2 . OBSESION MORTAL
La luz azulada de la computadora recorta la silueta de Torres en la oscuridad.
El ventilador del CPU zumba con un ritmo mecánico y monótono.
Sobre el escritorio, la carpeta del forense está abierta como un animal destripado: papeles marcados con resaltadores, fotos impresas, anotaciones a mano.
Todo apunta a lo mismo: la muerte de la mesera y la desaparición de Pablo Durán.
Abre otra carpeta. El nombre en la solapa es claro: Julián Amaya.
Adentro hay artículos impresos, entrevistas, una reseña de su primer libro titulada El hombre que escribe con sangre.
Subraya ese título con fuerza. Sonríe sin humor porque cree tener algo en contra del escritor, pero en realidad no tiene nada, y eso lo frustra.
Se lleva una mano a la boca del estómago, donde parece que tuviera un volcán. Aun así, no ha dejado de beber; hábito que no tenía desde el caso del niño mutilado por sus padres.
Detiene la mirada en la portada de la revista Tiempo de lectores. La foto de Julián le devuelve una sonrisa demasiado perfecta. Da una pitada larga, apretando los labios al cigarrillo, y se inclina hacia la revista.
—Te creés más vivo que yo. Te pensás que nadie va a ver lo que estás haciendo… pedazo de hijo de puta —dice, y hunde el cigarrillo en los ojos impresos de Julián.
El papel se chamusca, despide un olor que le recuerda a madera, y no sabe por qué, pero las letras del cartel de Hollywood se le vienen a la cabeza.
Arranca la foto con los ojos quemados, recorta los contornos de la cara y luego se la coloca sobre el rostro, como si fuera una máscara.
—A ver cómo ve un hijo de puta como vos —bromea, girando en la silla como un chico aburrido.
Un golpe en la puerta lo sobresalta. Es la oficial Clara Ledesma. Torres deja la máscara de golpe, estruja la foto en un puño y la arroja al tacho. El bollo golpea el fondo con un ruido seco.
Ledesma golpea otra vez y asoma la cabeza.
—Torres, ya son las dos de la mañana —avisa—. ¿Quiere que le traiga un café?
—Clara, vení y mirá esto —la invita a pasar.
La oficial abre la puerta de a poco, como temiendo encontrarlo desnudo o algo peor. No es que Ricardo Torres sea un hombre de poca confianza, pero últimamente se ha estado comportando un poco raro. Obsesivo y descuidado.
El inspector la apura con la mano y le señala la imagen ampliada en el monitor.
Ella se acerca. Mientras lo hace, la luz azul de la pantalla parece intensificarse, proyectando sombras que se mueven un instante después de que ellos se mueven.
—¿Qué cosa? ¿La entrepierna de la víctima?
—¿Qué? —exclama Torres, horrorizado, como si lo hubieran pescado en plena fantasía—. No, no eso no. ¡Pero la puta madre! —grita y golpea la mesa—. Mirá lo que está al costado del cuerpo.
Clara afina la vista. Los ojos de la mesera están allí, prolijos, al costado del cadáver. Según el informe, los encontraron dentro de la cavidad vaginal, pero ella no necesitaba leerlo porque estuvo en la escena del crimen.
—Los ojos… —y, solo al recordarlo, se le revuelve el estómago.
—Sí. Según investigué, es parte de un rito. Magia negra.
El CPU emite un chasquido, como si algo se partiera adentro. Clara frunce el ceño porque, de pronto, siente un cosquilleo en la parte izquierda de la cabeza.
—¿Magia negra? —dice, vacilante.
—Esto es más que un crimen. Es un mensaje… un mensaje para él —dice, y señala la foto del escritor que sobresale del expediente.
—¿Julián Amaya? —pregunta, incrédula.
Torres se aguanta. Es búfalo de madera, según su horóscopo chino, y lleva toda una vida aguantando ese tono de voz.
—Sí, Ledesma. ¿Leíste la mierda que escribe?
Claro que lo leyó. ¿Quién, en su sano juicio, no leería a Julián Amaya?
Duda en responder. Torres le clava la mirada, y ella decide negar con la cabeza.
