El Culto 5 . L.A.
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5 . L.A.

—¿Todavía con el vaso lleno? —observa con asombro el barman, un nativo americano al que le dicen Wuke.

Julián asiente, distraído. Aún puede oler la sangre en sus manos.

—Mala noche, entiendo —se percata el barman con voz grave, casi un susurro.

El humo del cigarrillo se enreda con las luces tenues del bar. Mr. Crowley, de Ozzy Osbourne, suena como si los parlantes estuvieran bajo el agua. Julián baja la mirada y aprieta el borde del vaso, como si quisiera aferrarse a algo firme en medio de tanta incertidumbre, de tanto caos.

¿Está bien lo que hizo? No, claro que no. Pero, ¿fue él realmente o estaba influenciado por alguien más?

—No estoy yendo por buen camino —murmura.

Wuke deja de contar billetes, se apoya con ambas manos en la barra y señala el vaso de Julián.

—Bebe lo que hay en tu vaso —lo apura, y el chico obedece.

—¿Contento? —exclama alzando los brazos.

—En mi pueblo tenemos un dicho para noches como esta…

—Soy todo oídos, Wuk…

—Neccuţi ʾuume, ’oolak wele, que se traduce algo así como: “Algunas noches, el llanto anuncia lo que vendrá”.

—¿Quién llora?

—Tu alma, amigo mío.

Julián recibe esas palabras como un puñal en el pecho.

El nativo inclina la botella sobre el vaso del chico, y le sirve otro trago de bourbon.

—La casa invita.

Julián agradece con un gesto de cabeza y bebe de un sorbo.

—¿Qué palabra usan ustedes para la muerte? —pregunta.

Wuke lo mira un instante, luego responde con calma:

—Nosotros no decimos “muerte”. Decimos Makȟá, y significa “volver a la tierra”.

El chico asiente, absorbiendo cada palabra como si fuera una verdad sagrada.

—Makȟá —repite en voz baja.

—Nada termina. Es un cambio. Pero no todos lo entienden así.

—¿Y para asesino? ¿Cuál usan? —vuelve a preguntar, mirándolo directo a los ojos.

—Lo llamamos wíyokiya, y se traduce como “el que interviene en el ciclo de la vida”.

—Algunos creen que matar a alguien es liberarlo de esta realidad material… ¿Qué opinas de eso, Wuk?

No se apresura en responder; entiende que el chico busca expiación. Sabe lo que es sentirse de esa manera.

—A veces, el que rompe el equilibrio —responde despacio— está devolviendo la paz.

Julián sabe que el barman es complaciente, pero está bien. Le alcanza con lo que dice para liberar un poco de presión en el pecho.

—¿Qué dice tu jefa?

—No hablo de estas cosas con ella…

—Pero ella sabe.

Julián hace un gesto con la mirada. Juega con el vaso.

—A veces siento que esta ciudad es un vampiro, ¿sabes? Te succiona la vida de las venas y te arrastra… —se detiene porque algo parecido le dijo a Sophia, y recordarla le hace mal.

—Vuelve a tu país. En esta tierra no hay nada para ti.

—No puedo irme todavía —dice, ladeando la cabeza hacia la puerta de salida, como si fuera la línea fronteriza que separa el país de lo que sea que haya allá afuera—. Aún tengo que revolcarme con la ciudad hasta que uno de los dos quede exhausto. Ella me lo debe.

—Suerte con eso. Hace años que intento bailar el mambo de forma horizontal con la maldita L.A.

Julián estalla en carcajadas, y Wuke lo sigue con su voz atronadora, haciendo que todos se giren, perturbados.

La voz de Peter Steele susurra el conflicto de una mujer con su fe cristiana y su deseo sexual a través de los parlantes.

Julián salta de su asiento y se despide de Wuke con la mano.

Antes de salir, se detiene. Al fondo del bar, un hombre vestido de negro, con sombrero, está tirando las cartas sobre una mesa solitaria: es el Topo. Nunca han hablado. Julián solo sabe que el hombre lee el tarot gratis.

El tarotista levanta la vista, lo observa fijamente y lo señala con un leve gesto de cabeza. Sin decir una palabra, mezcla la baraja con movimientos lentos, casi ceremoniales, como si conociera de antemano lo que Julián necesita ver.

Saca una carta.

El Péndulo.

—¿Cuál fue la pregunta? —consulta Julián.

—Eso lo sabes tú —responde el tarotista, para sorpresa de Julián, en un castellano extraño, mezcla de chileno y mexicano.

