El Culto 7 . DEVOTOS
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7 . DEVOTOS

Melvin es invitado a una fiesta en una mansión en San Marino.

Los anfitriones son una actriz en ascenso y su esposo, un productor de Hollywood con muchas influencias.

El maestro no va solo: Julián y Sophia lo acompañan, y todos los observan, porque saben que serán ellos dos quienes traerán la gloria de los viejos días, cuando la luz era de color púrpura.

Melvin usa una voz encantadora para hablarles acerca de la muerte y la resurrección, de los siete colores y, en especial, del Cubo. Es ahí cuando todos los invitados asienten al unísono, y un ligero rumor llega a los oídos de Julián.

«Míralos, siente el pulso en sus gargantas. Ellos me ven a mí a través de ti. Úsalo. ¡ÚSALO!» Es Melvin quien le habla. Lo hace sin usar la voz: le habla desde su cabeza, con palabras que no mueven el aire ni le golpean el tímpano.

Sophia toma la mano de Julián. Está temblando, nerviosa. No sabe dónde está. Él se la sostiene, pero sin cariño. Más bien como un reflejo. El despecho ha causado estragos en su ser

Melvin les da la espalda mientras avanza y deslumbra a los invitados con palabras doradas. Absorbe todos los deseos que orbitan en el inmenso comedor y promete cumplirlos.

Entonces Julián se da cuenta de que Melvin no es un invitado más. El hombre está ahí con un propósito.

—Gracias por venir, son ustedes dos ángeles —les dice uno de los invitados.

Julián observa la enorme nariz del hombre, que le da la apariencia de un cuervo.

Una mala señal, aunque sonríe y es cordial.

Sophia, en cambio, no hace ningún gesto.

Parece como si estuviera en un viaje lisérgico.

Y quizás lo está. Ahora que han avanzado en los estudios, han implementado el uso de los sapos de Sonora para programar la conciencia.

Y funciona, para fastidio de Julián, funciona.

Desde hace algún tiempo ha querido desenmascarar a Melvin, mostrarles a todos que el hombre es un fiasco, otra mentira del Hollywood satánico. Aunque el maestro parece ser verdadero, y en el fondo, el chico nunca tuvo dudas, pero el despecho le intoxica la sangre y se siente estúpido por eso.

—Ahora que el mexicano trabaja con nosotros, la otra realidad, la verdadera, se siente más cerca —confiesa un hombre que, por su postura, podría ser un militar.

Melvin lo mira y sonríe. Se inclina apenas —lo justo para seguir marcando distancia— y le murmura algo al oído. Algo que Julián escucha porque Melvin quiere que lo escuche.

—Sin embargo, mi señor, no necesitamos de un científico para abrir portales; nosotros tenemos la Voluntad —y enfatiza esa palabra mientras le clava la mirada a Julián.

—¿Ya llegamos? —pregunta Sophia.

—Sí —responde Julián, sin prestarle demasiada atención.

—He visto esta casa. Levanté su alfombra astral y vi cuerpos.

—¿Cuerpos? —pregunta Julián, girando para mirarla.

—Sí, cuerpos de niños secos como momias —responde con la mirada fija sobre el hombre de nariz larga, que ahora acaricia de forma extraña al militar.

Melvin aplaude y atrae la atención de todos los presentes. Se forma un círculo en torno a él.

—La hora nona está próxima, hermanos —dice y extiende los brazos. Todos bajan la cabeza, todos menos Julián—. Traigan la ofrenda y salgamos afuera —invita.

El productor trae algo envuelto en una manta. Algo que patalea con pequeñas piernas —diminutas— y llora como un bebé: la ofrenda.

Salen al patio, que se extiende sin fin bajo el cielo negro, salpicado de estrellas, tan vasto y silencioso como el desierto de Sonora.

Melvin se para en el centro de un círculo, dibujado en la arena con sal gruesa y cenizas de madera quemada.

Lleva su máscara de sol dorada y la túnica púrpura que le cubre los pies.

El productor reparte velas negras a los invitados, y estos las toman como si fuera un pedazo de alguno de sus dioses.

—Aquí afuera, alejado de los muros de concreto —dice con voz rasposa—, la energía es más cruda, más intensa. La prosperidad no viene de la comodidad, sino del riesgo y el pacto con la sombra.

Las velas negras que cada uno lleva comienzan a brillar con una llama azulada, y el aire se vuelve denso, como si el mismo desierto contuviera el aliento.

El productor revela la ofrenda. Llora con sus pequeños —diminutos— puños apretados, porque todo lo que conoce del mundo es frío y hambre. Pronto conocerá otras dos cosas: dolor y muerte.

La ofrenda llega a las manos de Melvin; la sostiene como si fuera un objeto sagrado y profano al mismo tiempo.

