El Culto 1. LAZARO #3
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1. LAZARO #3

—No, solo los iniciados. El maestro siempre permanecía vestido. —Toma otro sorbo de café y apoya la taza con un pequeño golpe sobre el platillo.

—El maestro… Te refieres a… —revisa sus notas—, Melvin, ¿verdad?

—No decimos ese nombre por aquí, Richard. —El chamán fija la mirada en el periodista y, por un instante, la habitación parece más silenciosa. Luego vuelve a darle un sorbo al café.

—Veo que al menos coincidimos en que es un asesino…

—Es autor de muchas desgracias.

—Ejemplo…

—De que los niños de la zona nazcan deformes, señor.

—¿Acaso tiró una bomba atómica? Omar, para ser un hombre que pide contexto…

—Por el tipo de magia que usó, señor.

Richard hace un gesto que el chamán desaprueba:

—Debió dejar sus prejuicios en su mansión de California, señor.

—Sí, bueno… ese café lo pagó mis prejuicios, Omar. No tu magia…

—Y doy gracias por eso. Mi magia no vale nada en estos días —concluye y termina el café con el último sorbo.

El reportero controla la respiración, intentando recuperar la calma. Se recuerda que mañana a esta hora estará en la piscina de su mansión en Beverly Hills con una joven actriz en ascenso. Eso le da ánimos para volver a mirar al viejo.

—Perdón, Omar. No quería ofenderte…

—No me ofende, señor.

Se toma unos segundos para volver a pregunta. Mira afuera: el sol brilla como si fuera mediodía pero apenas son…

—¿Qué clase de magia usó el Culto? —pregunta—. Y ten presente que soy ignorante en todos estos asuntos —se ataja.

—La misma magia que los llevó a su destrucción: la magia del Hombre Muerto.

—¿La magia del Hombre Muerto? —pregunta el periodista, frunciendo el ceño y arrugando la cara.

—Sí, señor.

—¿Y en qué consiste?

—Es una magia antigua… del primer mundo, diría.

Los ojos de Richard se mueven de un lado a otro. Está totalmente perdido.

—¿Primer mundo? ¿Qué mierda es eso?

—Bien, seré breve pero preciso, señor —el periodista hace un gesto de agradecimiento con las manos—. El Culto fue conocido por propiciar el ascenso de un grupo de Hollywood en sus primeros años, lo que le dio la posibilidad de usar su magia con libertad y auspicio de toda esta élite.

—¿Te refieres al mundo del cine?

—No profundizaré en ello.

—Entiendo…

—Cuando el Culto se asentó en este desierto, reveló su verdadero objetivo. La magia utilizada fue la misma que los llevó a su destrucción… la magia del Hombre Muerto. Recién en los noventa, al aprovechar plenamente este poder, alcanzaron un nivel de influencia mucho mayor.

—¿Van a querer algo más? —pregunta la mesera, mascando chicle y clavando la mirada en el viejo. Él revuelve los ojos hacia el periodista, en un gesto claro de “pregúntale al que paga, preciosa”.

La chica entiende y gira hacia el periodista con el anotador en la mano y la lapicera lista para tomar la orden.

Richard se encoge de hombros, mira la hora y no puede creer que ya sean como las seis de la tarde.

A pesar de eso, el calor del desierto no ha bajado en intensidad; al contrario, parece haberse vuelto casi sólido, aplastando la cafetería.

El hombre nota que algo lo acecha más allá del cristal: el buitre ha vuelto, y ahora parece mirarlo.

—¿No se hace de noche aquí? —observa asombrado.

—Es por la magia, señor. Todavía quedan algunas secuelas…

—Chicos deformes, ¿eh?

—Chicos deformes, señor —replica el viejo.

—De acuerdo —responde a la mesera—, tráenos dos hamburguesas y unas cervezas.

—El postre corre por cuenta de la casa —ofrece la chica, y el periodista agradece.

Vuelve a mirar afuera, y el buitre ha desaparecido, pero la amenaza sigue flotando en el aparente vacío.

Parpadea, molesto por las luces del local, pero algo no cuadra.

‹‹¿Luces? Pero si apenas son las…›› Revisa la hora: el reloj marca las tres de la mañana.

Richard se queda paralizado. Hace apenas un rato eran las seis de la tarde, y ahora la noche lo envuelve.

¿Qué decía Einstein…? Magia. El tiempo no existe.

Afuera, dunas y la luna enorme lo observan, vigilante.

Se da cuenta de que no hay nadie más en la cafetería, salvo el viejo y él y, por supuesto, la mesera.

—Y-yo… —se le traba la lengua. La figura de Omar ya no es tan clara.

—¿Se encuentra bien, Richard? —pregunta el viejo, aunque la pregunta parece falsa.

—El café, Omar… el caff…

Y el periodista cae de costado.

La mesera y el viejo lo rodean. Ella se desnuda —Ahí está otra vez… la puta desnudez— y comienza a recitar:

—Y creo en una tierra madre de todos, y en un útero en el cual todos los hombres son engendrados…

Richard intenta ponerse de pie, pero todo intento es en vano. Se le doblan las piernas, y un dolor frío le llega desde los tobillos, como si le hubieran cortado los tendones.

—Misterio de misterios —susurra la mesera—, su nombre es…

—Babalon —completa el chamán.

—¿Quién mierda es Babalon?

El techo de la cafetería empieza a quebrarse, y desde los vértices, un ruido le cubre los oídos de terror.

—¿A caso son ladridos? —la cara se le deforma porque el viejo se pone una máscara con forma de sol.

Lo último que alcanza a ver Richard es el filo del cuchillo brillando con la luna, y luego, frío y oscuridad.

Algo le corta la cara, le arranca la piel, y le quiebra los huesos.