El Culto 1. LAZARO
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1. LAZARO

Julián sigue sentado dentro del círculo de sal. Las velas se agitan con menor densidad, como si estuvieran cansadas. Termina de contar la historia de su vida y no dice nada más.

Ana pestañea. La copa de vino, intacta en la mano. Se tomó demasiadas copas mientras escuchaba. No sabe cómo reaccionar; se siente un poco asqueada, pero también fascinada.

Ese hombre sentado en el piso, rodeado de sal y velas, escritor bestseller, es también un asesino. ¿Un asesino? No solo eso: también una especie de brujo, o exorcista… o todo eso junto. Y la gran pregunta que flota en la cocina: ¿qué más es Julián Amaya?

—Soy Julián, escritor. También Julian, exmiembro del culto, y Julien, empleado de una tienda esotérica… quizás el mejor de los tres.

—¿Estás en mi cabeza? —pregunta Ana, con la mirada estática.

—Siempre… estoy en la cabeza de todos —se odia por la respuesta porque eso hacía su maestro.

—Pero… ¿Cómo?

—Solo ocurre… es como pensar —responde. Hace un gesto de hombros.

Las últimas gotas de cera negra se deslizan sobre el suelo, parecen lágrimas secas. Una de las velas —la roja— titila dudando, y luego muere. Entonces, el aire dentro del círculo empieza a descomprimirse.

—Ya está… —susurra.

Se mueve con cuidado, sin romper la línea de sal, y pasa los dedos por el suelo. Dibuja un símbolo con triángulos, cuadrados y círculos. Luego habla, con la voz ronca:

—Lo que fue llamado puede regresar. Todo se disuelve en mí, porque yo soy el límite.

Yo soy la Voluntad. —Hace tres gestos con las manos mientras da las gracias, y rompe la línea de sal frente a él.

Una ráfaga de viento recorre la habitación, despeinando a la chica, que mira todo sin entender nada y, a la vez, entendiéndolo todo.

—¿Pablo sabía lo que hacías? —pregunta con la boca pastosa a causa del vino. Apoya la copa; ya tuvo suficiente.

—Sí, pero jamás me juzgó. Creo que, el éxito de mis libros fue una buena razón.

—Era tu amigo…

—Es mi amigo. Todavía es…

Ana baja la mirada. Vuelve al círculo de sal y piensa si Julián sabe lo que está pensando. Él finge estar distraído, y ella se da cuenta de que Julián no es bueno fingiendo.

—¿Qué vas a hacer ahora? —indaga. Por la cara del escritor, su pregunta no fue del todo clara—. Me refiero a que, por lo que me contaste, el Culto, Melvin o como mierda se llamen… te vinieron a buscar.

—No tengo idea —responde—. Supongo que esconderme no sirve. Ya me encontraron.

—¿Y entonces?

—Entonces no queda otra que terminar lo que empecé.

La chica levanta una ceja.

—¿Eso significa coger con Sophia hasta morir? ¿O publicar un libro nuevo?

Julián sonríe. El gesto le duele, pero también le da placer.

—A veces es lo mismo —responde, todavía con la sonrisa dibujada en el rostro.

Ana intenta contagiarse de esa risa, pero no puede. Algo se le atora en la garganta y jura por Dios que, si no lo escupe, se morirá en ese preciso instante.

—¿Y toda esa masacre fue para volverte un escritor famoso? —pregunta al fin lo que venía demorando. Julián no cambia la expresión. De alguna forma, esperaba esa pregunta.

—¿Alguna vez sentiste que nadie te habilitó a este mundo? —lanza el escritor. Al principio, Ana se cruza de brazos, como negando la pregunta, pero de a poco afloja.

—Soy huérfana.

Julián advierte que la chica odia esa palabra, pero tampoco conoce otra. Podría responder que él también lo es, aunque esa historia ya la saben todos.

—Bueno, así me sentía en aquellos años. No tenía raíces a las que aferrarme, no había nadie para mí, y el vacío se volvió tan profundo que me llevó a hacer lo que sea para llenarlo…

—No te justifica… yo no soy como vos.

—¿No? —pregunta Julián mientras le clava la mirada. Ana puede sentir cómo el escritor abre puertas en su cabeza. Una a una, hasta que llega a la puerta del fondo. Forcejea con ambas manos, pero es inútil. Está cerrada incluso para ella.

—Basta, no hagas eso —le pide, casi en un gemido.

—Perdón… hoy todo esto —dice, señalando con el dedo los restos del ritual— fue demasiado para mí. Como si hubiera vuelto a consumir…

—Todo es una justificación para vos.

El escritor mueve los hombros, como diciendo yo qué sé. El silencio se instala entre ellos, espeso, incómodo. Entonces, un perro ladra a lo lejos: un ladrido solitario, preciso, casi un guiño para Julián, dándole permiso para romper el hielo.

—Al menos mis libros son buenos —dice, con una sonrisa cómplice.

Ana intenta contenerse, pero es inútil. La risa le brota de golpe, como si reventara una represa; una carcajada que condensa todas las emociones tragadas esa noche.

—Sos un hijo de puta —suelta, y sigue riendo, entregada por completo a la magia.

El escritor la observa con la sonrisa todavía en la cara, pero algo cambia en su mirada. No puede evitarlo. La magia es droga y él es un adicto en recuperación.

—Ya me voy —corta de la nada, y señala hacia el pasillo.

—Si querés… —empieza a decir la joven— podés quedarte a dormir acá. Digo… me sentiría más segura si te quedás —confiesa, con un rubor en la cara.