Le hunde la daga en el cuello, y el chillido burbujeante obliga a Julián a llevarse una mano al pecho, temiendo que el corazón se le escape.

La ofrenda deja de moverse de a poco, como si se apagara, y Melvin lo gira para que la sangre caiga en la copa que sostiene la actriz, que observa todo con ojos de vampiro.

Melvin alza los restos de la ofrenda y todos se inclinan. Luego, el productor recibe aquello que ya no respira, apenas un cascarón vacío que alguna vez contuvo algo vivo, y lo cubre con el manto.

La actriz deja caer su vestido y ofrece su cuerpo desnudo a la luz de la luna, está lista para recibir la santa sangre de la ofrenda. Y cuando lo hace, gime, sonríe y alza las manos, porque puede verse a sí misma recibiendo la propuesta que espera: el papel que la convertirá en estrella.

Todos lloran y ríen. Melvin parece más alto que antes. Todos quieren tocarlo, alcanzarlo, pero el hombre se eleva por sobre sus cabezas como si volara y Julián se estremece, porque lo hace. El hombre realmente vuela.

Esta tan conmocionado que no puede moverse, lo que ve es algo que jamás pensó que vería. Lo que siente es tan puro y placentero, que le entristece el alma.

Sabe que debe irse. Se lo repite llorando, pero, aun así, sus pies no se mueven.

Melvin le extiende la mano y Julián avanza en contra de su voluntad, dejando huellas de arrastre en la arena.

Todos se corren ante su paso, se hacen a un lado como si Moisés estuviera dividiendo el Mar Rojo.

Pero no fue Moisés, ¿verdad? No, Moisés fue un instrumento, como Julián ahora envuelto por los brazos de Melvin.

El hombre lo abraza como un padre que no ha visto a su hijo en mucho tiempo.

Todos claman al cielo y lloran de felicidad.

La actriz también lo abraza con su cuerpo cubierto de sangre. El chico contiene el vómito, ¿Él o Melvin con su mano invisible? ¿Tan poderoso puede ser?

—Gracias —le dice la mujer con lágrimas brotando de sus ojos, y Julián sonríe con una mueca encantadora. Ha encontrado la sonrisa que pondrá frente a las cámaras el resto de su vida. En aquel acto tan grotesco, él sabe que será todo lo que Melvin le ha prometido y le devuelve el abrazo con fuerza.

El sol se cuela por el vidrio de la puerta de entrada, y las letras de Mystic Soul proyectan sus sombras sobre gran parte de su cuerpo. Julián acomoda las velas de colores, alineándolas según su propósito.

No deja de recrear una y otra vez la escena que presenció en la mansión del productor la otra noche. Los miles de brazos extendido buscando tocar a Melvin y a este, drenando la sangre ¿Para qué?

Prosperidad; potencial… todo lo que puede ser.

Se mira las manos y ya no las siente sucias. Como si nunca hubiese matado. Como si jamás hubiera sostenido el hacha.

Pero lo hizo… ¿no? Empuja los pensamientos oscuros hacia un costado. El trabajo de Madame Fontaine está funcionando, aunque le preocupa que tanta impureza termine intoxicándola. Dicen que las brujas blancas no viven demasiado.

La luz se posa sobre la amatista y esta resplandece, llamando la atención de Julián.

El joven deja que esa emanación lo capture un momento; se queda mirándola fijo.

Su jefa siempre le dice que sirve para mantener a raya las entidades y las vibras pesadas, que aclara la cabeza y que está conectada al chakra corona.

—Ideal para los mambos que tengo en la cabeza —murmura, con apenas una sonrisa.

Escucha los pasos en la escalera. Madame Fontaine terminó de sahumar el cuarto donde él duerme. Eso, en teoría, debería ayudarlo a descansar un poco.

Ella huele a yagra. Cierra los ojos cuando pasa junto a él; es la poca luz que todavía le queda en la vida.

Ni siquiera Sophia se le acerca a esa sensación. O al menos ya no. Desde que esta con Melvin —lo que sea que eso signifique—, no ha vuelto a ser la misma. Por momentos, el chico siente que ella es un estorbo.

—No subas por tres horas, Julien —recomienda la mujer.

Madame Fontaine cruza el local haciendo tintinear el cinturón de monedas que cuelga de su pollera de colores, una tela de seda fina que, al moverse, deja entrever la forma suave de sus nalgas, apenas insinuadas bajo la luz del sol.

Esa mezcla de pudor y descaro francés es algo que Julián no puede ignorar.

Su aura es tan intensa que lo hace retroceder un paso sin darse cuenta.

Aleister ronronea y se refriega en la pierna izquierda de Julián.

