El Culto 9 . DICIEMBRE #3
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9 . DICIEMBRE #3

Antes de que el hombre pueda chillar del dolor, Julián le hunde el hacha en la cabeza. En sus ojos hay sorpresa. Recibió dos golpes mortales, y ni siquiera tuvo que hacer sonar los dedos.

La sangre le cubre la cara: todo es rojo, salvo esos ojos negros que parecen devorarlo desde adentro.

—¿Qué hiciste…? —alcanza a decir, tanteando a ciegas mientras la oscuridad lo va tragando, y trozos de carne se desprenden de su entrepierna.

La cara de Melvin se contrae en una mueca que ya no es humana.

Las órbitas, negras y voraces, empiezan a succionar la piel: devoran primero los párpados, después las mejillas, como si dos bocas invisibles se alimentaran desde adentro.

La carne se despega en tiras húmedas y temblorosas, y lo que queda es un cráneo aún vivo, palpitante, al que el resto del cuerpo intenta seguir.

Se está devorando a sí mismo, arrastrado hacia el hueco donde alguna vez hubo ojos.

Babalon empieza a replegarse como una flor invertida, un capullo que vuelve a cerrarse después de un nacimiento maldito. Los maldice a todos por haberla invocado, por haber osado perturbar su sueño. El Culto es consumido por sus propios deseos.

Miles de moscas emergen del aire viciado y envuelven los cuerpos en un abrazo negro, zumbante, que los deshace hasta volverlos huesos. Julián observa, paralizado, cómo los insectos alzan pedazos de carne hacia un cielo que empieza a cerrarse como una herida.

En medio del caos, Sophia lo mira. Sus ojos están llenos de un miedo animal, puro, sin lenguaje. Se abraza a sí misma. Ya sabe lo que viene. Su figura se deshace en un espiral refulgente que la reduce a carne y huesos bañados de un rojo vivo.

Babalon rodea los restos de la joven con sus brazos, la aprieta contra su seno, y lo que queda de la chica se retuerce y lanza un alarido que quiebra el aire.

De la boca en el techo, fuego emerge quemando todo a su paso.

Julián sabe que es momento de irse. Corre. Corre con los pies desnudos, llenos de cortes y sangre seca.

Escapa… sin pagar la cuenta.

Tropieza, resbala, se estrella contra las paredes. El túnel se cierra detrás de él como un esófago caliente. El suelo arde. El aire quema. Algo lo sigue. Algo que respira detrás de su nuca.

Una lengua de fuego lo roza. Julián grita. Sigue corriendo. Siente cómo se le quiebran los huesos, pero no se detiene. No puede detenerse. Tiene que llegar a la salida, a la boca de la Madriguera.

Una explosión de lamentos lo deja sordo. Y entonces, por un instante, la luz de la luna lo alcanza. Está cerca.

Se arroja con las piernas y los brazos extendidos. El exterior lo recibe: cae de lleno, levanta polvo y rueda cuesta abajo, porque sabe que la explosión todavía puede alcanzarlo.

Algo lo detiene con un golpe: una piedra. Sabe que está fuera de peligro; respira, vomita, tose y vuelve a vomitar.

El viento nocturno le acaricia la cara como una bendición.

Detrás, la Madriguera colapsa. Una explosión púrpura estalla desde el corazón de la tierra y la grieta se cierra como una cicatriz ardiente, dejando un cráter en la tierra… y en el alma de Julián.

Luego, el silencio.

Después, solo su respiración y el desierto de Sonora.

Se mira las manos como si no fueran suyas.

Los dedos se mueven solos, escribiendo sobre un teclado invisible.

El aire le cuenta una historia que se transforma en novela.

Su primer best seller. El éxito está asegurado: abrió el portal.

Él la trajo. Pero… no. Se prohíbe pensar en peros que terminen en deudas no saldadas.

Mira el auto, estacionado al borde del camino.

Avanza hacia el Cadillac con pasos lentos. Caminar volverá a ser caminar, con tiempo. Es joven. Las heridas se cierran. Y la magia del desierto todavía respira. El remordimiento, casi no.

¿Qué hizo? ¿Qué era el Culto?

Revisa el bolso en el asiento trasero.

Se mira en el espejo, asiente y enciende el motor.

Vende el Cadillac por un puñado de dólares. Alcanza para el pasaje de avión

Argentina lo recibe con hambre, pero con esperanzas. Pablo lo espera en Ezeiza con un abrazo de esos que sobreviven a los años.

En el departamento de Palermo Soho, Julián se encierra en la habitación que Pablo le presta y corrige el manuscrito.

En dos días lo termina.

Se lo muestra a Pablo, y queda fascinado; conoce a alguien a quien podría interesarle. Julián acepta. Sabe hacia dónde va todo esto.

El manuscrito cae en manos de un empresario amigo del padre de Pablo, con acciones en una editorial extranjera. Esa noche, el empresario no duerme: el texto lo devora.

A la mañana siguiente, llaman a Pablo. Un representante de la editorial quiere el libro. Julián escucha y sonríe a la nada.

El asesino del hacha arrasa en ventas durante su primera semana en librerías.

La editorial imprime más copias de urgencia. Le ofrecen un contrato millonario por tres novelas más. Julián firma mientras Pablo lo mira, con esos apretones de mano que ya son ritual.

A partir de ese momento, la pobreza pasa a ser un sustantivo, nada más.

El prestigio lo corona.

El éxito respira por él.

¿Y el amor?

El amor es la sombra que decide no seguirlo.