El Culto 9 . DICIEMBRE #2
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9 . DICIEMBRE #2

—Mató a uno de los nuestros. Debemos castigarlo primero —interrumpe el adepto celoso. Melvin lo observa con los ojos en llamas y le quita la piel con un movimiento rápido de su mano.

El cuerpo cae de rodillas, convulsionando, convertido en un músculo vivo, palpitante. La piel, aún entera, cae al suelo con un sonido húmedo, como una túnica deshecha. No hay gritos. Solo un jadeo corto y final. Los demás inclinan la cabeza en señal de aprobación o temor. Es imposible saberlo.

—Nadie se atreva a tocarlo, porque él es mi discípulo más amado —advierte, y la voz de Melvin retumba en las paredes como una vibración mineral.

—Pensé que me odiabas… —Pero Melvin no responde. Solo sonríe con esa sonrisa que el chico odia, mostrando el diente que no es suyo ni de nadie.

Se mueve con el permiso de su maestro. Da un paso atrás, pero no hay atrás. El túnel ha desaparecido. No hay salida. Solo el altar y Sophia derramando sangre desde algún lugar de su cuerpo.

La chica abre los ojos. Lentos. Cansados. Lo mira.

—Perdóname —susurra, y su voz apenas logra cruzar el aire denso que los separa. Moverse parece una eternidad.

Avanza mientras se quita la ropa sin importarle el resto. Melvin oculta el rostro con su mano diestra.

Julián sube al altar y se ubica sobre Sophia. La examina con la mirada: desde la pelvis hasta el palpitante cuello, de donde emana la sangre. Tiene una pequeña laceración; no parece profunda, pero sangra bastante.

—Estoy dispuesta…

—¿Sí? —Ella asiente. El cuerpo de la joven se le antoja como nunca antes. Entonces, la magia antigua comienza.

Sophia suelta un suave suspiro, la boca le tiembla y sus labios dibujan una mueca que a Julian lo eleva a dimensiones que no conocía. La calidez se siente como nunca, y quizás eso también sea el amor…

—El amor es dejar el amor de lado —susurra Sophia, como si supiera lo que hay en la cabeza del chico.

La piedra del altar vibra. Las paredes respiran. Desde el fondo de la Madriguera, una fisura se abre y trepa por la roca hasta el techo, justo sobre Julián y Sophia.

De la grieta nace una boca oscura, profunda. Algo susurra desde allí: un sonido grave, femenino, imposible.

Un nombre sin forma, sin idioma, que Julián reconoce sin escucharlo: Babalon.

La atmósfera vira al rojo, luego al púrpura y por último al negro. Del techo cae un líquido espeso. Las antorchas crepitan sin fuego, una combustión muda que devora el aire.

El Culto se agrupa alrededor de la piedra, donde los cuerpos desnudos se funden en una fiebre sexual. Un murmullo rasposo se arrastra entre ellos, creciendo como un susurro vivo.

“Y creo en una Tierra Madre de todos,

en un Útero primordial donde todos los hombres son engendrados.

Misterio de misterios…

su nombre es…”

—Babalon —completa Sophia, y gime torciendo la boca y poniendo los ojos blancos.

Julián intenta moverse, pero su cuerpo ya no le responde. Sophia lo ha sellado, fundido a ella, y entonces ocurre: su semilla se desborda, como si algo en su interior se rompiera para siempre.

Un ardor nace en el centro del pecho y trepa rugiendo hasta la frente; lo quema, lo devora. Él paga el precio… y, aun así, cada fibra grita: ¿por qué se siente morir?

Sophia está lejos, perdida en aquello que solo ella ve moverse detrás del chico. Le rodea la nuca con los brazos y, en ese instante, lo percibe: el techo se abre como una herida.

De la grieta surge ella, envuelta en un manto oscuro tan denso que la presión sobre sus cuerpos se vuelve insoportable.

Asoma una cabeza de ojos amarillos, y de algo parecido a una boca brota un rugido invertido, como si el universo se vomitara a sí mismo desde adentro.

La sombra desciende. Gigante. Femenina. Innombrable. Repta por la piedra, cubriéndolo todo de negro.

Babalon.

Julián grita porque mirarla a los ojos es viajar a millones de kilómetros por hora. Grita hasta abrirse los labios, pero no sale ni un sonido. Sus manos se crispan. Quiere huir, pero su cuerpo ya no existe: se derrite, se vuelve barro.

Los iniciados gimen. Algunos se arrancan los ojos para ver con el alma. Se dejan caer, se arrastran como larvas hipnotizadas.

Los dedos de Sophia —manos y pies— se estiran, convulsionando como si una descarga le recorriera cada nervio.

De su ombligo brota una raíz negra, retorcida, que gotea un líquido espeso y púrpura, mezcla de sangre coagulada y alquitrán.

Su abdomen se inflama, se distorsiona: un enjambre invisible se agita bajo la piel, estirándola hasta el límite, y unas venas negras se expanden sobre su cuerpo como tatuajes vivos.

El olor a putrefacción invade el aire y Julián siente un vómito amargo treparle por la garganta. Está atrapado en ese espectáculo de corrupción viviente.

Las voces en su cabeza se funden en una sola, pero esa única voz es miles, superpuestas, quebradas, imposibles.

Y justo cuando el caos lo engulle, algo distinto se abre paso: un eco lejano, desesperado. Fontaine.

La mujer le habla a sus oídos invisibles, forzando su voz entre la estática. Julián la entiende igual, como si la frase se grabara en su hueso frontal:

El pago es tu muerte…

Se estremece porque ese no era el trato. Y el saber que lo engañaron le duele más que el engaño.

Busca a Melvin con la mirada intentando confirmarlo, y al verle la expresión en el rostro, el halo oscuro que recubre al hombre, puede ver cómo la mentira pudre el aire con su mierda.

Y entonces el chico se arranca del altar y siente que la piel se le desgarra.

—¡¡NOOOO!! —grita Melvin, y el grito se vuelve un rugido que brota de mil gargantas a la vez, reverberando como un eco de muerte que lo cubre todo.

Sophia también grita: aguda, afilada, un sonido que le rasga las entrañas. Entonces Babalon se revela tal cual es: un animal negro, refulgente en oscuridad. Una oscuridad viscosa, brillante en trémula podredumbre.

Julián no sabe si está dentro o fuera de sí. Todo es un estallido: un reflujo mental, una tormenta de imágenes que no le pertenecen pero lo habitan; carne desollada, ojos sin párpados, un grito mudo que le quema la garganta.

Solo sabe una cosa: debe poner un punto final.

Sophia se agita de rodillas sobre el mármol. Se rodea el vientre abultado y sostiene con ambas manos lo que le sale del ombligo, mientras Melvin la cubre con su cuerpo y el resto de los iniciados claman ciegos, sordos y revolcados en su propio estiércol, porque la iluminación es perder los sentidos.

—¡YO DEBÍA SER! —exclama Melvin, con los ojos blancos y lleno de cólera—. ¡YO DEBÍA SER! —y las venas le estallan alrededor del cuello.

Julián arrastra el hacha y siente que el rostro se le derrite por la energía densa del centro, donde las consecuencias del ritual frustrado laten en su punto más alto. Los brazos tiran del arma, las piernas de su cuerpo.

Se abre paso entre los iniciados y llega hasta la piedra, donde Melvin le da la espalda. Y ahí, sin pensar, sin sentir, Julián lo castra. El miembro de Melvin cae al suelo con un sonido blando, como una lengua de vaca golpeando la mesa de un carnicero.