6 . FLESH FOR FANTASY #2
¿Y el amor?
No hay amor. Solo engaño.
La palabra pagar pesa tanto que le roba el aire.
Julián cierra los ojos, aprieta los labios y acepta.
La daga lo atraviesa. Golpea la piedra.
El abismo se abre: la corona velada, el fuego entre mundos.
No hay dolor. Solo libertad y… una deuda.
Todo se vuelve blanco antes de caer en la oscuridad.
Julián oye un zumbido profundo, como si el mundo inhalara. Después… nada.
Abre los ojos y reconoce su habitación en la planta alta de la tienda de ocultismo de la calle Reno Street.
Está acostado sobre la cama; la humedad le provoca escalofríos.
Le duele el pecho. La boca le sabe a una pasta densa, sin sabor, como si hubiera masticado cenizas.
Un aroma a incienso llega desde algún rincón. Entonces sabe que no está solo. Intenta incorporarse, pero el dolor lo parte en dos: un latigazo eléctrico.
—No hagas movimientos bruscos —aconseja Sophia.
Está desorientado; los tambores siguen golpeándole la cabeza. ¿O empezaron cuando ella se acercó?
—Agua… —alcanza a decir. Querría hablar más, pero las palabras están más confundidas que él.
—Vinagre. Es lo único que podés tomar —dice ella, torciendo la boca. A él le hierve algo por dentro, pero lo disimula. Tiene demasiadas preguntas y ninguna ordenada.
Bebe el vinagre. El gesto se le quiebra en la cara, pero aun así no se queja. La sed es insoportable.
—Todo está cumplido —declara una voz en el rincón.
Julián se incorpora con violencia. El pecho protesta. Sophia lo sostiene.
—Tranquilo —dice el hombre—. Soy tu aliado —agrega con una suavidad que no le cree.
—Él es el maestro —aclara Sophia.
Julián la mira con un reproche que ni ella entiende. O quizá sí. Algo en él se revuelve. Algo en ella también.
—Yo me encargo, Sophia. Gracias.
La chica asiente y se aparta de la cama. Julián siente una punzada de celos, sin comprender muy bien por qué. Pero hay algo entre ellos. O mejor dicho: algo en ella despertó.
—Voy a fumar abajo —murmura, ya de espaldas.
Ni siquiera la escucha, y eso lo irrita todavía más.
Se acerca a la cama de Julián. Es demasiado alto, casi rozando el techo; el pelo negro parece flotar, movido por un viento que no existe.
Julián parpadea y, de golpe, lo reconoce: el maestro es el mismo que había obligado a Sophia a desnudarse y…
—Creo que la palabra obligar está un poco sobrevalorada.
El chico se queda callado. Espera a que el maestro hable.
—Mi nombre es Melvin —dice al fin—, y soy el primer eslabón en esta cadena.
La frase queda flotando.
De pronto, el murmullo de unos borrachos asciende desde la calle hasta el interior de la habitación.
Gritan, se empujan, y algún vidrio se rompe. El alboroto lo invade todo como un soplido rancio. Julián se tensa. Pero Melvin no se inmuta; de hecho, da la impresión de haber previsto el escándalo con segundos de anticipación.
«Se quedó en silencio esperando que ocurriera», piensa Julián.
Melvin sonríe con esa sonrisa que el chico ya aprendió a odiar, como si todo —incluso la pelea de los borrachos— formara parte de un guion que él conoce de memoria.
—Todo ocurre en su momento exacto.
Julián lo mira, seco.
El dolor en el pecho sigue ahí, pero más profundo le pesa la sensación de que no tiene control de nada.
—¿Qué pasó en la Madriguera?
—Cuando llegaste al desierto querías algo. Nosotros nos comprometimos a dártelo. En ese momento lo llamamos pacto.
—¿Quieres decir que…?
—Sí. El pacto se cumplió. Ahora solo te resta pagar…
—¿Y Sophia?
Melvin sonríe sin molestarse en ocultar la perversidad. Sus dientes son blancos y rectos, salvo por uno que parece torcido. Si lo observa con detenimiento, Julián juraría que no es de él: que pertenece a alguien más y que Melvin lo lleva como trofeo.
—Tienes razón, no es mío —dice, señalándolo—. Fue mi segunda prueba —explica, y Julián ya ni se sorprende de que el hombre lea su mente—. La primera fue matar al dueño de la dentadura.
—Querrás decir liberar… —corrige con intención provocadora. Melvin no responde.
—También tuviste que ensuciarte las manos, ¿eh?
—Algunos somos bendecidos. Otros, Julian, solo se dedican a secuestrar. Esos no logran más que fragmentarse. Pero nosotros, los que purificamos nuestras manos… —deja la frase suspendida, invitándolo a completar el sentido.
El ruido del tráfico inunda el ambiente, y Julián, sin saber por qué, recuerda a la mujer que le metía algo por el culo al hombre.
—¿Por qué me hiciste matar a Tuvia? —deja caer al fin la pregunta.
—No te sientas mal por eso, su destino era… inamovible.
—¿Todo está escrito?
—Tú eres el escritor… —suelta, y le guiña un ojo.
—¿Entonces la prueba fue una mentira? —pregunta, pero Melvin no responde, y Julián no insiste.
—¿Qué se siente el éxito? —cambia de tema.
—Todavía no lo pruebo —contesta el chico, con voz ronca.
—Deberías. El éxito ya está en tu sangre, forma parte de tu destino. Y además, no hay mucho tiempo.
—¿A qué te refieres? —quiere saber, pero Melvin solo se toca la punta de la nariz, insinuando que la respuesta es obvia.
