El Culto 1. LAZARO #2
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1. LAZARO #2

Deja caer tres gotas sobre la tierra donde reposan el corazón y el sacro. Cada una palpita como un latido compartido entre él y el ritual, uniendo lo físico con lo invisible, mientras el viento hace temblar las hojas del jardín.

Terminado el ritual, se sienta junto al árbol, con las piernas cruzadas a esperar. Los ojos se le cierran lentamente con cada gota de líquido rojo que escapa de su cuerpo con un ritmo hipnótico, hasta que al fin, pierde el conocimiento.

Sale de su cuerpo. Vuela por encima de la mansión, dejando atrás la planicie del mundo.

Ve el fuego y en el fondo, deformado por el calor de las llamas, las letras del cartel de Hollywood. Pero no es el Hollywood que todos conocen. Es el otro Hollywood. El que él conoce.

Detrás de las colinas está pasando algo que no llega a ver, pero tampoco necesita verlo para saber, porque Julián conoce de otra forma las cosas que el sol oculta.

Las mansiones con piscinas que reflejan las estrellas; Aries golpeando fuerte en la mente de todo santo; y la cabra, la puta cabra que vuelve grande a todos.

Lo siente.

Lo escucha.

Lo huele.

La ciudad sigue siendo un nido de mierda. El humo cubre los cimientos de la antigua Babilonia y las cenizas de los niños todavía está caliente debajo del gran búho.

—Dicen que la bomba atómica se planificó en esos bosques —señala un nativo americano que se le pega a Julián.

—¿Sí? —desliza sin emoción el escritor.

—Sí. En el mismo bosque donde Kennedy fornicó con Nixon.

—¿Bobby o John?

El nativo hace un gesto, como si se cosiera la boca con los dedos. Julián se le acerca y cree reconocerlo.

—¿Wuk? —pregunta.

—No puedo precisar. Creo que soy parte de otra cosa.

Parece confundido.

—Entiendo.

—Debo irme. Está llegando el que no debe llegar —dice y se va.

Un murmullo flota en el aire, como un rezo invertido, susurrado desde las grietas del pavimento. Y entonces lo ve: Melvin.

Envuelto en vendas sucias, los ojos hundidos en pozos de carne vieja, camina —pero en realidad flota— en su dirección, arrastrando un rumor de moscas invisibles.

—Parte por parte —dice el maestro con una voz que no usa cuerdas vocales—, el cuerpo será devuelto.

Melvin se detiene a escasos metros.

—Parte por parte —repite—, el cuerpo será devuelto.

—¿El de Sophia? —pregunta Julián. No levanta la cabeza para mirar lo que flota delante suyo.

—El cuerpo es todos los cuerpos —responde.

—¿Por qué el gato?

—Por la misma razón que Madame Fontaine.

—¿Y Pablo?

—Liberación necesaria.

—Muerto, querrás decir.

—Liberación necesaria. —Insiste Melvin.

—Sos un pelotudo —murmura en argentino.

—Conozco todas las lenguas —advierte, pero sin signos de enfado en la voz.

—Estoy llegando… lo sabes, ¿Verdad? —dice Julián.

—Y te esperamos donde las cosas nunca terminan.

Melvin coloca una mano vendada sobre el pecho de Julián y la visión colapsa justo a tiempo para ver como la tierra húmeda de sangre comienza a palpitar de forma violenta.

Un pulso profundo recorre la fosa que tiembla y respira. De pronto, un crujido seco: una hilera de costillas atraviesa el barro, desgarrándolo desde adentro como garras óseas que buscan la luz. Emergen lentas, jadeantes hasta clavarse en el aire, abiertas como una jaula rota.

Debajo, el corazón late desnudo, expuesto, bombeando sangre. De esa sangre brotan fibras, tendones y membranas viscosas que reptan por las costillas y empiezan a tejerse solas, uniendo la carne.

Las vértebras crujen, ensamblándose en una columna que se arquea como serpiente. El sacro, enterrado en otra tumba, responde: la tierra lo escupe y vuela hasta encastrarse en su sitio con un chasquido grotesco.

Una a una, las entrañas trepan, buscando su lugar como alimañas enloquecidas. La piel nace al final, extendiéndose en jirones húmedos que aún palpitan, como si estuvieran vivos por separado. No hay pelaje ni forma perfecta: solo una carcasa amorfa de carne nueva, que tiembla y respira.

Y entonces, el ojo. Solo uno al principio, que se abre como una herida y mira a Julián. Un ojo que lo reconoce.

El ojo lo mira. Gris, opaco, como una luna cubierta de ceniza.

Parpadea sin párpado, apenas un espasmo de carne que lo humedece.

Y entonces, del otro lado del cráneo a medio formar, la piel se agrieta.

Se abre con un sonido viscoso y asoma el segundo ojo, idéntico, vidrioso, girando en su cuenca como si aún no supiera dónde está.

Ambos ojos se alinean, fijos en Julián.

El pelaje se expande como una niebla pegajosa que brota de los poros, extendiéndose en mechones negros, ásperos, pegoteados de sangre vieja, y cubre la carne desnuda: primero el lomo, después las patas, hasta envolverlo todo en esa capa sucia.

