6 . FLESH FOR FANTASY
Todo es confusión. En un instante está en su cama, dormido, y al otro, no. Le cubren el rostro mientras manos lo sujetan por todas partes. Intenta defenderse, pero son manos fuertes: le doblan el brazo, lo reducen, y después cae al piso.
El cuarto de enfrente sigue con la puerta cerrada. No hay luces asomando: Madame Fontaine está…
Lo bajan por las escaleras. ¿Por qué no ofrece mayor resistencia? Intenta meterse en sus mentes, pero es inútil; están trabajados.
Magia. Esparcida por todos lados, como puto polvo de hadas.
Lo sacan a la calle. A lo lejos alguien pide una moneda entre el ruido del tráfico. Puertas pesadas gimen al abrirse. Lo arrojan dentro de un furgón y el motor ruge. Intenta ponerse de pie, pero apenas arrancan, cae contra el suelo metálico.
—Tranquilo, Julian. —Reconoce la voz: Sophia. A ella también la secuestraron. ¿Cómo lo sabe? No lo sabe, pero prefiere pensar eso a creer que es parte de todo esto.
Le quitan el saco de la cabeza y ve a sus captores: son sus compañeros del Culto.
—¿No podían tocar la puerta?
—Sabes cómo funcionan las energías —responde uno de ellos sin mirarlo.
—A mí también me sacaron de la cama —dice Sophia; parece que está sobria.
Julián la mira: no trae pantalones, ni maquillaje. La recuerda girando, buscando mariposas, desnuda y afiebrada. Cambia de carril mental porque no es apropiado. No, no es apropiado.
Mira por la pequeña ventana circular.
—Vamos a la Madriguera —murmura Julián, y uno de sus compañeros, lo confirma con un gesto vago, como si también estuviera viendo mariposas.
Sin nada más que hacer, se reclina y cierra los ojos. Sophia se apoya en su hombro y se quedan dormidos.
Cuando llegan, Julián ve luces por fuera de la Madriguera y un sendero de velas marcando la entrada —sigue el camino amarillo, Dorothy—. Sabe que algo va a pasar. El aire es distinto. El suelo parece moverse, respirar.
La luna, redonda y pálida, los vigila. No hay coyotes en la distancia: mala señal.
Ya no los empujan; al contrario, los escoltan —a él y a Sophia— hasta el centro de la Madriguera.
Adentro, las velas generan sombras palpitantes. Si no sintiera el estómago retorcerse, diría que es una imagen hermosa; digna de una portada.
Llegan al centro, donde se realizan los rituales, el único espacio totalmente oscuro. Alguien enciende una vela. La luz revela a un hombre que se retuerce desesperado: extremidades maniatadas, ojos vendados, cuerpo desnudo. ¿Por qué siempre tiene que ser sin ropa?
Recuerda la luna, y que es día siete. Sophia parece pensar lo mismo. Lo mira con una expresión que mezcla miedo e incertidumbre.
‹‹¿Acaso no son lo mismo el miedo y la incertidumbre?››
—Es solo un vagabundo que dormía en los callejones. Le hacemos un favor —le indican, como si quisieran tranquilizarlo.
A Julián todo aquello le da mala espina.
Hipócrita. ¿Asesinas a una familia entera y los juzgas a ellos? Eses otra mierda igual. No… tu eres peor.
—¿Tuvia? —pregunta a la nada. Busca al viejo por todos lados, pero no está en ninguna parte. Ya no existe. Él lo mató.
Así que solo significa una cosa: la voz está adentro.
Muy temprano para volverse loco.
El sin techo en el altar está agitado. Respira por la boca como si estuviera a punto de darle un infarto.
Se sobresalta en cuanto le levantan la venda.
Se ve desnudo y rodeado por hombres —todos jóvenes— de largas túnicas.
Niega con la cabeza, incrédulo, y piensa: Esta generación se está yendo a la mierda.
Julián sigue todo con la mirada. Un movimiento. Otro. Un encapuchado se adelanta. Algo brilla en su mano derecha. Un destello. Un filo.
El cuchillo corta el aire con un silbido. Un parpadeo después, el miembro del vagabundo es cercenado.
El grito de dolor es animal; primitivo.
Julián se echa hacia atrás; la escena lo desencaja. Sophia mira todo hipnotizada, como quien ve el fuego por primera vez.
El que lo mutiló arroja al fuego la parte cortada. El vagabundo siente un dolor nuevo, más agudo, como si las llamas viajaran por un canal invisible y también lo alcanzaran.
En medio del griterío, un hombre alto emerge de las sombras. Lleva una máscara dorada con forma de sol y una túnica a juego. Julián no dice nada, pero sabe que el enmascarado le clava la mirada.
El hombre extiende la mano hacia Sophia, y ella acepta la invitación sin necesidad de ningún chasquido de dedos. Se planta frente a él y tiene que estirar el cuello: el tipo es realmente muy alto.
Julián no entiende nada.
—Desnúdate —le pide con una voz cálida. Y ella obedece.
El hombre la gira para que todos la vean. Julián se estremece, y también siente celos.
—Todos hagan lo mismo —ordena el hombre alto.
Y comienzan a desnudarse, menos Julián que parece ser el único que no está viendo mariposas.
El vagabundo deja de gritar apenas por unos segundos, el breve instante en que se produce aquel acto de desnudez brutal. Después regresan los alaridos. Ya no por el dolor: ahora es puro terror ante lo que se despliega frente a él.
A unos pasos, la figura enmascarada avanza hacia Julián.