—¿Cómo será el pago? ¿Qué les debo?
—Solo tienes que abrir la puerta.
—¿Eso es todo?
—Sí. Nosotros haremos el resto.
—¿Quiénes? —pregunta, agitado sin saber por qué.
—La Guardiana del abismo y yo —sentencia.
—¿Qué pasará con Sophia?
—Lo de ella es más complejo —adelanta—, pero también obtendrá lo que desea.
El chico se recuesta y mira el techo. Las manchas de humedad se mueven, adoptan formas extrañas.
—¿Dolerá? Me refiero a abrir la puerta.
—Sí.
—¿Y si digo que no?
—Entonces dolerá mucho más.
La frase le deja la garganta seca; tragar se vuelve imposible.
Melvin se va sin decir nada más. Julián escucha cómo cierra la puerta y baja por las escaleras. Su jefa —Madame Fontaine— lo saluda con un seco bye.
Cierra los ojos y verifica que sus habilidades sigan ahí. Para su sorpresa, están más afiladas que antes. Se esfuerza por llegar más allá de la habitación porque quiere ver cómo se despide Melvin de Sophia.
El hombre la atrae hacia sí, sujetándola del brazo; ella, sumisa, inclina el rostro, y él besa sus labios. Julián aprieta los párpados. Puede ver la lengua de Melvin reptar dentro de ella. ¿Por qué Sophia lo deja hacerlo? No hace falta la respuesta.
Melvin la suelta y alza la vista en dirección al cuarto de Julián. Sonríe, consciente de que está siendo observado.
‹‹No pierdas tiempo; escribe tu novela››, le dice sin usar la voz.
Julián abre los ojos para dejar de espiar. Se levanta con esfuerzo, se viste y abre la puerta. Baja por las escaleras como un anciano de noventa años.
La luz de la planta baja le lastima los ojos.
Gruñe.
Se toma un segundo para encarar los últimos tres escalones. El perfume de Madame Fontaine —copal puro— le pica la garganta, pero de una forma extraña, le resulta reconfortante.
—Finalmente te veo la cara, Julien —reprocha la mujer—. No me gusta lo que percibo. Ese hombre…—Lo sé —interrumpe Julián levantando la mano.
—Hay residuos en el ambiente, larvas que deberé limpiar gracias a tus aventuras, muchacho.
—¿En qué estoy metido?
—Todavía lo estoy analizando, pero te diseñaré un amuleto acorde… no te preocupes.
Julián se acerca al estante donde están las piedras de amatista y turmalina. El sol le pega en la cara y le hace doler la cabeza. Inconscientemente busca a Sophia, pero no la encuentra. Ella se fue sin decir adiós.
—¿Cuánto tiempo estuve dormido?
—Dos días.
—Sophia…
—Llegó ayer. El hombre hace una hora.
Julián da vueltas, quiere preguntar algo, pero duda. Le da vergüenza, pero no hace falta: su jefa adivina.
—Sí, ella bajó a recibirlo y le dio un beso en la boca. Igual que ahora cuando lo despidió.
Julián aprieta los puños.
—Los celos no son propios. El amor es dejar el amor de lado —aconseja Madame Fontaine. Todavía intenta enseñarle, pero el chico está lejos. Ya no es su alumno. No puede serlo: ha elegido el camino de la mano izquierda.
—¿Cuándo tendrá el amuleto listo?
—Pronto. Necesito algunos elementos que solo se encuentran en Topanga Canyon.
Julián asiente y deja perder la mirada en el edificio más allá de la autopista, y no puede dejar de pensar en la mujer metiéndole algo en el culo al hombre. Menea la cabeza y ese gesto le duele.
—Esta noche no cierres la puerta, Julien —avisa la mujer. El chico sabe lo que eso significa.
—No sé si tengo fuerzas… —se excusa.
—Las tendrás —sentencia Madame Fontaine, y Julián no se atreve a contradecirla.
Y no lo hace. Por el contrario, esa noche Julián sigue las indicaciones de su jefa y no cierra la puerta con llave.
la espera en su cama, desnudo. Madame Fontaine aparece en la habitación como un susurro.
El vestido de seda verde se desliza hasta sus pies y queda desnuda, iluminada apenas por la vela, como si fuera una estatua viva palpitando en la penumbra.
Julián no puede moverse, pero siente cada partícula del aire cargada de electricidad.
—Tu cuerpo está enfermo, Julien. Lleno de residuos que no te pertenecen —dice la mujer, y su voz es un bálsamo que arde.
Se acomoda despacio encima del chico, pero con firmeza.
No hay apuro en sus movimientos, tampoco deseo sexual: solo precisión ritual.
Sabe lo que está haciendo. Las caderas giran en círculos amplios, como si estuviera moliendo algo dentro de él, desgastando, removiendo la suciedad acumulada en su interior.
—No te resistas —susurra—. Es la única forma de purificarte.
La respiración de ella se vuelve un mantra, y Julián, sin darse cuenta, la imita. Inhalan y exhalan en perfecta sincronía, como si el aire que uno suelta fuera el que el otro recibe. La conexión es tan intensa que Julián siente que su pecho ya no le pertenece.
A su alrededor, las sombras de la habitación se distorsionan. No son sombras: son presencias. Observan, pero no invaden. Son testigos de un acto que trasciende la carne.
Los senos de la mujer caen pesados sobre su torso. Cada roce, cada caricia, despierta zonas de su cuerpo que creía dormidas. Las manos de Fontaine se deslizan por su rostro, por su garganta, dibujando símbolos invisibles sobre su piel.