6 . FLESH FOR FANTASY #3
Lleva sus manos al vientre de Julián, lo presiona suavemente, y él siente como si abriera un portal en su interior. Un calor le sube por la columna, y la lengua de la mujer, ahora en su oído, le derrama palabras en un idioma que es puro sonido.
Julián empieza a temblar, pero ella lo sostiene.
—Resiste —le ordena.
Ella intensifica el ritmo, pero no busca la eyaculación: busca aflojarle los nudos del cuerpo. Las caderas de Fontaine lo golpean con la cadencia de un tambor ritual.
—No pienses. Deja que salga.
Las manos de la mujer ahora se posan sobre su garganta. Le dirige la respiración. Julián, entre espasmos, siente cómo le sube una oleada de asco, de angustia, pero la mujer no se detiene.
Finalmente, el chico arquea la espalda y un gemido seco, rasposo, se le escapa, y una explosión de luz —una luz densa, espesa como la sombra de Melvin— parece salirle de todo el cuerpo.
Madame Fontaine se detiene. Lo acaricia, suave.
—Ahora sí, estás limpio.
La mujer se levanta, recoge su vestido y, sin mirar atrás, desaparece en la oscuridad. Julián queda tendido, empapado en sudor. Respira agitado. Lo que sea que la mujer haya hecho funcionó: se siente menos tóxico. Menos… ¿asesino? Quizás.
Mira por la ventana en busca de algo que no encuentra adentro, y no ve nada. Ni siquiera el fantasma de Jeremías, el profeta del barrio viejo. Suspira. Solo resta aguantar, porque ahora el éxito corre por sus venas… lo que sea que eso signifique.
Los meses pasan, y Melvin les enseña a los iniciados a operar bajo los principios de la magia del caos: la Voluntad como única ley; el símbolo, como llave.
Aprenden a codificar el universo en sigilos, a leer patrones en el ruido, a invocar a través del lenguaje.
Julián comprende finalmente que lo que está adentro es como lo que está afuera, que lo que está arriba refleja lo que está abajo.
Es la noche de San Juan, el velo es más delgado y, Melvin ofrece su sangre al desierto de Sonora. Traza el círculo con sal, marca el sello de Saturno en la arena y canta en enoquiano mientras la tierra vibra bajo sus pies, y Sophia baila desnuda, cubierta por la luz de la luna.
En la distancia, Julián observa con recelo y se aferra al amuleto que le diseñó Madame Fontaine, escondido debajo de la túnica.
Gracias a eso, la fascinación por Melvin y sus palabras no lo ha envenenado.
Pero con los demás es distinto. Menea la cabeza: no le importa el resto.
Solo Sophia, que se ha convertido en un cascarón vacío.
No quedan rastros de la chica que Julián conoció, y ahora él duda si alguna vez volverá a ser ella.
Se repite que debe abandonar al Culto, se convence de que después de pagar lo hará, se alejará sin mirar atrás… pero ¿y Sophia?
—A partir de mañana —adelanta Melvin— celebraremos la Eucaristía.
—¿Cómo es eso? —pregunta uno de los iniciados.
—Es alimento espiritual que nos volverá uno con el Lucero del Alba —responde, y señala algún punto lejano en el cielo nocturno de Sonora.
Los demás siguen el dedo y asienten. Julián no despega la mirada del hombre.
—Sé que la traición es densa y palpitante en uno de ustedes —dice, extendiendo los brazos y cruzando las piernas—, pero yo les advierto que, sin mí, no podrán ver más allá del Cubo.
Julián no se hace cargo de las palabras de Melvin. En cambio, busca a Sophia con la mirada y la encuentra de pie, contemplando el horizonte.
—Ella está bien —dice Melvin a centímetros de Julián, y este se sobresalta. A pesar de su altura, el hombre es muy sigiloso.
—¿Dónde está ahora? —pregunta.
—En Venus, explorando sus deseos. Y quizás después se quede en Mercurio algún tiempo, atesorando su intelecto —responde, y Julián asiente.
—¿Ustedes están juntos?
—Como tú y el resto lo están conmigo —la respuesta es un engaño, pero de alguna forma le sirve. Lo deja tranquilo.
—Anoche soñé con el fuego y el espiral —confiesa sin saber por qué… o en realidad sí, es por la presencia magnética del hombre. Julián siente envidia de él, pero también lo admira.
—¿Y qué más?
—Tuvia… pero no era del todo él. Tenía dientes. Los dientes del niño… —se detiene porque el corazón le cruje cuando recuerda a los hermanos en su pequeña cama. Indefensos. Inocentes
—Es la confirmación de que estamos en el camino correcto, Julian. Si por algún momento crees que es culpa, te equivocas.
—Pero… ¿era necesario? No solo matar, sino… ¿mutilar así el cuerpo del niño?
—Para generar el ecosistema de invocación, se necesita un acto extremo que funcione de combustible para invocar a la Guardiana.
—Pero, algo así, tan brutal, tan denso…
—Todo eso solo existe en una mente dual, Julian. —responde con voz seca.
—¿Y el vagabundo? ¿También fue combustible?
—No. Solo mantuvo viva las llamas.
El chico corre la mirada. Se pierde en el horizonte, que ya empieza a volverse oscuro.
—Asique… ella, la Guardiana…
—Babalon.
—Sí, Babalon —se siente raro al mencionarla—, ella… ¿me concedió el deseo?
—Lo que hizo en realidad fue un equilibrio alquímico. Transformó ese acto que tu llamas brutal, en algo que tu puedas usar para crear.
—¿Por qué solo a mí me concedió eso?
—Porque tú y Sophia fueron elegidos por el Vacío.
—¿Y cuándo será el pago? —pregunta sin mirar a Melvin.
—Cuando tu estructura mental se quiebre, Julian.
Los iniciados han comenzado a observarlos y a murmurar cosas que Melvin logra escuchar. Cosas que aumentan la atmósfera densa y que son alimento para las criaturas del bajo astral.
—Mientras estés conmigo, nada te pasará. Pero si sueltas mi mano, ellos van a devorarte, porque el celo florece en sus senos.
—¿Por qué hay mentira en tus palabras?
—Porque la mentira es la única verdad.
Y se va sin mover los pies. A los ojos de Julián, bajo la luna de Sonora, Melvin levita.
Sophia camina hacia él y se van juntos. Los iniciados los siguen, y algunos comienzan a desnudarse porque es hora de hacer magia.
Julián sabe que todo aquello está mal. Ha escuchado el llanto de bebés en algún lugar de la Madriguera y el ruido de algo húmedo golpeando contra el suelo.
Recuerda que a partir de mañana comenzarán a celebrar la Eucaristía y el estómago se le retuerce. Quiere subirse al Cadillac y marcharse lejos. Pero no puede: Sophia lo retiene.
Se aferra al amuleto de Madame Fontaine y, por un instante, se siente a salvo. Seguro. Hasta que Melvin lo llama con las manos, y él corre a sus brazos sin saber por qué… o quizás sí lo sabe, pero aun así no puede evitarlo.
Entonces tiene una epifanía. Puede ver al fin lo que la mujer le metía a aquel tipo por el culo: era el brazo. El puto brazo entero, hasta el hombro. Y se ríe. Se ríe porque todo, absolutamente todo, se está yendo a la mierda.