8 . TERCIOPELO AZUL
Algunas entradas de luz de la Madriguera están tapiadas, pero aun así, el sol se filtra a través de las hendiduras de las maderas, como si se esforzara por alcanzar a Julián… de rescatarlo.
El olor a humedad ha colmado el interior. No sabe por qué pero se siente extraño. No… esa no es la palabra. Lúcido. Sí… lúcido. Y eso ya es demasiado.
En los últimos tiempos —fueran días, meses o años— le parece un sueño. Uno malo, sin dudas; de esos que, al despertar, dejan la boca pastosa. Quizás se deba al trabajo de Madame Fontaine, que no dejó de obrar sobre él desde la noche en que se desvaneció en el local.
Melvin les habla del Cubo y de lo estrecha que se siente el alma ahí adentro, y les revela el propósito de que así sea.
Sophia está sentada junto a Melvin. Apoya la mano en la rodilla del maestro, y Julián endurece la mirada, pero no reacciona.
Eso no debería pasar. Melvin desaprueba los celos, pero a la vez los provoca. Manipula, inflama los pensamientos del chico porque lo necesita idiota; frágil y enamorado.
Y entonces decide usar un poco de su magia para que la balanza vuelva a inclinarse a su favor.
Para eso, nada mejor que la mano invisible —la que se mueve fuera de su cuerpo—, pero esta vez no habrá mariposas. No. Solo un poco de dolor.
Unos dedos largos se deslizan por el éter y rodean el corazón de Julián. Lo aprietan. Primero un cosquilleo; después, un dolor agudo que le dobla el cuerpo. Julián se agarra el pecho, tiembla, y el calambre se le derrama por las costillas hasta dejarlo rígido.
Entonces grita. Grita como si algo adentro suyo se partiera.
Nadie interviene.
Nadie siquiera pestañea.
Melvin mira a Sophia porque espera que ella reaccione. Que corra. Que lo toque. Que haga algo. Pero la chica permanece inmóvil, perdida en esa niebla mental donde él mismo la dejó.
Qué decepción. Siempre tiene que encargarse de todo.
Con un gesto apenas perceptible, extiende también hacia ella la misma mano invisible, empujándola a acercarse, a moverse, a sentir lo que él decide que sienta.
Ella se acerca con una mirada que no se corresponde con su movimiento. Aun así, Julián la acepta: en medio del dolor, es todo lo que tiene. Todo lo que le queda.
La chica se arrodilla junto a él porque Julián no puede enderezarse; el dolor le trepa por el pecho. Le levanta la cabeza y la apoya en sus piernas. El contacto es torpe, casi automático.
Melvin afloja de a poco la presión alrededor del corazón del chico, y el jadeo feroz se convierte en una respiración calma.
La quijada se le afloja, igual que el resto del cuerpo.
Por un instante cree haberse orinado —el olor agrio lo confunde—, pero enseguida entiende que es la chica la que huele rancio.
La atmósfera se vuelve densa, pesada como un vapor que no se puede respirar. Esa presión los envuelve y los obliga a moverse: si no salen de la cueva ya, van a quedar atrapados en esa densidad que Melvin soltó sobre ellos.
Julián nota que la túnica del hombre no está tan pulcra como siempre. Por un segundo cree ver sangre seca en el muslo. Pero Melvin ya ha girado hacia la oscuridad de la cueva, y no puede asegurarlo. Tal vez fue una sombra. Tal vez no.
De repente siente el impulso de mirar a Sophia, sin darse cuenta de que no fue suyo: otro tirón invisible de su maestro. Le sostiene el rostro con ambas manos, buscando sus ojos, pero la joven se los esquiva como si temiera quebrarse al sostenerle la mirada.
La observa desorientado.
‹‹¿A qué estás jugando?››
Cree escuchar que alguno de los iniciados suelta una risa ahogada, o tal vez un carraspeo. Decide ignorarlo. Él ya está por encima de todos ellos… por encima de todo.
Sophia le toma la mano.
‹‹¿A qué estás jugando?›› insiste su mente, y tira suavemente de él para invitarlo a retirarse.
Julián levanta la vista hacia Melvin. El maestro apenas inclina la cabeza, otorgando el permiso.
Tras correr los velos raídos que simulan la barrera del profano, el desierto los recibe tan vacío y seco como siempre. Después de tanta humedad y piedras, lo reconforta.
Avanzan hasta llegar al auto aparcado a un kilómetro de la Madriguera, y el paisaje se vuelve cada vez más desolador —como es afuera es adentro—. Ni un ave ni un insecto. Solo el zumbido seco del mundo cuando no hay nadie hablando.
Sophia deja de caminar con pesadez y comienza a recuperar su ritmo normal de movimiento, como si alejarse de la cueva le devolviera la vitalidad. Lo mismo le ocurre a Julián.
—Un café, ¿me invitas un café? —pregunta ella, quebrando el silencio.
Julián asiente, pero no está seguro de la propuesta y mucho menos de aceptarla. Algo en la voz de la chica suena raro.
El Cadillac está clavado en mitad de la carretera, es el ancla que lo mantiene fuera del sueño que ofrece el interior de la Madriguera.
No entiende bien por qué, pero lo mira con nostalgia.
A decir verdad, todo ha comenzado a saberle lejos, extraño, como si él ya no perteneciera a nada sólido.
Recuerda cuando compró el auto a aquel viejo cowboy. ¿Cuál era su nombre?