Necesita sobresalir; que el inspector la deje seguir en la investigación.
Quiere un ascenso. Quiere disparar su arma al menos una vez, como en las películas del canal Space que miraba de chica.
—Hacés bien… el tipo es un loco. En todos sus libros hay muertes horrorosas y el sexo… —el inspector siente un burbujeo en la garganta y se presiona el esófago—. Sus libros me dan asco —concluye.
—¿Qué hay de su expediente? —pregunta, señalando con la cabeza la carpeta abierta sobre el escritorio de Torres.
—Turbio… todo muy turbio.
Se empuja hacia atrás y las ruedas de la silla lo llevan directo a su escritorio. Abre la carpeta y le pasa a la oficial una de las tantas hojas que se desbordan del interior.
—¿Y? ¿Qué te dije?
—Tremendo… La madre mató al marido enfrente de Julián, cuando tenía…
—Siete años —interrumpe Torres, ansioso—. Un tipo abusivo y una mujer que venía un poco tocada —añade, girando el dedo cerca de la sien.
—Y después de eso, Julián se fue a vivir con su abuela materna. Pa, pa, pa… terminó la secundaria… pa, pa, pa… y se borró del país a fines de los ochenta.
—Volvió una década después y la pegó de una. Millonario en menos de un año, y desde entonces…
—Un bestseller —concluye Ledesma.
El aire se vuelve denso, pesado, como si la humedad misma se espesara. Torres empieza a sentirse mareado; se convence de que debe ser el cansancio… y quizás por esa botella de Tennessee N.º 7.
—¿Se sabe algo de esos años perdidos?
—Muy poco… solo que vivió en algún lugar de Los Ángeles, pero pasó la mayor parte del tiempo en el desierto de México.
—Eso fue en los noventas…
Clara se apoya sobre el escritorio de Torres, y el inspector no puede evitar observarle las piernas. La foto de su familia junto a la computadora lo hace sentir culpable.
Un murmullo distinto, bajo, casi imperceptible, se mezcla con el ronroneo del ventilador. Una mosca negra, del tamaño de un pulgar, emerge de una rendija en la parte trasera del CPU y se posa sobre el borde del escritorio. Se queda quieta, midiendo el ambiente.
Después aparece otra, y otra más. Silenciosas, se dispersan Lentamente por la habitación, cruzando el haz de luz sin que Torres ni Ledesma las vean o sientan.
—Torres… ¿Qué pasó en México en los noventa? Algo vinculado a una secta, creo…
—Vas bien… —alienta Ricardo Torres con orgullo en la voz.
—Algo con algún… ¿culto?
—¡Muy bien, Clarita querida! —exclama eufórico el inspector.
Clara sonríe como una niña que saca diez. No se da cuenta de cómo las cucarachas se empiezan a juntar debajo del escritorio del inspector.
—Me acuerdo que fue un quilombo… yo era chica, pero mi vieja seguía el caso en el noticiero del canal Siete.
—Sí, muchos muertos y desaparecidos. Ningún imputado, todo muy raro; el tema se volvió tabú. Cuando se cumplieron veinte años del hecho, un periodista norteamericano viajó a cubrir la nota, a entrevistar a un viejo y qué sé yo cuánto más…
—Richard Clarke…
—Ni la más puta idea del nombre.
—Richard —susurra la oficial—, al tipo se lo tragó la tierra.
El inspector asiente en silencio y se cruza de brazos.
—¿Ahora te cierra lo de los ojos y la magia negra?
—¿Qué sea un mensaje para él?
—Sí…
—Tiene sentido… pero, ¿cómo vinculamos a Julián con la secta y las muertes de la chica y el editor?
—Representante. Pablo Durán era su representante —y se odia por esa corrección; la misma que le hizo el escritor la primera vez que lo visitó en su casa de Adrogué.
Silencio. La chica suspira y se estira delante de él. Torres, evitando la culpa, se aclara la voz y vuelve a la computadora.
—Voy al baño, señor. ¿Le traigo un café? —pregunta Clara.
—No, la acidez me está matando —responde Torres con voz áspera.