Él se agacha y acaricia al animal. En ese instante, algo lo sacude: un olor metálico le golpea la cabeza como un mazo. Se tambalea y Fontaine lo sujeta justo antes de que caiga sobre los estantes.

Por un segundo vuelve a ver a Melvin, suspendido en el aire, pero los ojos del maestro ahora son los del gato.

Se incorpora como puede. Madame Fontaine le habla al oído, pero es inútil: suena como si la mujer estuviera hablando desde debajo del agua. Julián sigue al gato, que mira hacia el callejón más allá de la esquina.

Algo —o alguien— lo espera ahí. ¿Será el mismo que lo persiguió la otra noche?

Se queda quieto en el marco de la puerta. Duda un instante y después se anima a abrirla. Fontaine le grita que no salga, pero él sigue sin escucharla. La campana suena leve pero clara, como una voz lejana filtrada por un parlante viejo.

Afuera, el callejón parece una fotografía en negativo. El aire huele a moho viejo y a ozono, como después de una tormenta eléctrica. El zumbido persiste, más profundo ahora, como si viniera desde la tierra misma.

Aleister lo observa detrás del vidrio, impávido.

Julián traga saliva y da un paso hacia adelante. Cada baldosa que pisa parece distinta a la anterior. Nada tiene sentido.

Escucha pasos que se alejan y, sin saber por qué, corre para alcanzar al que escapa. Dobla en la esquina; se pierde en el callejón. No ve a nadie. Pero la sombra del contenedor tiene una densidad extraña. Como si estuviera viva.

Se acerca.

Julián tiembla.

Ve una figura sentada, apenas iluminada por un halo sin fuente. La piel es negra, no de color, sino de carbonilla, como si estuviera quemado por dentro.

—El asesino del hacha; el puto escritor del caserón —le gruñe.

El corazón de Julián se detiene por un instante: es el vagabundo que mató en la Madriguera.

La figura se levanta con un movimiento imposible, y Julián retrocede, pero el callejón se estira: no llega nunca a la esquina. No llega nunca a ningún lado.

—Todavía me dan ganas de mear —repite el vagabundo mientras señala lo que le falta, lo que le quitaron y lo que le volverán a quitar.

La cabeza apenas se sostiene por un hilo de carne, y la sangre, oscura como brea, se le escurre por los costados.

Julián se resiste a creer que cosas así existan, pero existen… como la puta magia.

Cae al piso húmedo y fétido. El vagabundo se le acerca arrastrando el pie derecho, y la carne se le desgrana en migajas.

—Leproso de pies a cabeza. Leproso… —dice, dibujando una mueca imposible en el rostro.

Se planta frente a Julián, con la mutilación en carne viva, dispuesto a orinar porque:

—Todavía me dan ganas de mear.

Y antes de la primera gota, Julián parpadea… y todo desaparece.

El joven está tirado en el piso del local. Fontaine lo sacude, pálida. A su lado, Aleister maúlla con desesperación.

—¿Qué viste, Julien? —le pregunta la mujer—. ¿Qué viste?

Pero Julián no responde. Está tan confundido y alterado como ella. Quiere enfocarse, pero en su cabeza las abejas están agitadas porque la reina ha muerto.

Solo miel agria, chico. Solo miel agria.

Y en otro lugar —o tal vez en el mismo, pero en otra dimensión— la humedad gotea sobre el cuero viejo. Sophia respira con dificultad. No sabe cuánto tiempo ha pasado.

Entonces lo escucha.

No es un gruñido. No es un chillido.

Es un murmullo. Como si alguien recitara algo antiguo, muy cerca de su oído.

Sus labios tiemblan. El cuero bajo su cuerpo cruje. Y luego, el olor: podrido, húmedo, tan espeso que la obliga a contener el aliento.

Algo se acerca por el túnel. Lo escucha arrastrar los pies. No tiene linterna. No la necesita.

Ella reza. A quien sea. A lo que sea.

—Julian… por favor…

Los pasos se detienen.

Y entonces lo ve.

Melvin.

Su rostro está quieto, pero sus ojos… no. Los ojos arden, como si una llama interna los mantuviera vivos por encima del cuerpo.

—Estás despierta —dice con voz suave.

Sophia retrocede hasta chocar con la piedra fría de la pared. Él avanza. No camina: se desliza.

Ella grita.

Pero nadie la escucha.

Julián se lleva una mano al pecho. El corazón le late como si algo —o alguien— lo hubiera nombrado.

La campana sobre la puerta suena.

Clin…

Aguda. Solitaria.

Pero nadie entra. Nadie sale.

Julián no se mueve. Solo mira hacia el frente.

Un frío le recorre la nuca.

Y la nada —esa nada espesa, viva— le devuelve la mirada.