Se detiene justo enfrente y le alza la daga: un filo que recoge la luz y la dobla en un destello único en la punta.
El chico recorre el cuchillo con los ojos y luego intenta descifrar al hombre, pero la máscara de rayos solares no deja ver nada detrás.
—¿Quieres ser un escritor exitoso? —pregunta.
Julián se queda con la boca abierta; dirige la mirada hacia el arma, y una certeza ajena se le instala en el pecho. Sabe lo que se supone que tiene que hacer. Pero… ¿ese saber es realmente suyo?¿Cuánto hay de él en todo eso?
—Yo… —Balbucea, no parece convencido. La mente es más frágil que el deseo. Y ahora mismo, no siente que su mente le pertenezca.
—Pero el éxito no es nada sino te aman, ¿no? —agrega el hombre alto. Parece leerle la cabeza como si fuera un libro abierto.
—¿Quién me hará el favor? —pregunta Julián, casi sin voz.
—La única que puede —responde el enmascarado señalando hacia arriba. El chico jura ver, más allá de la roca, algo distante, algo que no pertenece a ninguna conciencia humana—. Pero ella clama carne. Como antes, como siempre. ¿Podrás darle un poco de carne para que cumpla tu fantasía?
Julián cree ver una mueca detrás de la máscara: una sonrisa.
—¿Ser amado es mi fantasía? ¿Desde cuándo? —pregunta, mientras los demás esperan desnudos y febriles.
—Desde que respiraste por primera vez —responde el enmascarado. Por el tono, Julián entiende que no va a decir nada más.
—Prefiero el hacha… —confiesa, convencido hasta la última palabra. El símbolo. Lo que está grabado en su ADN.
Todo es un espejo del pasado.
La figura enmascarada no se mueve. Lo examina. Luego de unos segundos, extiende la mano diestra y pide el hacha. Uno de los discípulos se la alcanza sin dudar.
—Ve por lo que es tuyo por designio —murmura, haciéndose a un lado para dejarlo pasar.
Julián avanza con pasos lentos, aferrando el mango del hacha con ambas manos. Alrededor del altar hay un círculo y, más allá, el fuego. Lo cruza y se quema los pies, pero está bien: va camino al amor. Ese amor que, sin haber recibido, siente que perdió.
Sus compañeros irrumpen en un canto gutural. La vibración le llega honda, grave; lo encorva, lo emborracha. Piensa en reptiles, en criaturas que se arrastran cerca del agua. No, no es agua: es brea. Porque el espacio sublunar es un caos reptante, igual que su cabeza.
El vagabundo intenta moverse, pero es inútil. Entonces prueba con súplicas. Tampoco sirve. Con un movimiento veloz, Julián le corta la cabeza de un solo golpe.
«La acción es solo fuego en exceso», escucha en su cabeza.
Se vuelve hacia el enmascarado y asiente.
El hacha dibuja un arco en el aire y desciende con violencia.
Se clava en el pecho del vagabundo. Su cuerpo se abre como si no fuera cierto, como si siempre hubiera estado vacío.
Brota tanta sangre que Sophia deja escapar un hilo de voz fina por la excitación.
El cadáver se contrae sobre sí mismo mientras Julián continúa hundiendo el hacha, estrujándole el corazón. Alza la vista y sigue el vapor que sale del cuerpo, que se eleva hasta el techo y se hunde en la oscuridad más allá de las estrellas.
Luego mira a sus compañeros desnudos, fingiendo ser cerdos. Sophia también lo hace, mientras el enmascarado grita:
—¡ARROJO PERLAS A LOS CERDOS!
Sophia se yergue sobre sus dos piernas y avanza hacia Julián con el pequeño cráneo, el mismo que perteneció al niño. Se lo entrega con la mirada fija en algo más atrás de él.
El chico actúa como si ya supiera qué hacer: deja que la sangre del muerto caiga dentro de la calavera y bebe. Los demás lo imitan. Y entonces Julián lo siente: el éxito es suyo, puede saborearlo.
Sophia, empapada de sangre, no aparta los ojos de él. Julián, por fin, entiende lo que arde detrás de esa mirada: deseo.
Ella se le tira encima y ambos caen sobre el charco de sangre. Los demás los rodean, atentos, respirando como animales. El enmascarado vigila en silencio, preparado para hacer sonar sus dedos si algo se desvía.
¿Pero no los hizo sonar ya?
Las luces parpadean. Las paredes tiemblan. El techo desaparece. La luna —inmensa— se revela sobre ellos. Sophia, con la mirada roja y penetrante, ya montada sobre Julián, se convierte en Ishtar, Astarté, Isis: todos los portales bajo la luz lunar.
El fuego se cierra alrededor, dejando atrás miles de gritos agonizantes. «¿Qué son esos gritos?», piensa Julián. Intenta mirar hacia el origen, pero una mano invisible le desvía la vista y lo obliga a volver a Sophia.
Ella sostiene la daga. Le apunta al corazón.
Julián se espanta. Sabe que su corazón es la última esperanza. Ahora lo sabe. Quiere escapar, moverse, pero Sophia es placer. Un placer frío y mortal.
Él acepta lo inevitable con una carcajada que le deforma la cara. El éxito es suyo; puede saborearlo.
¿Y el amor?
La luna se abre como un huevo y derrama sobre ellos un líquido negro y burbujeante.
La Guardiana del Abismo, Babalon, extiende sus brazos y se aferra a todo lo vivo. Le agradece por la sangre; le asegura que está hecho. Que el éxito es suyo. Y que ahora le debe algo. Que debe pagar.