El cuerpo tiembla, intenta levantarse. Pero las patas son hilos tensos y flacos, que se arquean en ángulos imposibles. El gato no camina: se arrastra, como si el suelo lo tironeara para devolverlo a la fosa. Pero insiste.

El lomo se curva, las vértebras crujen al ensamblarse, hasta que logra incorporarse en un equilibrio tembloroso. Da un paso. Torpe. Luego otro. Cada movimiento es un tirón de hilos invisibles que lo acercan a Julián.

El pelaje chorreando barro, las costillas aún marcadas bajo la piel recién nacida. Y entonces, maúlla: un sonido cálido, familiar, casi dulce, como si entre tanta aberración quedara algo del gato que conoció. El maullido vibra en el aire, suave, y Julián siente un pellizco en el pecho.

El animal se le acerca. Lo mira con esos dos ojos grises, sin brillo pero llenos de intención. La cola, apenas un flagelo peludo, se enrosca en su pierna.

Julián lo alza y le acaricia detrás de la cabeza. La piel está caliente, demasiado, como si bajo el pelaje latiera algo más que carne. El animal entrecierra los ojos.

—Bienvenido de vuelta —dice el escritor, y un nombre le llega a su cabeza—. Anton, así te llamás ahora.

El gato responde con un ronroneo profundo, pero hay un eco en ese sonido, una vibración que no es del todo felina. Como si en el interior de su garganta hubiera algo más, algo que se acomoda en la oscuridad y respira con él.

Julián no aparta la mano. Siente bajo sus dedos el cráneo aun blando en algunos puntos, como si el hueso estuviera terminando de solidificarse. Pero el ronroneo sigue, y el cuerpo se entrega al contacto, buscando su calor.

Por un instante, la noche parece contener la respiración.

Mira la fosa, abierta como herida, y se permite una sonrisa cansada.

—Dos rituales en una noche… Para alguien que no hace magia hace años, no está nada mal —murmura, y no se siente incómodo al pronunciar esa palabra.

Se pone de pie y empieza a caminar de vuelta a la casa, con Anton en brazos.

—Magia —repite, y el gato maúlla como si él también aprobara el sonido de la palabra.

FRECUENCIAS DE SONORA 11.9

El periodista arroja tres cucharadas de azúcar al café y luego revuelve con la cuchara. Solo después de golpear tres veces la taza —clinc, clinc, clinc— deja la cuchara a un costado sobre el mantel.

El chamán observa a Richard y sonríe: sabe que el periodista es escéptico del poder de la magia; que solo enciende velas para cumpleaños o cuando se queda sin luz. Sin embargo, tiene sus propios microrrituales.

—Bien, Omar —dice el reportero—. Me dijiste que el Culto ya no se encuentra operativo, pero que ha dejado secuelas en sus miembros.

—No ha dejado secuelas, señor.

—¿No? —pregunta, extrañado.

—No. Ha matado a todos sus miembros.

Richard se reclina sobre su asiento y bufa, harto de las vueltas del chamán. Todo tiene que ser con la palabra justa; todo debe pronunciarse correctamente.

—¿Acaso hablar con propiedad está mal? Usted estudió años el arte de la ortografía. Ganó un premio por un artículo que, seguro, estaba muy bien escrito... con sus puntos, comas y tildes correspondientes. Entonces, señor, ¿por qué se enoja?

‹‹¿Está en mi cabeza? ¿Puede leer mis pensamientos?››, se pregunta el periodista. El chamán casi responde que no es necesario: su cara lo dice todo. Pero, de hacerlo, Richard sabría que la respuesta sería afirmativa: el viejo sí está en su cabeza.

—Volvamos a los rituales —dice Omar, mirando la cuchara junto a la taza—. Hay algo que siempre leo en las descripciones: la necesidad de la desnudez.

—No es una necesidad. Así venimos al mundo, señor. Es común que uno deba despojarse de lo antinatural para adentrarse en lo invisible.

—¿Dices que no es natural estar vestido? Dios les hizo ropa a los primeros humanos…

—Solo una vez que descubrieron la vergüenza —interrumpe el chamán, dejando al reportero con las palabras en la boca—. Algo que no era natural en ellos, señor.

—Te concedo esa, Omar. Continúa, por favor.

—Gracias. La desnudez es como un lienzo… uno puede crear o destruir. Algunos la utilizan como elemento más del ritual.

—Por ejemplo…

—Sexo tántrico.

—Orgías —dice el periodista, escribiendo la palabra en su anotador.

—No, señor. Dije sexo tántrico. Es una forma de expandir la conciencia, no lo que Occidente ha rebajado a puro placer carnal.

—¿No están todos desnudos teniendo sexo?

—No.

—¿Y lo que hacía Crowley? Vamos, Omar… no niegues los hechos solo por defender una creencia.

—Crowley tomó elementos del sexo tántrico para sus propios rituales, señor. Debe leer más —responde, dando un sorbo a su café.

—¿De qué forma usaba el Culto la desnudez en sus rituales? —pregunta luego de una pausa.

—Bueno, según tengo entendido, entre lo tántrico y lo sacrificial. Una mezcla de luces y sombras, señor.

—¿Todos se desnudaban? —inclina levemente la cabeza, observando cada gesto del viejo.