4 . LA MASCARA DE SANGRE
El desierto arde, pero adentro de la Madriguera hace frío. Un frío seco, como de subsuelo o de tumba.
Los alumnos esperan a que les asignen la prueba que los hará miembro del Culto. Esperan vendados, y aislados uno de los otros. Salvo dos: Julián y Sophia.
Tuvia se detiene frente a ellos dos y los hace arrodillar sobre el suelo de piedra. Ambos bajan la cabeza. Sophia por temor, Julián porque intuye que debe hacerlo. No presta atención. Hay alguien entre las sombras que lo observa, y eso lo pone nervioso.
El viejo sostiene un costal de arpillera que a Julián le recuerda al que usaba Jason en Friday the 13th: Part 2. No necesita mirar a Sophia para saber que está aterrada.
—La prueba —dice Tuvia con voz hueca— es simple.
Deja caer el costal entre los dos y snap, un chasquido de dedos. Los sentidos del chico quedan alienados, todos a disposición de algo que viene de afuera, algo que no es de él.
Se ve a sí mismo —claro que se ve—, pero está lejos de su cuerpo. La parte que se mueve ya no responde a su cerebro.
La puerta está abierta, y las mariposas entran todas juntas: torpes, ruidosas. Oh, Dios... cuánto ruido.
—Debes entrar a esta casa en Florence. —Le muestra una foto del lugar con la dirección—. Una vez adentro, matarás a todos los ocupantes: hombre, mujer, dos niños...
Tuvia se detiene, guarda algo para sus entrañas. De todas formas, no importa. Julián entiende. Dice a todo que sí y observa con sus enormes ojos. La chica en cambio, contiene la respiración.
‹‹Concéntrate, Sophia, concéntrate››, reprende una voz en su mente. No es de Tuvia ni de Julián. Es del que observa desde las sombras.
El chico parece captar algo, y por un segundo desvía la mirada de la foto.
—Julián —dice Tuvia, para llamar su atención. Entonces, snap, y su cuerpo se relaja. Vuelve a ser de él.
Siente que estuvo fuera. Recuerda cosas vagas: que deben ir a una casa en Florence y liberar a una familia. La palabra liberar fue puesta en su cabeza, porque no la piensa con su voz.
—¿Qué estás dispuesto a hacer para lograr el éxito? —pregunta el viejo. Los ojos le brillan con el fuego de las velas.
—¿Ustedes pueden hacerme exitoso?
—Nosotros no, Argentum... solo tú puedes hacerlo —dice, y señala el hacha apoyada contra la pared de roca.
Julián se pone de pie, y el anciano no lo detiene.
En las sombras, el que observa no le quita la vista de encima.
El chico camina despacio, gira para mirar a Sophia —que está peor que nunca—, y vuelve hacia el hacha.
Piensa en el éxito, y siente que esa necesidad no es del todo suya. ¿Otra vez una palabra puesta en su cabeza?
Extiende las manos, como si el hacha lo reclamara. Parece dudar.
Tuvia se prepara para chasquear los dedos, pero Julián toma el hacha y la aprieta entre sus manos.
A Sophia se le rompe el corazón.
—Cuando Julián libere esas almas, te toca a ti hacer tu parte, Sophia. —Le clava la mirada—. Tomarás el cuerpo del niño y lo dividirás en partes, tal como se te ha enseñado.
—El cuerpo es un microcosmos —murmura la chica, conteniendo las lágrimas.
Julián sostiene otra fotografía: los que deben ser liberados.
El padre de familia es un hombre de más de cincuenta, con hombros caídos y porte de contador. La sonrisa tenue parece artificial; solo posa para la foto.
Su esposa, una mujer que se mantiene en forma a pesar de la edad y que seguramente fue miss algo en su juventud, sonríe de forma honesta.
El sol dibuja hexágonos de colores que emergen de su cabellera rubia. Verlos juntos desentona, pero así son las cosas.
Cuando sus ojos llegan a los hijos del matrimonio, corre la mirada hacia Tuvia.
—Se hará entonces —dice con voz firme.
Tuvia se les acerca, observa el hacha y luego a Julián. El joven le sostiene la mirada hasta que el viejo asiente con la cabeza.
Se aleja sin decir una palabra.
Sophia agarra el costal con manos temblorosas y lo guarda bajo el abrigo. Mira a Julián, pero él no le devuelve la mirada: está perdido en el filo del hacha. Sabe lo que significa la palabra liberar. En otro contexto sería algo bueno, pero lo que tiene que hacer no es bueno.