El inspector se queda solo, con el chirrido del ventilador y un silencio que se siente pesado, casi como si la habitación lo estuviera observando. Mira la pantalla de la computadora, los expedientes abiertos, y nota que algo se mueve en la esquina: una sombra o quizá solo su imaginación.
Y entonces, una mosca lo distrae. Fastidioso, intenta matarla de un golpe, pero el insecto escapa justo a tiempo.
—¡Qué hija de puta! —se queja, exagerando la bronca.
Se da cuenta de que, de repente, está alterado. Muy alterado. Y no es por Julián Amaya… ¿o sí? Son muchas cosas, Ricardo. Las cuentas por pagar; el cumpleaños de quince de la hija y ese salón de mierda que eligió su mujer… A veces ella lo exaspera. ¿Por qué gasta como si él fuera el puto gobernador?
Un chasquido de dedos invisibles y su mirada se clava en la foto de Julián, olvidando todo lo demás por un instante.
—¿Y vos qué mirás, asesino hijo de puta? —murmura.
Pero entonces nota algo que lo hace detenerse en seco: su mano derecha se ha deslizado sin que él lo advirtiera, y ahora descansa sobre su entrepierna, apretando con nerviosismo.
Otra vez, el chasquido de dedos, y un escalofrío le atraviesa la espalda: no es solo miedo, sino algo que lo sacude desde adentro. Retira la mano de golpe, como si hubiera tocado una herida invisible, y un temblor repentino le atraviesa la muñeca.
—¿Qué carajo me está pasando? —su voz se quiebra, áspera, mientras la luz azul de la computadora parpadea como si respirara.
Mira la puerta por donde salió la chica y, por un segundo, se le cruza un pensamiento sucio, de esos que le dan culpa… pero esta vez la culpa se siente bien. Hasta incluso le da placer. Y entonces no ve la hora de que se abra la puerta y ver entrar a…
Clara se sienta en el inodoro y, sin levantar la voz, atiende el celular. Es su mamá, que la llama a esa hora por un mal sueño.
—Fue horrible, hija. Había ojos por todos lados, hasta en lugares imposibles —dice la madre, todavía perturbada.
—¿Qué estabas leyendo antes de dormir? —pregunta Clara. La mujer mira casi apenada el libro sobre la mesa de luz.
—Uno sobre una mujer que le faltan los ojos —confiesa al fin.
—¿Ves? Ahí tenés… como para no soñar eso, ma.
—Puede ser… —responde con un suspiro.
—Dormite… Mañana paso un ratito a la tarde, ¿sí? Te tengo que dejar ahora, estoy en medio de algo importante; capaz me pone en la mira de mis superiores.
—Bueno, hija. Igual escribime, que no me voy a dormir —responde la mujer, con una preocupación que no termina de comprender.
—Sí, sí, beso —se despide Clara y corta, dejando el teléfono sobre la tapa del inodoro para subirse el pantalón.
La madre replica el gesto, pero no puede sacarse de encima una extraña presión en el pecho.
Cuelga y se acomoda en la cama con la luz del velador encendida.
Se pone los anteojos y abre la novela de Julián Amaya en la página 311, justo cuando La mujer sin ojos empieza a rebanar el rostro de su esposo con unas tijeras oxidadas: una, dos, tres puñaladas en el rostro, y luego otras tres en el pecho, mientras canta una vieja canción de cuna.
Clara se queda en silencio. Siente un escalofrío de golpe, porque se da cuenta de que su madre está leyendo el mismo libro que encontraron en la escena del crimen de la mesera.
—Julián Amaya —murmura la joven, y tira la cadena del baño.
Vuelve a la oficina. Torres no está mirando la pantalla. Está recostado hacia atrás, los ojos fijos en ella, respirando hondo, como si llevara un peso enterrado en el pecho que lo aplastara.
Ella frunce la nariz, y se detiene en seco. Algo en el aire está mal.
—¿Todo bien, Torres? ¿Qué es ese olor a podrido? —se cubre la nariz y la boca con la palma.
El inspector no responde. La mira. No es la mirada de un hombre: es un agujero oscuro, una grieta que quiere tragársela.
