El Culto 8 . TERCIOPELO AZUL #2
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8 . TERCIOPELO AZUL #2

—Perdón… —pero el chico no responde, ni siquiera la mira. Una parte de él todavía se esfuerza por quererla. ¿Desde cuándo?

El silencio se extiende como una tela fina mientras el sol se esconde detrás de las montañas.

El cielo toma un tono violeta oscuro y en la distancia, algo desconocido aúlla.

Julián enciende un cigarrillo con una chispa breve.

Fuma en silencio, con la mirada fija en el horizonte, donde las dunas se apagan y las sombras comienzan a alargarse, y volverse frías.

El motor ronronea bajo, casi respetuoso, como si supiera que cualquier sonido brusco pueda romper ese momento frágil. No mira a Sophia. En cambio, da vueltas sobre las palabras de la chica, como si no hubiera otra ruta posible más que morderse la cola.

La noche cae. El desierto muta. Las rocas parecen figuras sentadas a la espera de algo. Los cactus se doblan como manos deformes. El cielo se llena de estrellas que no iluminan: solo titilan, indiferentes, como si lo de abajo fueran simples copias defectuosas.

Julián inhala, siente el humo descender como si también buscara un lugar donde quedarse.

Afuera, el desierto ya no parece un lugar.

Es otra cosa. Un umbral. Un espejo. Algo que respira.

Un puto campo de fuerza que lo contiene todo, y que puede matar al mínimo intento de atacarlo.

Siente a Melvin en todo, y lejos de tener miedo, se enoja. Se vuelve colérico.

—¿Sigues ahí? —pregunta a la chica.

—Sí —responde Sophia, con un tono bajo, como si hablara desde lejos. Desde otra dimensión.

Su voz ya no es la misma. Suena igual que a cuando salieron de la Madriguera. Hay algo nuevo en ella. O algo antiguo que apenas ahora está saliendo a la superficie.

El cigarrillo se consume solo entre sus dedos. La brasa parpadea con violencia, como si alguien soplara desde adentro. Julián ya no está seguro de cuánto tiempo pasó desde la última palabra.

Sophia parece congelada. Mira al frente sin parpadear. Su rostro se ha vaciado de gesto, como una foto mal impresa. Julián se gira apenas, tenso.

—¿Estás bien? —pregunta, corriendo la vista del camino.

Ella no responde, pero sonríe. Una sonrisa tenue, artificial, como pintada sobre una máscara.

Entonces la radio enloquece y sintoniza una estación cualquiera: publicidades locales, algo de jazz instrumental.

Pero de pronto, la señal se interrumpe como si alguien desenchufara el mundo, y el auto se detiene de golpe en medio de la nada.

Silencio y miradas nerviosas, hasta que el parlante escupe un blues áspero, sucio, con una guitarra que parece desafinar a propósito y una voz arrastrada que canta desde lo más profundo de una tumba sin nombre.

Una letra apenas comprensible. Algo sobre una casa sin puertas. Sobre un hombre que se pierde en sus propios sueños.

Entonces, una segunda voz se mete. No canta. Habla.

—…el Cubo no es un objeto… es un cuerpo vivo… tejido con errores, repeticiones, memorias rotas…

Julián gira la perilla del volumen. Nada. No responde. Sube, baja, se apaga y vuelve por su cuenta. El blues sigue ahí, arrastrándose por los parlantes, pero ahora esa voz —seca, firme, de otro plano— lo invade todo. Como si la radio hubiera captado una transmisión perdida en el tiempo.

—…cada cerradura es una trampa mental… el Cubo tiene alma… el Cubo es todo lados…

Julián reconoce la voz: Melvin.

Mira a Sophia. Está pálida. Como si la voz la estuviera drenando. Los ojos cerrados. Los labios entreabiertos, murmurando algo inaudible. El desierto afuera se tiñe de un azul oscuro e irreal. Las dunas se estiran, los cerros tiemblan levemente.

Gira la llave buscando hacer arrancar el auto… nada. El motor no responde.

Entonces Sophia salta de su asiento y se coloca encima del joven, presionando sus pechos contra el rostro de Julián. Tiene la mirada clavada en algo invisible que observa desde afuera.

—…el Cubo no tiene centro… —dice Melvin, ahora justo detrás de él.

Julián se da vuelta bruscamente, pero el asiento trasero está vacío.

Sophia le rodea el cuello, y comienza a besarlo con tanta vitalidad que Julián cede poco a poco, como cayendo en el embrujo sexual que la chica propone, y comienza a besarla él también.

Se entrega y la magia ocurre entre los dos.

Sophia se mueve con hambre, con las uñas clavadas en el pecho de Julián, arrastrándole la piel mientras él le muerde por debajo de la remera hecha un trapo.

Sus manos se buscan, se pierden, se tocan sin freno.

La música les marca el ritmo como una lengua sucia que los embiste, los hace chocar, gemir, gruñir.

Se invaden, hasta que el blues se acelera, les aprieta el pecho, les explota en la cabeza.

Y entonces, el final los embiste como un estallido que son todas las voces del mundo antes y después de ellos.

El último acorde de guitarra se apaga. Y ahí quedan, desparramados, con el eco del blues humedeciéndoles los huesos.

Julián parpadea; el sudor le arde en los ojos, le cuesta volver en sí.

La piel todavía le tiembla, como si Sophia siguiera cabalgándolo en otra dimensión.

Pero ya no está. La chica no está. Abre los ojos de golpe, tantea el vacío, palpa el asiento caliente; las marcas de uñas en su pecho le laten, pero el cuerpo de ella se ha desvanecido.

Como si la hubieran arrancado de un sueño.

—Sophia… —murmura, pero la voz le sale ronca, perdida.

El silencio es espeso. Solo queda el olor a sexo flotando, como un resto animal.

Mira alrededor, aturdido, esperando verla en cualquier rincón del auto, pero no hay nadie.

Solo él, empapado, con el corazón retumbándole en la cabeza.

Busca la manija de la puerta, sale tambaleando, con la respiración entrecortada.

Afuera, la noche sigue, impasible, como si nada hubiera pasado. Como si Sophia nunca hubiese existido.

Corre unos metros en la oscuridad, llamándola con una voz que ya no le pertenece. La arena le traga los tobillos.

Cae de rodillas.

El motor del Cadillac arranca de golpe. Las luces encendidas del automóvil lo encandilan. Se siente pequeño frente a esa figura gigante del auto detenido en la nada. La carrocería vibra como si respirara.

Un susurro raspa el aire, más allá del ruido de sus propios pulmones. Julián traga saliva, paralizado.