—No va a pasar nada más esta noche, tranquila. El ritual que hice tiene que alcanzar —y mencionar la palabra ritual le provoca un cosquilleo placentero en la zona baja

—Bueno, como vos quieras…

Julián camina hasta la puerta y, ni bien toca el picaporte, la imagen de Pablo mutilado lo ataca como un rayo repentino; se agarra la cabeza porque todo resuena adentro. Ana intenta sujetarlo, pero él le hace un gesto con el brazo extendido.

—Estoy bien, no te preocupes —tranquiliza el hombre con la voz quebrada. Ana se queda estática, con los brazos cruzados en mitad del pasillo. Mira la puerta y vuelve al escritor.

—¿Volvió? —quiere saber.

—No, es solo un mareo. Hacía mucho que no usaba… —se detiene; iba a decir magia, pero no puede mencionarla todavía—. No salgas. Dame la llave que yo abro y te la tiro por arriba de la reja.

—¿Por qué? —pregunta la chica.

—Porque así es mejor.

Ana vacila un instante, pero al final le entrega la llave sin decir palabra. Julián asiente, agradece en silencio y abre la puerta con cuidado.

Afuera, la noche lo recibe con un frío analgésico. Antes de cruzar el umbral, mira a ambos lados. Nada.

Cumple su palabra y lanza la llave por encima de la reja.

El camino hasta el auto se le hace magnético. Tiene las piernas entumecidas y la cabeza cargada de estática.

Se detiene frente a la puerta del auto y, por un instante, cree ver algo en el cielo con forma de espiral. Niega con la cabeza. No tiene tiempo para más fantasmas. Igual revisa el interior antes de abrir. Nada. Solo su reflejo en el vidrio, que le devuelve la cara de idiota.

No necesita mirar a la izquierda para saber que Torres está ahí, en su auto, estacionado a media cuadra. Lo sabe. Como también sabe que el inspector ya tiene su nombre en la lista número uno de sospechosos por el crimen de la camarera… y de Pablo.

El clic metálico de la puerta del auto resuena en la noche, y la estática en su cabeza se vuelve más ruidosa dentro del coche, casi insoportable.

Enciende la radio, desesperado, con la mano temblorosa, como un alcohólico sirviéndose un trago después de un segundo de abstinencia.

La voz de Tony Smith, ácida y cargada de flema, irrumpe con Mujer de acero, uno de sus primeros éxitos.

Julián se reclina en el asiento, dejando que la voz del cantante le devuelva la calma.

Entonces recuerda que Smith llevaba muerto hacía algún tiempo, y la canción lo arrastra por lugares extraños, pero al final sonríe.

—Parece que los fantasmas no quieren soltar esta noche —murmura, resignado.

Ana lo mira desde la ventana. Él se despide con un gesto de cabeza y pone el auto en marcha.

El trayecto hasta su casa es tranquilo. Las luces de afuera dibujan líneas diagonales que se derraman sobre el parabrisas. Julián se pierde en la melodía de Wolf Moon, de Type O Negative.

—Ven a lanzar tu embrujo sobre mí —canta Steele con su voz vampírica, y sin darse cuenta, Julián las repite, como si fuera un encantamiento escapado de su propia boca.

El caserón de Adrogué lo recibe con su silencio habitual. Ni bien entra, una extraña sensación le invade todos los sentidos.

—Baltazar —llama, y acompaña con un silbido breve.

Nada.

Mala señal. La saliva se le empasta en la boca. Recorre todos los rincones de la casa hasta llegar al jardín trasero.

Ahí lo encuentra: Baltazar, tendido en el pasto, inmóvil, con las patas estiradas hacia atrás y los ojos abiertos de par en par.

Un espasmo sacude a Julián. Se arrodilla junto al cuerpo del gato y le acaricia el lomo, frío y tieso.

—Baltazar… —susurra.

El aire en el jardín está pesado, igual que en la casa de Ana. Lo que mató al gato es lo mismo que lo atacó a él. Aun así, queda una chispa de esperanza: si no recuerda mal, a Baltazar todavía le quedan un par de vidas.

Sin perder tiempo, va a la cocina en busca de un cuchillo.

Revuelve el cajón; un estallido de ruidos metálicos se mezcla con su respiración agitada.

Encuentra lo que necesita y vuelve corriendo al jardín.

Se arrodilla junto al animal muerto y le abre el pecho desde el cuello hasta la ingle.

Extrae el corazón con cuidado, sintiendo su peso tibio y húmedo entre las manos; luego toma el hueso sacro.

Entierra el cuerpo en un pozo improvisado —la Fosa Mayor— a siete pasos del tronco que corona el jardín, y lo cubre con tierra consagrada. A tres pasos hacia el oriente cava otro pozo, la Fosa Menor, donde deposita las demás partes.

Está agotado, pero el tiempo apremia: si no realiza el ritual de Lázaro, el gato desaparecerá para siempre.

—Como si eso fuera posible… alabado sea el que volvió —murmura. Las palabras le suenan como el eco de otra vida.

Se apoya sobre la tierra fresca y alza la vista al cielo, que empieza a encapotarse. La visión de su antiguo auto, el Cadillac Eldorado, le irrumpe como un relámpago.

—Por mi Voluntad, el Espíritu no abandona la Tierra —declara. Sin vacilar, desliza el filo del cuchillo sobre su brazo derecho en tres cortes. La sangre corre caliente por la piel.