Clara siente un golpe seco en el pecho, algo que se afloja y se rompe adentro.
Un zumbido llama su atención; moscas giran en espiral alrededor del foco.
A la oficial le viene la imagen de un río serpenteante que lo cubre todo.
La ahoga hasta volverla loca, porque jura que quedarse sin aire es como el ruido de mil mariposas.
Torres se levanta sin decir palabra. Avanza hacia ella.
Se quita el cinturón y lo enrosca alrededor de su diestra.
Clara da un paso atrás, el miedo hace que lleve la mano en dirección a su arma.
Quiere dar una advertencia, hablar, pero la voz se le queda atrapada en la garganta.
Entonces siente el puñetazo de Torres en el pecho.
Un calor sucio, pegajoso, le sube desde el estómago al cuello.
Chasquido de dedos, y Torres la agarra de la cintura con manos ásperas, empujándola contra el archivo metálico, frío y duro.
La besa con urgencia, como si fuera la última vez, como si ese beso fuera un grito ahogado.
Sus manos se mueven con voracidad, arrancándole la ropa con desesperación.
Clara intenta resistirse y, al mismo tiempo, algo dentro de ella cede; pero no es suyo, no es voluntad.
Otro chasquido de dedos, y una necesidad brutal los invade: no es deseo, no es decisión. Es una fuerza oscura que los empuja, una corriente violenta que los arrastra hacia un contacto febril, casi ritual.
La oficial se hunde en ese barro oscuro y viscoso que deja el río en su cabeza, envolviéndolos a ambos.
Torres la empuja sobre el escritorio, tirando los papeles al piso. Una foto de Julián cae junto a los cuerpos desnudos, y desde el piso los observa como un vigilante morboso.
Se unen, tensos; atrapados en una danza brutal y carnal, mientras una cucaracha avanza por la pared, lenta, implacable. Luego otra. Y otra más. Una marea de pequeños invasores va tomando la habitación.
Entre jadeos y miradas cargadas de una furia ajena, aparecen las tijeras: dos cuchillas que brillan con un frío cruel.
Sin hablar, sin pensarlo, las levantan al mismo tiempo. Se laceran la carne con la misma precisión de quien cumple un ritual antiguo, un pacto sellado con sangre y desesperación.
Los gemidos son un coro roto que mezcla perdones y miedo, un canto de locura y dolor. Todo ocurre fuera de su control, como si fueran marionetas en manos de un titiritero invisible.
Aceleran el ritmo sexual a una velocidad vertiginosa y la sangre cubre sus cuerpos sudorosos y cortados.
Algunos oficiales se juntan afuera de la oficina de Torres, preocupados; llaman al inspector por su nombre de pila y golpean la puerta.
De las rendijas del techo comienza a salir un enjambre oscuro: hormigas, cucarachas, arañas. Un aluvión de seres que invade, silencioso y letal, una marea negra que se extiende desde los bordes de la oficina.
—¡PERDÓN! —grita Ricardo Torres, con lágrimas y sangre mezclándose en su rostro mientras recibe tres puñaladas que desgarran su carne.
—¡MAMÁ! ¡MAMI! —aúlla Clara, un grito de angustia que se ahoga en un último filo que se hunde en su garganta.
El clímax les arranca una explosión muda, un estallido de horror y éxtasis fusionados. Y en ese instante, las tijeras se clavan una última vez, cada una en el corazón del otro.
El silencio que sigue es brutal y absoluto.
Los insectos cubren los cuerpos, los muebles, los papeles. Un sudario vivo que lo devora todo.
La computadora, que muestra la imagen congelada de la mesera, parpadea una vez, dos, y se apaga para siempre.
En el aire queda flotando algo invisible: un perfume rancio, un susurro de intención.
Uno de los oficiales logra tumbar la puerta de la oficina de Torres, y el horror le transforma la cara.
La madre de Clara cierra el libro con un slam seco, disgustada por lo vulgar que se volvió la historia. Aun así, le dará otra oportunidad en la mañana, porque si algo tienen los libros de Julián Amaya es que son muy adictivos.