El Culto 8 . TERCIOPELO AZUL #3
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8 . TERCIOPELO AZUL #3

No sabe si está despierto o si Sophia lo dejó atrapado en un laberinto sin salida.

Se cubre los ojos con ambas manos, apenas respira. El blues vuelve a sonar, pero ya no es un blues: es algo viscoso, lleno de lamentos y disonancias, como un disco rayado que suplica.

—Sophia —vuelve a decir.

Pero no hay voz que conteste.

Solo el viento.

O lo que él cree que es viento.

Levanta la cabeza. No hay huellas. No hay rastro. Solo desierto.

Y por un momento —un segundo eterno— duda de todo. Del auto. De Sophia. De sí mismo.

La radio en el auto al fin se apaga y el silencio del desierto parece definitivo. Intenta incorporarse, con la vista aún nublada por las luces del Cadillac, cuando un sonido rasga la noche.

No es un coyote. No es el viento.

Es un grito.

Agudo, quebrado, humano.

Pero no es Sophia.

Él lo sabe con certeza, como si una parte antigua de sí mismo lo reconociera.

—Fontaine… —susurra, sin entender cómo ese nombre llega a sus labios.

El grito vuelve. Esta vez más cerca. Más nítido. Parece venir de abajo, desde las entrañas de la tierra.

Un alarido lleno de horror y revelación. Como si alguien estuviera presenciando algo que ningún ojo humano debería ver.

El aire se vuelve más espeso. Julián se lleva las manos a los oídos, pero el grito sigue. No es físico. Es una frecuencia. Una herida en el tiempo que sangra directamente dentro de su mente.

Y entonces, algo cambia.

La arena se ondula. Se abre como un párpado. En el horizonte aparece una silueta: una figura femenina envuelta en telas oscuras, demasiado quieta para estar viva, demasiado definida para ser una alucinación. ¿La Guardiana del abismo, quizás?

Julián se incorpora de un salto, con las rodillas cubiertas de tierra, y vuelve al auto. El grito persiste en su mente como un eco grabado a fuego. Sabe que no es una alucinación, es Madame Fontaine y está en peligro.

Gira la llave. El motor ruge. Acelera sin mirar atrás y Hellraiser de Ozzy suena por los parlantes a todo volumen.

El desierto pasa como una pesadilla en negativo: señales borrosas, figuras fugaces entre los matorrales, luces que no deberían estar ahí, pero están.

No desacelera. Ozzy se distorsiona por los parlantes, hasta que se corta por completo.

Ahora solo queda el zumbido del motor, la vibración de los neumáticos y una urgencia que le nace desde el estómago, como un presentimiento ancestral.

Entra a la ciudad por la I-5. Las calles están vacías. Demasiado vacías. Ni una luz encendida. Ni una radio. Nada.

Frena de golpe frente a Mystic Soul.

La puerta está forzada.

La cerradura cuelga destrozada y hay marcas en la madera, como garras o cuchillas. Entra al local con ríos de lava ardiente subiéndole por la garganta: oscuridad total.

Solo el titilar débil de una vela en el altar del fondo da forma al interior. Huele a incienso viejo, a hierro, a carne quemada.

Avanza despacio, los pasos amortiguados por las alfombras. Siente que algo lo observa desde los rincones, pero no hay movimiento. No hay ruido. Solo una figura.

Una silueta en el centro del local.

Se acerca.

Y la ve.

Julián se detiene a medio paso. El cuerpo de Madame Fontaine está frente a la mesa de lectura de Tarot.

La vela, única fuente de luz, tiembla apenas y lanza sombras que bailan por las paredes.

La mujer esta desnuda y con las piernas abiertas, dispuestas como una figura ceremonial. Una diosa rota. Un sacrificio.

No hay rastro de vida.

El rostro ha sido profanado: le han arrancado los ojos. No hay sangre, solo una sequedad extraña en los párpados hundidos.

Julián no puede moverse. Pero su mirada desciende —inevitablemente— hacia la intimidad de Fontaine.

No necesita revisar. No necesita tocar. Sabe que los ojos están allí. Ocultos en el interior de la mujer. Insertados como si quisieran mirar desde adentro, como si quisieran ver hacia el origen.

El olor es más fuerte ahora: incienso, óxido, un dejo de leche agria. El lugar fue maldecido.

Julián retrocede, presa de un temblor que no es solo físico. Algo más se ha liberado en ese lugar. Algo antiguo, anterior al lenguaje.

El espejo del fondo, cubierto por una tela negra, vibra. Muy levemente. Como si una corriente lo recorriera.

Y la vela, sin previo aviso, se apaga.

Un ruido detrás. Como algo que se arrastra.

Gira, pero no ve nada.

En el suelo, entre un charco oscuro de sangre seca, algo llama su atención. Una carta del tarot, tirada boca arriba. El Péndulo. La misma carta que El topo sacó para él.

Sube las escaleras con cuidado, evitando tocar nada. El silencio aplasta cada paso, como si el aire mismo se negara a moverse.

En la habitación superior, empaca las pocas cosas que le quedan. No hay rastros del gato ni del amuleto, que dejó de usar hace algún tiempo. Es posible que se haya evaporado de este plano, igual que su dueña.

Antes de irse para siempre, se detiene en la puerta, voltea una última vez y, con un gesto leve de cabeza, le agradece a Madame Fontaine, que ya no puede responder.

Sabe que no hay vuelta atrás.

Es diciembre de 1999, y Julián entiende que solo hay un camino: destruir al Culto.