—Sí… —dice, casi exhalando.

Lo saluda y se marcha del bar.

Apenas sale, la noche lo embriaga con su oscuridad de luces cegadoras.

Alguien grita que el fin del mundo está cerca: es Jeremías, el mesías del barrio viejo.

Los gritos del hombre se mezclan con los bocinazos de un automóvil rojo, último modelo.

—La puta de Babilonia, viejo —señala Julián.

Jeremías lo capta y se lanza sobre el conductor del automóvil como si fuera el arcángel Miguel.

Insultos. Disparos. Gritos.

Un profeta menos.

Julián no se detiene. No puede. No quiere.

Demasiadas cosas en qué pensar, demasiadas cosas.

¿Tanto desea ser amado? Difícil respuesta. El anhelo de ser aceptado, de encontrar un lugar, le quema el pecho; le llena la garganta de humo. A veces siente que no puede hablar de tanta ansiedad. Entonces vuelve sobre la pregunta, y la duda ahora pasa por otro lado: si es deseo o necesidad.

Sabe que tiene una imperiosa necesidad de triunfar a lo grande, no como un buen escritor, sino como el mejor. Hay una palabra para eso: prestigio. Sí, esa es la sensación que trepa por su espalda y le exige que la cargue todo el camino, desde Argentina hasta Estados Unidos.

¿Eso es deseo o necesidad? Otra vez, difícil respuesta.

Solo quiere que le abran el mundo de una vez.

Un chistido a su derecha. Se detiene y gira la cabeza hacia el interior de un callejón perdido, donde Tuvia lo observa con una de sus tres caras. El viejo no está solo: su familia lo acompaña.

El contador parece distraído, como si no supiera que ha muerto y siguiera haciendo cuentas para ganarse la vida.

La mujer, aunque conserva su aire de miss algo, se ve triste.

Uno de los niños llora porque tiene hambre y todavía no le sirven el desayuno.

El otro, el descabezado, es el único que actúa como si estuviera muerto.

—Si de algo sirve… lo siento —dice Julián, y sigue su camino, porque teme que el sentimiento no sea del todo real.

Dobla en la esquina y, apenas lo hace, las calles se vuelven salvajes. Se pierde entre carteles de neón que anuncian mujeres que se desnudan por dinero. Apura el paso.

La primera vez que bajó del autobús para instalarse en la ciudad, la noche estaba igual de agitada.

Se sintió como Axl Rose en el video de Welcome to the Jungle, hasta que se acostumbró a esa amenaza invisible que te rodea con los brazos por las noches y que, por la mañana, levanta los anteojos de sol para sonreírle a la cámara como un chico rico de Beverly Hills.

Desde un dojo le llega el grito seco de estudiantes de karate. La fiebre que dejó el reestreno de Karate Kid todavía escala alto en el termómetro. Eso es mejor que meterse en un culto buscando lo que no te dieron en casa, ¿no?

Cruza la calle. Hollywood Hills le clava la mirada y le extiende una de sus tantas manos invisibles, pero Julián ignora el gesto.

Continúa caminando. Pasa frente a un videoclub con un póster de Independence Day pegado en la vidriera. Adentro, un televisor viejo escupe avances en VHS con el volumen bajo.

En la tienda de electrónica de la esquina, una fila de televisores transmite el mismo noticiero local. En uno de los aparatos, la imagen vibra levemente, como si la señal estuviera a punto de cortarse.

El conductor, traje gris claro y sonrisa tensa, habla con voz medida:

—…y en otras noticias, las autoridades investigan un nuevo crimen vinculado a la reciente ola satanista en la ciudad de Los Ángeles.

Las imágenes granuladas detrás del periodista muestran símbolos pintados en túneles, restos de velas en altares improvisados y miradas borrosas captadas por cámaras de seguridad. El resplandor azul de la pantalla tiñe la vereda, recortando a Julián como si él también formara parte de esas imágenes.

—Los reportes incluyen desapariciones, profanaciones y una serie de muertes sin explicación oficial. La última ocurrió en la casa de un contador, en el barrio de Florence…

El chico parpadea y la imagen en la televisión se congela. No quiere escuchar lo que sigue, y tampoco desea que el resto de la ciudad lo oiga.

Hollywood Hills, allá arriba, en Santa Mónica, lo sigue observando. Parece molesta: se ha cruzado de brazos.

—Dame un respiro —le dice, y por un instante algo en las colinas parece ceder. Una pizca de oscuridad se reduce a simples sombras, y Julián agradece con una media sonrisa.

