3 . ENCUENTROS CERCANOS
El estudio de Canal Siete está frío como una morgue.
Julián Amaya cruza el pasillo alfombrado en silencio, acompañado por una asistente de producción que le da indicaciones sin mirarlo a la cara.
Al fondo, las cámaras ya están encendidas.
La escenografía imita un living elegante: sillones de cuerina blanca, una mesa baja con dos vasos de agua y un libro acomodado en el centro, de forma que la portada quede de frente a cámara.
El asesino del hacha, en tapa dura y edición veinte aniversario, con nuevo prólogo de Julián, ya es un éxito de ventas.
Estrecha la mano del conductor del programa De tarde con el Terror —un hombre alto y con un bronceado anaranjado—, que repasa sus líneas, y se deja caer en el sofá frente a la mesa.
—En tres, dos, uno —dice una voz detrás de cámara.
La luz roja se enciende. El conductor modula con la boca, dibuja una sonrisa en la cara y entonces:
—Bienvenidos a De tarde con el Terror. Hoy nos visita el escritor argentino que marcó a una generación con sus más de veinte libros —dice casi sin respirar—. A veinte años de la publicación de El asesino del hacha, su novela debut, estamos con Julián Amaya.
Aplausos del conductor y de un puñado de sombras detrás de las cámaras. Julián sonríe con esa sonrisa que practicaba frente al espejo desde los tiempos del primer contrato editorial.
—Gracias. Es un gusto volver —dice, sin aclarar a qué. Ni desde dónde. Lo dice porque queda bien. Porque llena un espacio vacío.
—Este libro causó un impacto tremendo en su momento. ¿Te acordás de lo que sentiste la primera vez que lo viste en una vidriera?
Julián parpadea. El conductor espera. Un zumbido leve sale del aire acondicionado. Busca la respuesta emotiva que espera el conductor… pero la verdad es que no existe. Se necesitaron algunos muertos y demasiados horrores para que su novela llegara a una librería.
Ana lo observa desde detrás de cámara, con los brazos cruzados. Sin Pablo, la joven se encarga de la mayoría de las tareas que antes hacía el representante desaparecido.
—Fue… como verme a mí mismo por primera vez —responde, con la misma sonrisa que enloqueció a medio mundo hace veinte años. Tiene el encanto, el magnetismo necesario.
El conductor asiente, sin entender del todo, pero está satisfecho.
—¿Y qué te inspiró esa historia tan violenta, tan oscura?
Silencio. Siente que está en un interrogatorio.
¿Pero si ya respondiste millones de veces a esta pregunta?
Sí, pero en otro contexto.
No seas hipócrita: muertos son muertos.
Julián acomoda el vaso de agua, buscando algún objeto para anclarse a la realidad.
El aire del estudio se espesa de repente.
¿Ya? ¿Tan rápido?
Sí, ya sabés cómo funciona esto de las energías…
Pero…
No, sin peros.
—Siempre sentí que esa historia ya existía. Yo solo fui el canal —dice con la voz dura.
Mira a cámara, directo hacia la puta luz roja que no deja de palpitar.
El conductor asiente, maravillado, el gesto es acompañado por las luces del estudio que comienzan a titilar, con un pulso enfermo.
Nadie lo nota.
Solo Julián.
Y Ana, que frunce levemente el ceño.
—¿Sentís que el horror, en la ficción, tiene alguna función más allá del susto? —pregunta el conductor, subrayando algo en sus apuntes.
Julián sigue con la mirada el movimiento; tarda en responder porque la pregunta lo desencaja. Ya no la siente personal, pero su cuerpo todavía carga con algo pesado. Las luces parecen querer decirle algo, y empieza a preocuparse: sabe que algo lo observa.
—El horror revela lo que está escondido —responde finalmente, aferrándose al profesionalismo como a una cuerda—.
Lo que todos sienten, pero nadie se anima a decir.
Te permite ser libre como autor y como lector, y hasta experimentar un poco más de empatía con tu propia realidad.
Si las cosas se ponen muy feas, siempre podés cerrar el libro.
El conductor mueve la cabeza con entusiasmo, sin notar que el vaso de agua de Julián empieza a agrietarse; una línea fina, como una vena rota, desciende desde el borde hasta la base.
—Entonces… ¿todavía escondemos cosas o ya mostramos todo lo que había para mostrar?
Otra vez el movimiento sobre la carpeta. Pero… ¿qué anota? Se pregunta el escritor. Busca a Ana, quizás ella pueda ver que escribe, quizás…
—¿Julián? —llama el conductor; ladea la cabeza.
—Sí, perdón —se acomoda en el sillón—. Creo que siempre guardamos algo —responde, usando otra vez su profesionalismo; la poca magia que le queda. Gira la vista hacia Ana.
La chica cruza los brazos y se aprieta los codos contra el pecho. Siente frío. Un frío que baja desde el techo, y le hace un gesto al escritor.
Julián también siente cómo la temperatura desciende en el estudio. Deja de mirarla porque algunos movimientos detrás de cámara lo distraen.
—¿Y qué guarda Julián Amaya? —repregunta el conductor, como si nada pasara. Esta vez no chequea los apuntes.
—Lo mismo que todos… dientes de niños y un poco de sangre de bebés —dice, sin desfigurar un solo músculo del rostro al responder.
El presentador ríe a carcajadas hasta que un hipo lo sacude.
