9 . DICIEMBRE
El contador de velocidad supera los ciento cincuenta kilómetros por hora. Las luces del exterior son meras líneas que rasgan la noche, como cuchilladas en un telón oscuro. Julián tiene los ojos inyectados en sangre, redondos y brillantes como los faros del Cadillac.
La imagen de Madame Fontaine lo persigue todo el camino. Su cuerpo expuesto. La mueca congelada en el rostro sin ojos.
Los ojos. Los ojos en…
Un ladrillo invisible le hunde el pie hasta el fondo del acelerador.
Ciento sesenta kilómetros por hora, ciento setenta… no hay límite de velocidad posible.
A los ciento ochenta, el auto tiembla como un animal asustado. Y, aun así, Julián no cede. Aunque quisiera, no puede hacerlo.
Los ojos. Los ojos en…
El desierto se deshace a medida que lo atraviesa, como si solo fuera un decorado en llamas que arde hasta volverse cenizas.
Nada importa más que llegar a la Madriguera.
El humo comienza a elevarse fuera del capot, pero Julián sabe que, si titubea, no podrá atravesar el umbral mágico que lo separa de la realidad.
Aunque el auto estalle en mil pedazos, no puede bajar la velocidad.
No se le ocurre otra manera de quebrar la barrera vibratoria, la magia con la que Melvin protege a la Madriguera: el campo de fuerza, y todas esas mierdas.
El aire se convierte en un muro invisible que lo aplasta contra el asiento, que amenaza con desgarrarlo. La ruta gira sobre sí misma, como un bucle sin salida, como un…
—Espiral —murmura, y se prepara para atravesarlo.
Dicen que todo es energía. Julián Amaya está a punto de comprobarlo.
El espiral se repliega en su propio centro, tragándose el auto y el desierto. Al principio es como cruzar una pared líquida, pero después todo se vuelve lumínico y cegador, como si estuviera adentro de un relámpago.
El Cadillac se mueve, pero ya no avanza. Vibra, se descompone en imágenes dobles superpuestas: Julián al volante. Melvin al volante. Julián con la boca abierta. Melvin con la boca abierta. Julián gritando. Melvin gritando. Ya no sabe quién grita.
La misma cara. Fundidas. Intercambiándose. Y las luces son tan cegadoras que le impiden ver el camino. A pesar de todo, no suelta el volante, tampoco baja la velocidad.
La sombra del búfalo lo acompaña en el asiento trasero. Le clava la mirada como sabiendo lo que él ahora sabe.
Uno, mil, mil millones de búfalos sobre luces rojas.
La sombra siendo la sombra.
Entonces, un zumbido de baja intensidad le hace vibrar los dientes.
Las luces del tablero se funden con las de su mente.
No sabe si el resplandor viene de afuera o de adentro.
No tiene tiempo de pensar. Por un instante, suelta el volante, porque la presión en su pecho le corta la respiración.
Y, en un segundo que parece horas, logra atravesar el espiral.
La chapa del auto rechina y saca chispas al chocar contra el asfalto, pero el motor sigue rugiendo, y Julián vuelve a tomar el volante, encaminando la dirección.
Por la ventanilla alcanza a ver a Wuke danzando. Sus pies golpean la tierra como tambores sagrados.
—¡Nisitohtam! —grita—. ¡Nisitohtam! —y enfurece al trueno. Su silueta se pierde en la distancia negra.
Julián lo sigue con la mirada hasta donde puede. Estira el cuello por la ventanilla, pero verlo ya es imposible. El nativo americano es apenas un susurro en el aire.
Está llegando al final del camino; lo sabe porque el auto entra en una curva imposible, una que no aparece en ningún mapa. El tiempo se pliega sobre sí mismo, pero eso no puede ser: el tiempo no es real. Es otra mentira del Cubo.
Todo se vuelve una imagen final. Una carretera negra, infinita, bajo la noche sin estrellas.
Frena con un chillido. Adentro del auto todo es violento, y el cinturón lo salva de atravesar el parabrisas.
Julián abre los ojos. sus puños cerrados sobre el volante, los nudillos blancos, y levanta la mirada: en la noche, la entrada a la Madriguera arde con la luz de mil infiernos sobre la sabana oscura del cielo.
Sabe que lo esperan. Asiente y abre la puerta del auto. Antes de salir, toma el hacha: el único símbolo que tolera y cree cierto.
La tierra se hunde bajo sus suelas. Un nudo le oprime la garganta.
No es miedo: es furia. Furia primitiva, vieja como antes de existir el mundo, que lo envuelve y lo empuja.
Un espiral que fluye, fluye y nunca deja de fluir.
Se alimenta de ella. Aprieta el mango del hacha y se aleja del Cadillac.
El auto rojo queda atrás, un artefacto, un fragmento de una vida que se desvanece.
Miles de sapos y búfalos atraviesan su camino como advertencia. Huyen de las nubes de tormenta y, sobre sus lomos —cientos de miles—, todo es mal presagio.
Pero a Julián no le importa. El momento de seguir señales quedó atrás, perdido hace mil millones de kilómetros.
Ahora es ahora.
El Seré quien Seré está al mando.
El nigredo se vuelve rubedo en un pestañeo.
La mierda es oro y la montaña sagrada.
Todo junto, moviéndose a la vez, como lombrices en el barro, dejando caos y vacío sobre la faz de la tierra.
Atravesar la boca de la Madriguera le eriza la piel, pero también le provoca placer.