Desde algún rincón le llegan los gritos desgarrados de un sin techo, pero Julián no se detiene.

«Seguro la policía se está ocupando de él», piensa, sin mirar.

Un grafiti en las paredes anuncia la segunda llegada de Anton LaVey, y Julián no puede estar más de acuerdo.

Detrás suyo, las sirenas se apagan de golpe, como si alguien hubiese cerrado una puerta invisible.

Pasa junto a una cabina de teléfono rota, donde alguien dejó colgado un zapato. Atraviesa un grupo de skaters que lo ignoran por completo. Por sus caras, van drogados hasta el séptimo cuerpo.

A la vuelta de un sex shop con vidrieras oscuras y luces parpadeantes, encuentra a una mujer sentada en el piso, vendiéndose. No lo mira. Él tampoco lo hace, pero llega a olerla.

—Demasiado sexo por esta noche, princesa —suelta, y la mujer le enseña el dedo medio mientras el chico ríe como si estuviera embrujado. Si no llega pronto a casa, será uno más de los pequeños demonios que andan sueltos en las calles.

El ruido del tráfico le zumba en los oídos. Se detiene junto al semáforo y levanta la mirada. A través de la ventana del edificio de enfrente, alcanza a ver lo que pasa dentro de un departamento: una mujer le mete algo por el culo a un tipo.

La ciudad, definitivamente, está descontrolada.

Hollywood Hills sigue ahí arriba, mirándolo todo como un dios enfermo. El semáforo cambia a verde, y Julián cruza. Pasa por debajo del edificio y le parece escuchar los gemidos del hombre y algo que suena a bofetada.

Llega a la esquina de Reno Street y ve el cartel de madera tallada que cuelga sobre una puerta angosta:

MYSTIC SOUL

Libros. Talismanes. Lecturas.

Mete la llave en la cerradura y jura que escucha pasos detrás.

Hace girar la llave y alguien empieza a correr, como si intentara alcanzarlo.

Empuja la puerta, hace sonar la campanilla del marco y entra.

Se asoma contra el vidrio para ver a su perseguidor, pero no encuentra a nadie.

En su cabeza, Hollywood Hills se encoge de hombros.

Respira hondo. Adentro se siente bien.

El aire huele a sándalo y a papel antiguo: una mezcla suave, reconfortante, como volver a un recuerdo feliz. La luz es tenue pero amable, como si el lugar supiera cuidarlo del mundo de afuera.

El Mystic Soul es su refugio.

Sube las escaleras rumbo al cuarto que la mujer le alquila.

Al llegar al piso superior, se detiene: debajo de la puerta de la habitación de Fontaine, una luz palpitante indica que la mujer debe de estar entregada a algún ritual de velomancia.

Julián se apena. Le habría venido bien un masaje tántrico mezclado con ese toque chamánico y los movimientos ocultos que la mujer aprendió de algún masón en Francia.

Entra a su habitación y cierra la puerta con suavidad.

Se quita el abrigo y se sienta junto a la ventana. Desde allí observa cómo, afuera, la ciudad arde con sus luces y susurros prohibidos.

Aleister, el gato de Madame Fontaine, maúlla desde la cama y Julián se sobresalta.

—Casi me matás del susto —se queja en argentino, y el animal inclina la cabeza como si entendiera. Maúlla otra vez, con aires de reproche.

El gato salta de la cama y se marcha por la ventana sin siquiera saludarlo.

Julián asoma la cabeza para seguir el trayecto del animal, pero no logra verlo.

La ciudad respira con un jadeo ronco, pesado, como el de una bestia en celo que nunca descansa.

Los autos gruñen en las avenidas, las luces de neón titilan como párpados drogados y, allá arriba, las colinas miran con su eterna cara de póker, mientras Jeremías, el mesías del barrio viejo, se eleva hasta el planeta Saturno.

Enciende su equipo de música y pone una de sus canciones favoritas del momento: The Last to Know, de Faith No More.

Se recuesta sobre la cama, y el techo le devuelve una mirada dura, pero él ya está acostumbrado.

—¿Y ahora? ¿Cómo sigue todo esto? —pregunta una de las sombras, haciendo girar la llave del Cadillac entre los dedos.

—No tengo la más puta idea —responde.

Se acomoda de costado, con el hombro derecho hacia el techo. Son más de las doce; quizás las tres: la hora en que siempre pasa algo malo en las películas de terror.