—Ah, qué memoria de mierda —se queja en argentino, y Sophia lo mira desencajada.
Julián no pierde tiempo en explicaciones y arregla todo con un gesto de manos.
El sol ilumina la cara de la joven, y solo entonces Julián advierte lo demacrada que está, como si hubiera envejecido diez años en unas pocas semanas.
—El aire es puro. Es como respirar luz —dice ella, mientras Julián le abre la puerta sin responder.
Sube al auto y se acomoda en el asiento del acompañante. Julián observa que las rodillas de la joven tienen laceraciones. Cierra la puerta con fuerza. Rodea el auto hasta alcanzar el lado del conductor. Abre la puerta y sube.
Introduce la llave y la gira para encender el motor.
Estira la mano y enciende la radio. Un clic apagado, seguido de un susurro estático.
Mueve el dial despacio, con paciencia. Cada giro libera una ráfaga de ruido blanco, como un lenguaje de fantasmas, hasta que...
algo. Una voz, apenas un murmullo entre la niebla eléctrica.
Ajusta la perilla con dedos tensos.
—…No es el final. La vida no es el principio… —dice la voz, sin emoción, como un rezo grabado hace décadas.
Y luego, de nuevo, silencio.
El sudor le corre lento por la espalda. Vuelve a girar. La mayoría de las frecuencias son ruido, pero algunas tienen pulsos débiles: un rock mal sintonizado, una canción pop que se distorsiona como si viniera de otro siglo, un locutor que dice:
—Transmitiendo desde las ruinas de la hora cero.
Y luego nada más. Comienza a desesperarse porque odia el silencio. Voltea la cabeza en dirección a la Madriguera, que no parece estar tan lejos.
Julián la observa de reojo, inquieto. Aprieta los dientes, gira el dial con más fuerza mientras la cueva —y Melvin— lo vigila.
De pronto, sintoniza She Sells Sanctuary de The Cult para salvarlo de las garras de lo que sea que busca perturbarlo.
Sube el volumen. El riff envolvente rebota contra el parabrisas sucio de polvo seco e insectos.
Pone primera y el auto vibra como una bestia vieja.
Levanta una nube de polvo que el viento desarma al instante.
El desierto se abre adelante como un párpado quemado.
Sophia esta con los ojos perdidos en el horizonte, donde el cielo se funde con la tierra como si alguien hubiese borrado la línea del mundo.
Tiene el pelo pegado a la cara por el calor, los labios secos, y fuma un cigarrillo que se le consume más por el viento que por las caladas Cierra los ojos y deja que el sonido distorsionado de la canción la empuje lejos.
—¿Estuviste escribiendo? —pregunta de la nada.
—Sí, ya casi termino el primer borrador —responde Julián sin prestar demasiada atención.
—Te felicito —dice la chica, pero no hay calor en sus palabras, y eso enfurece a Julián.
—Todavía me gustas, pero de una forma diferente —confiesa Sophia.
Julián mantiene la mirada fija en el camino, pero es todo oídos.
—Es como si ahora pudiera ver dentro tuyo. El cuerpo original… y ahí, todo es carencia de afecto, de sentidos. Es como si un espiral me absorbiera todo el tiempo. Una sensación abrumadora de la que necesito escapar. Por mi bienestar. ¿Soy clara?
—Quizás ahora soy demasiado para ti —se reprocha la dureza en el tono, aunque en el fondo sabe que no tiene otra cosa para ofrecer, y que probablemente, tenga razón.
—Puede ser. Todo cambió después de lo que pasó en Florence...
—¿Te refieres a los asesinatos que cometí?
—¡Sí! —responde de golpe, con una chispa que no había mostrado hasta entonces. Pero apenas lo dice, su voz se apaga—. Esa... —deja escapar como un soplido y se mira las manos.
‹‹Quizás está recordando como cortó la cabeza del niño, o lo que hace en las noches con Melvin en la Madriguera››, reflexiona el chico.
Observa por el espejo retrovisor. Busca las sombras que siempre lo acompañan, pero esta vez prefieren ocultarse. Todo es una mala señal estos días.
—Sigue hablando —invita Julián, mientras busca el paquete de cigarrillos en la guantera.
Al hacerlo, roza una de las rodillas lacerada de la joven.
Ella se estremece, como si el contacto le hubiera provocado un escalofrío.
Julián se queda quieto un instante, sin saber bien cómo reaccionar. Luego decide que no le importa.
—No te enojes conmigo, es solo que… me haces mal —suelta sin tapujos.
—¿Sí? —Vuelve a espiar por el espejo retrovisor, y por un instante cree ver algo tomando forma. Una figura que no termina de definirse, que se disuelve antes de que pueda entender qué es.
Por temor a cruzarse con otro búfalo, baja la velocidad. ¿Y si todo esto fue una trampa para volverlo hostil y chocar contra el campo de fuerza? Quizás, todo es posible. Todo.
—Piensas demasiado. Eso te mantiene alejado, y él lo sabe. Por eso desconfía… —confiesa.
—¿Melvin desconfía? —gruñe Julián.
—Sí. Y creo que todos los demás también… Eso me asusta.
—¿Por qué? ¿Acaso él te hizo algo? —pregunta, y se gira para mirarla, olvidándose de los búfalos y hasta del desprecio que le inunda el pecho por la chica. ¿Desprecio? ¿Desde cuándo?
—No… no de la forma en la que te imaginas.
—Ya no sé qué pensar, Sophia —se rinde al fin Julián.