seca la cara con la toalla como si quisiera arrancarse algo pegado a la piel —¿una máscara, quizás?—. El vapor del baño empaña el espejo, pero él no se atreve a mirarse del todo. Apenas una silueta. Apenas un contorno respirando.
‹‹¿Por qué ya no me siento un escritor?›› piensa. Se revisa otra vez la cara con la mano para confirmar que sigue siendo él. Recuerda al tipo de la televisión, en la visión que tuvo, y ahora duda si en verdad fue una visión o…
Suena el teléfono en la planta baja y corre para atenderlo.
—Tiene que ser Ana —La esperanza se dibuja en la voz.
Desde la tarde que no tiene noticias de la chica. Llega tarde y el teléfono deja de sonar. Suspira, resignado.
En la cocina, Anton lo espera arriba de la heladera, con esa paciencia antigua que tienen los gatos. Lo observa en silencio, con los ojos entrecerrados, como si ya supiera todo.
—No me mirés así —se queja Julián, mientras se sirve un vaso de agua y lo deja a medio tomar—. Yo tampoco entiendo qué pasó.
Anton maúlla una sola vez, bajo, como si respondiera algo que Julián no quiere admitir.
Se deja caer en el sillón. Observa el libro sobre la mesa ratona: El asesino del hacha, reeditado con tapa dura, con una franja dorada que dice “20 años de un clásico moderno”. Todavía no sabe cómo, pero ha logrado el nuevo prólogo para la edición aniversario a tiempo. Pablo estaría aliviado.
Pablo, y la imagen del tipo de la televisión le pega como un rayo.
Se frota las sienes. Anton salta al sillón y se acurruca junto a su pierna. La calidez del cuerpo felino es lo único real en ese momento.
Enciende la tele, y una película lo sorprende porque en ella reconoce a la actriz que la protagoniza: la misma que le dijo “gracias”, ungida con la sangre del bebé.
‹‹¿A cuántos mataste para que este libro de mierda se publique?››
Cambia de canal, asqueado, con tanto fervor que del canal doscientos doce llega al canal once en un parpadeo. El noticiero comunica la muerte del inspector Ricardo Torres y de una joven oficial.
—Ambos se habrían asesinado mientras tenían relaciones sexuales en la oficina del inspector...
Y Julián apaga la televisión porque ya no lo soporta. La sensación de que todo se está yendo a la mierda le inflama el pecho, y el corazón le retumba en los oídos.
Apoya la cabeza contra el respaldo y cierra los ojos como si dentro de su propia oscuridad hubiera calma. Pero solo hay más sombras, y culpa.
‹‹¿Existirá la casa de Florence?››
Sabe que sí, y que seguramente la familia siga allí, atrapados por siempre en cada rincón de la casa como sombras errantes, como las víctimas de Hiroshima, que dejaron su último movimiento grabado en la piedra.
—Tanta muerte, y todo por este libro —dice, mientras sujeta El asesino del hacha, edición vigésimo aniversario.
Anton no responde, solo se recuesta junto al escritor para intentar sanarlo.
Ana retrocede el video una vez más. Tiene los auriculares puestos. Un conocido de la productora le dio una copia del programa sin editar. Y no sabe por qué, pero ella también necesita ver lo que Julián vio en ese estudio. Saber si su nuevo jefe está loco.
Luces frías iluminan el pequeño espacio donde la joven está sentada, frente a un escritorio con restos de café, y el eco constante de la entrevista reproduciéndose en loop. Vuelve una y otra vez al momento exacto del estallido, pero no es eso lo que le interesa. Es todo lo que pasa antes.
Pausa. Cuadro a cuadro.
Ahí está: el momento en que Julián desvía la mirada hacia el cuello del conductor. En ese segundo, los ojos del escritor parecen ver más de lo que muestra el plano. Pero ¿qué?
Avanza un par de segundos.
Stop.
Retrocede.
Stop.
Y lo ve. Una leve ondulación. No es un fallo de la imagen. Es… como si el contorno del cuello del conductor se distorsionara apenas. Como una capa superpuesta, como si fuera una máscara.
No son trucos de luces… no. Es otra cosa. Y entonces, como por arte de magia, un pensamiento le llega a la cabeza: es Pablo. El que está debajo de la máscara es Pablo.
Y se asusta. Se asusta mucho. Se arranca los auriculares y salta de la silla.
Clava los ojos en la pantalla sin parpadear. Respira suave hasta que, al fin, se calma. Toma el celular y busca el número de Julián. Le escribe —sabe que rara vez atiende el teléfono— para avisarle que irá a su casa; que no puede esperar hasta mañana.
El escritor abre los ojos. Tiene la boca pastosa —ese sabor que llegó para quedarse—. Se quedó dormido en el sofá.
Endereza el cuerpo no sin arrugar la cara y busca el vaso de whisky que tomaba antes de dormirse. Lo encuentra junto al celular. Clava la vista en el aparato porque una luz verde titila: un mensaje.
Entonces suena el timbre.
Se sacude el sueño de la cabeza y se pone de pie. El cuerpo se le queja rabioso, con puntadas en la espalda. Camina sin darle importancia. No hay nada que hacer: la arena está llegando del otro lado del cristal.
La sorpresa le alza las cejas y aprieta el botón para que su visitante pueda pasar.
—Al fin, nene. Afuera hace un frío de cagarse —se queja Ana. Lo saluda con un beso en la mejilla y cruza el umbral con pasos rápidos. Se saca la bufanda y se deja caer en el sillón, justo donde Julián había dormido como una momia minutos antes.
Algo en la forma en que la chica acomoda las piernas le recuerda a Sophia. Aparta la vista, porque esos caminos son oscuros y él tiene pocas luces.
—¿Estás bien? —pregunta Ana, mirándolo desde el sillón.
Julián la observa unos segundos y asiente con la cabeza.
—Estuve revisando la grabación del programa. Uno de los que trabaja ahí me debe un favor —Julián enarca las cejas—. No es lo que parece —se apura a aclarar, con cierto rubor. ¿Y por qué le tiene que dar explicaciones a él, después de todo?
—¿Lo viste? —corta la tensión Julián.
—Sí —responde. Le muestra la pantalla del celular: una captura del programa, del momento exacto en que el rostro del conductor parecía disolverse en pliegues de látex.
—Pero si todo fue verdad… ¿por qué nadie hizo nada?
——Porque él quiere que solo vos lo veas, Juli… —se interrumpe, consciente de que acaba de decirle “Juli” a su jefe, y de que antes lo llamó “nene”—. Bueno, no solo vos, al parecer.
Ana se para frente a él, con una mirada que presagia que hay algo más.
—El tipo del show era Pablo —confiesa.
El escritor se deja caer sobre el sofá. Busca el vaso y se toma el poco whisky que quedaba. El fuego le quema la garganta, pero es placentero. Mierda que es placentero.
—Ponerse una máscara… y encima tomarse el trabajo de que se vea tan real —dice Ana, ahora desorientada.
—No, todo era una ilusión —aclara Julián—. No era en verdad una máscara… solo era él jugando con mi cabeza, y ahora lo hace con vos.
—¿Por qué estás tan seguro de que no es Pablo disfrazado?
—¿Vos lo viste mearse? —pregunta, y Ana niega con la cabeza—. ¿Ves? Solo te deja ver lo suficiente para que me creas, para involucrarte en todo esto…
—¿Pablo?
—No… Melvin —corrige, y un escalofrío le recorre todo el cuerpo. Decirlo en voz alta es confirmar que todo ese horror en verdad está pasando.