Y entonces, ¿por qué lo hará? Porque alguien puso cosas en su cabeza. Pero no hay quejas. Cosas buenas le pasarán, incluso si no hace cosas buenas. No, no es justo, pero así son las cosas.
El Cadillac esta aparcado a metros de la casa. Julián envuelve el volante con ambas manos.
Sophia lo mira en silencio.
“¿Qué estás dispuesto a hacer para lograr el éxito?”
No, no es éxito lo que busca. Es otra cosa. Algo más profundo.
Pero ¿qué?
—Yo entro primero —dice Julián.
—No, entramos juntos —responde Sophia, tocándole el hombro. Recuerda una broma que solía hacerle un amigo en Argentina. No es momento.
Julián la mira —por primera vez en toda la noche— y ve convicción. Frágil, pero ahí está, debajo de esa gran capa de miedo.
—Está bien. Pero no te separes de mí —advierte.
Ella asiente.
Se bajan del auto sin hacer ruido. A lo lejos, un animal aúlla. Perro o coyote —da lo mismo—, la compañía es reconfortante.
Clava la vista en el hacha. ‹‹¿Estás de acuerdo con esto?›› Interferencia en sus pensamientos, como si estuviera dentro de un túnel, de esos que atraviesan montañas. ¿Existe eso acaso? La vida después de la muerte.
El hacha le pesa como le pesa su pasado. ‹‹Es curioso››, piensa, ‹‹entre pesado y pasado la diferencia es solo una letra››. Entonces ríe, y la pena por ese gesto es un snap junto a la sien.
Sophia frunce el entrecejo; le cruza el camino.
—¿Qué pasa?
—Yo… —intenta llegar a una oración, algo que no sea un monosílabo, pero las mariposas aletean cerca de sus pensamientos. Demasiado cerca. Mucho ruido.—Nada. Sigamos.
Cuando está en trance, no hay sujeto ni predicado.
Ella asiente en silencio y avanza.
Llegan al frente de la casa. Es como verla de nuevo en la foto: rejas metálicas negras, paredes de estuco, tejas oscuras y livianas. Barata, fácil de mantener, resistente al clima seco.
La típica vivienda de la clase trabajadora del sur de California.
El silencio de la casa es tan espeso que se puede cortar con un cuchillo. O con un hacha.
No le vendría mal algo de música. Algo que cubra el sonido de las mariposas.
Entra primero, empujando la puerta con la punta del hacha, mientras Sophia lo sigue en puntas de pies, apenas respirando.
La madera cruje bajo sus pasos. Hay olor a encierro, a sopa vieja, a perfume de ambiente rancio. En el recibidor cuelga una foto familiar: madre, padre, dos niños.
La misma foto que les mostró el viejo, observa Julián, y entonces Tuvia el de las tres caras se les aparece justo enfrente.
—Un chico con el alma de plata —dice con voz pacífica—. Eso me dijeron las voces, y desde entonces, te he preparado.
Sophia mira a Julián desencajada. No entiende nada.
El viejo abre un pequeño mueble, extrae un recipiente dorado y lo coloca delante de él. Luego se pone de rodillas, extiende los brazos hacia los costados y baja la mirada en señal de reverencia.
Otro snap, pero no es Tuvia. Es alguien más. Las mariposas dejan de aletear. Los pensamientos llegan al resto de su cuerpo.
—¿Podrás hacerlo sin ayuda? —lo apresura Tuvia.
—Ahora entiendo lo de las tres caras —dice—. Eres un profeta.
Tuvia asiente y guiña un ojo.
—Entonces la prueba consistía en ver si éramos capaces —señala Sophia, y respira aliviada.
—Y creo en una tierra madre de todos —comienza a recitar el viejo, y el que espía en la Madriguera dibuja una sonrisa en la oscuridad—, y en un útero en el cual todos los hombres son engendrados…
Julián mira el hacha; sus manos la rodean con fuerza.
—Abuelo —llama uno de los niños desde algún lugar lejano. Sophia fija la vista en la pared, como si pudiera ver más allá.
Julián alza el hacha por encima de su cabeza, con ambas manos. La chica lo sigue con la mirada. Tuvia no levanta la vista; continua recitando la oración.
—Misterios de misterios, su nombre es… —murmura, y alza la cabeza hacia Julián.
—… Babalon —completa el chico. Y ejecuta.
¡CHAK!
La cabeza del viejo se parte en dos sin oponer resistencia, y la sangre cubre el rostro de Julián.
La prueba ha comenzado.