Julián observa a la asistente del show, que pide un vaso de agua, pero el hombre hace un gesto con la mano indicando que ya está bien. Se arregla la ropa y vuelve a la carga como todo un profesional.
—Bueno, dejás en claro por qué sos el maestro del terror —afirma, mostrando los dientes, y el público parece estar de acuerdo, porque los aplausos no tardan en llegar.
El animador agarra el libro con ambas manos, se lo acerca a la cara para examinar la portada y, maravillado, lo muestra a cámara.
Julián se acomoda el pelo, húmedo por el sudor de las luces o por los nervios.
Revisa sus manos con disimulo; todavía no han comenzado a temblar.
Puede aguantar un poco más. Le desespera cómo el hombre hojea el libro, como si buscara la próxima pregunta.
Se da cuenta de que algo le pasa al que conduce.
Entra en su mente: hay estática en la cabeza del hombre.
Arruga el rostro. Otra vez se distrae con lo que se mueve fuera de cámara.
El público deja de ser sombras. Ve las caras, parecen maquetas, salvo una que lo mira fijo, y en la cabeza del conductor de pronto hay interferencias, como si estuviera sintonizando lo que comienza a tomar forma en la oscuridad y se acomoda entre la gente.
Julián vuelve al que lo mira fijo; mueve un poco la cabeza para ver mejor esa cara: Melvin.
Desespera por dentro. No hay tiempo, Julián acomoda palabras en la cabeza del conductor antes de que Melvin lo haga. Y lo logra. Para su sorpresa, lo logra.
—Una de las escenas más recordadas es esa en la que el asesino limpia el hacha con el pellejo de una de sus víctimas mientras escucha ópera. Hay quienes dicen que esa imagen es casi… poética, por lo grotesco y lo bello al mismo tiempo. ¿Qué opinás?
Julián busca entre el público a Melvin, pero ya no está.
—Creo que la armonía entre el horror y la belleza es necesaria. Es una dualidad más, como ocurre en la vida.
—Una dualidad morbosa…
—Puede ser —admite Julián.
Detrás de cámara, uno de los focos titila de nuevo. El camarógrafo lo mira y luego baja la vista.
Ana parpadea, inquieta. Ella también ve cosas.
—¿Y eso no te convierte en un morboso?
—¿Cómo dijiste?
—Si sos un morboso —dice, y lo mira fijo.
Ana nota la incomodidad en la mirada de Julián. Se adelanta un paso, casi imperceptible, como si quisiera detener algo.
Julián mira al conductor, que mantiene la sonrisa, pero sus ojos están vidriosos, vacíos.
El escritor traga saliva. La presión en el ambiente se intensifica; lo fétido escala alto, casi al borde de atraer moscas. El tipo del show sigue con la mirada clavada en él.
—Yo… no estoy seguro —murmura. Las manos le tiemblan, pero las esconde entre las piernas.
El olor en el aire se pudre y al fin, llegan las moscas.
—¿No estás seguro de si sos un morboso? —presiona el conductor. El zumbido se vuelve insoportable. Una, dos, cuatro, diez, las moscas se mueven en espiral sobre la cabeza del conductor como si fueran una corona.
—¿Cuántos murieron en esa casa de Florence? ¿A cuántos mataste para que este libro de mierda se publique? —pregunta mientras sacude el libro.
Las cámaras se clavan en él, y las luces, las putas luces, le nublan la mirada.
—No… —balbucea, Julián, apenas audible, hipnotizado por la espiral de insectos que rodean al conductor.
¿Acaso nadie más nota lo que está pasando? Entonces lo ve.
Un pequeño pliegue, justo debajo del lóbulo izquierdo del animador. La piel parece suelta, como mal adherida, como si no fuera suya.
Julián entrecierra los ojos.
¿Es un truco de las luces? No. La carne se despega con lentitud, como una máscara de látex que alguien olvidó terminar de pegar. Incluso distingue una línea más oscura, un borde irregular, allí donde la piel se alza. Y bajo esa línea… algo late.
El pulso de Julián se acelera.
El murmullo de las moscas se vuelve más intenso, más profundo.
—¿A cuántos mataste, Julián? —repite con voz hueca. Las palabras del conductor flotan en el aire, sin sentido, mezclándose con el zumbido espeso de las moscas que no se ven, pero parecen estar en todas partes.
El escritor se lleva una mano a la frente. La transpiración le nubla la vista. La presión en las sienes late como un tambor bajo el agua. ¿Dónde está Ana? Gira la cabeza en todas direcciones.
El agua en el vaso frente a Julián empieza a burbujear, como si dentro algo vivo luchara por salir.
Las paredes se derriten, como si un fuego invisible las estuviera quemando, y el decorado se agrieta desde el techo hacia el suelo, con un crujido lento, como un gran velo que se rasga.
El conductor se estremece. Sus talones golpean contra el piso con cada sacudida. Tac. Tac. Tac. Parece un muñeco de trapo movido por alguna fuerza externa.
El público sigue inmóvil, como un cuadro vivo, pero todos aplauden y ríen sin que sus rostros cambien.
¿Dónde está Ana?
El vaso emite un silbido agudo, y el agua burbujea como si hirviera. De repente, el animador se inclina hacia él, el olor amoniacal se vuelve insoportable. El tipo se orina encima sin dejar de mirarlo.