Está adentro y sabe que podría ser su final.
Melvin ha llegado demasiado lejos. Debe pagar.
¿En verdad debe hacerlo? Pensarlo lo confunde.
Y no necesita eso. La confusión es estática. La estática es tierra de Melvin.
Se mueve de memoria por los pasillos oscuros. La luna se cuela por alguna hendidura, pero no alcanza. Ninguna luz puede iluminar ese lugar. Es como caminar dentro de uno mismo por primera vez: un territorio hecho solo de sombras.
Escucha voces que repiten un canto como si fuera un mantra.
Atraviesa el arco de los dos pilares que lo sumerge de lleno al interior de la cueva donde el Culto aguarda, inmóvil, adherido a la piedra como hongos humanos.
No pronuncian palabra. Sus ojos negros lo perforan con un vacío absoluto. Y la furia lo consume, porque en esa imagen late el recuerdo del rostro mutilado de Fontaine.
Sigue avanzando, rodea el hacha con ambas manos.
Los invita a detenerlo, y uno de ellos acepta.
Claro que acepta. Salta desde su escondite directo al joven, y este lo recibe con una sonrisa de oreja a oreja.
Abanica el hacha, y el filo se clava en el centro del cráneo con un crujido brutal, un eco que retumba en la roca y en la mente de todos los presentes.
La víctima cae de rodillas y mira con ojos bien abiertos a su asesino, casi de forma reverencial. Julián arranca el hacha y la sangre le surca el rostro. Tibia y llena de vida. Otra vez la máscara roja, algo con lo que se siente cómodo.
Un chasquido de dedos y los demás se dispersan. Cree ver a Melvin riendo en su cabeza, detrás de sus ojos. Y sin titubear, se adentra a la recámara donde Tuvia solía hablar del cosmos y la materia gris, y percibe que algo ha cambiado, no es como la recuerda.
En el centro hay una mesa de mármol, vieja y agrietada, manchada de fluidos que ya no se pueden identificar.
Y sobre él… Sophia.
Desnuda —siempre desnuda y afiebrada—, y atada.
El cuerpo extendido, ofrecido como un sacrificio antiguo. Sobre su pecho, un símbolo: círculos, cuadrados y triángulos trazados con lo que parece ser sangre.
Cruzan miradas. Ella parece avergonzada. Él siente que las manos se le aflojan alrededor del hacha.
—Me encantó cómo atravesaste el campo de fuerza —dice Melvin, saliendo de la oscuridad.
El hombre sonríe sin mover los labios, y Julián siente que se vuelve loco. La furia burbujea en su cabeza, quemándole el cerebro.
El estómago se le contrae, como si una mano invisible le apretara las vísceras, haciendo que el hacha le tiemble en las manos.
Quiere sostenerla, pero sus dedos se aflojan, como si alguien más los moviera por él.
Melvin lleva la mano diestra al costado del rostro, tensa los dedos…
y snap. Un chasquido seco rompe el aire.
, y la cabeza del chico se llena de aleteos.
—¡La puta madre! —grita porque el hacha cae al suelo con un golpe seco, muerto, como si fuera la última palabra de una pelea que está perdiendo.
Se mantiene de pie, con la mandíbula apretada, los puños cerrados al costado del cuerpo, respirando hondo, como si con cada inhalación intentara tragar la furia que le hierve por dentro.
Melvin lo rodea sin tocarlo, pero Julián siente la presión, como si la cueva se cerrara sobre él.
¿Por qué mataste a Fontaine?, quiere preguntar, pero las palabras se atoran en su garganta.
—La maté para que te vieras por dentro, como ella ahora —responde Melvin.
—¡No te quiero en mi cabeza! —grita, desesperado.
—Siempre estoy en tu cabeza.
—Y-yo… —las fuerzas comienzan a abandonarlo.
—Cuando llegaste aquí me suplicaste que te dejara ser miembro. Tenías una mirada que odié al primer instante, como si el mundo fuera tuyo… tuve que domarte; quebrarte de a poco.
—Fue Tuvia el que me aceptó… —recuerda Julián, pero se da cuenta de que debe forzar demasiado la memoria.
—¿En serio? —pregunta con ironía, y ahora Julián ya no sabe, no entiende, no cree en nada.
—¿Por qué me aceptaste? —dice, resignado. Baja la mirada hacia el hacha, pero está débil. Demasiado.
—Porque las voces me dijeron que eras el elegido.
Julián mira de reojo a Sophia. Su cuerpo desnudo brilla bajo la luz de las velas.
—Ella está lista… —dice Melvin.
Y entonces, de entre las sombras, los iniciados comienzan a acercarse. Uno por uno. Lentos. Silenciosos.
Melvin sonríe y Julián entiende que no vino por propia voluntad. Fue atraído al ritual, cayó en la vieja trampa del mundo.
—Yo soy el Culto, Julian —confiesa Melvin.
Algo se vuelve —siente— inevitable. El chico mira alrededor. Todo es muerte, desnudez; está cansado. Quizás el amor es eso: sentirse como si todo fuera mucho más grande de lo que en realidad es, que uno es tan pequeño ante el sufrimiento ajeno, que debe entregarse en cuerpo y alma.
—¿Ella morirá? —señala a Sophia con la cabeza.
—No.
Melvin se para frente a él y lo sostiene por los hombros. A Julian no le alcanza con estirar el cuello, porque el hombre parece infinito.
—Ve y abraza tu destino —invita, mientras extiende su brazo en dirección a Sophia.