Julián se limpia los ojos. Ahora parece llevar una máscara roja, con aberturas para ver.
Sophia se queda inmóvil. Mira cómo el joven avanza hasta perderlo de vista. Siente que el frío se expande por toda la casa; le quema los huesos. El frío viene de Julián.
Un grito.
La mujer —la miss algo— ya lo vio.
Algo se arrastra, se rompe, se hunde.
Un crujido húmedo.
El sonido pegajoso de algo que se revienta por dentro.
Después, un chillido. Breve. Cortado.
Y luego… silencio.
Sophia tiembla. No puede moverse.
La casa entera parece contener el aliento.
Pasos bajan por las escaleras.
El padre de familia —el contador— escuchó el grito de su esposa. Se mueve atolondrado, desarmado. Ni siquiera lleva el bate de baseball de su hijo.
Sophia corre hacia Julián, esquivando el cuerpo de Tuvia, que sigue de rodillas, vertiendo su sangre sobre el recipiente en el suelo.
El contador observa a su mujer, desparramada con la cabeza abierta y la cabellera rubia teñida de rojo. La mirada se le deforma. La boca se le expande en un grito que no sale; solo aire, apenas un silbido agudo.
Julián le clava el hacha en el abdomen, justo en la curva blanda de su panza. El filo se hunde con un sonido amortiguado, pegajoso. El hombre lo mira, confundido, como si le preguntara, sin palabras: ¿Qué estás haciendo?
La respuesta llega con otro hachazo.
Esta vez, en el centro del rostro. Justo entre los ojos.
El cráneo cruje. La cara se le abre, y Julián cree ver algo dentro, entre la sangre y el hueso: a él mismo. Se espanta, pero no puede detenerse, porque lo contrario a parar sería el aleteo sordo y febril de las mariposas.
El contador cae de lado, pesadamente, y se desploma junto al cuerpo de su esposa.
Ahí queda el matrimonio: juntos en el piso, hundidos en el mismo charco de sangre.
Una luz parpadea en el pasillo.
Julián avanza como si supiera exactamente a dónde va.
Como si algo —o alguien— lo estuviera guiando.
Sophia lo sigue, sintiendo un peso invisible en los hombros.
—Abuelo —vuelve a llamar el pequeño, con la misma voz tranquila de antes.
La primera puerta, a la derecha, está entornada.
Un resplandor débil se escapa por la rendija.
Un pequeño velador ilumina la mesa junto a la cama del niño que llama a Tuvia. A menos de un metro, el hermanito duerme con la boca abierta. Julián los observa. Respira profundo.
Sabe que él no es el elegido.
—Julián… —balbucea Sophia, pero él ya cerró los ojos. Se prepara para hacer lo que tiene que hacer.
“¿Qué estás dispuesto a hacer para lograr el éxito?”
—¡Que no es éxito! —grita.
Despierta al niño. Se miran sin decir nada.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunta con auténtica curiosidad.
Julián se acerca a la cama del que está dormido. Levanta el hacha y Sophia sostiene el aliento, paralizada.
El hacha baja.
¡CHAK!
Se clava en el vientre del niño. Todavía dormido, se endereza por la mitad, como si lo llamaran para desayunar.
La sangre tiñe el empapelado infantil; dinosaurios y planetas Saturnos ahora bañados en rojo.
Sophia se tapa la boca. Quiere correr. No puede.
Julián gira hacia el otro niño, al que no deben dañarle la cabeza. Levanta el hacha una vez más. El rostro de Julián, cubierto de la sangre de Tuvia, se muestra inaccesible. No parpadea. En sus ojos, dos espirales de fuego dan vueltas y vueltas.
La chica no puede soportar lo que viene. Se cubre los ojos y las lágrimas rebalsan entre sus dedos. Quisiera arrancarse los oídos para no escuchar lo próximo, pero no puede. ¿Dónde están las mariposas cuando se las necesita?
El hacha vuelve a bajar.
¡CHAK!
El sonido de hueso astillado se confunde con una ovación muda.
La casa entera parece aplaudir con las paredes, con los techos, con cada grieta que exhala humedad.
Sophia deja de cubrirse los ojos. Hay sangre en las paredes, en la alfombra, en sus zapatillas.
Julián respira con fuerza. Se apoya contra el marco de la puerta, como si el cuerpo le pesara el doble.
—Lo hiciste… —susurra Sophia, con los ojos bien abiertos—, pasaste la prueba.
—Yo… ¿lo hice? —dice Julián, confundido. Mariposas.
Sophia asiente, no sin antes liberar unos espasmos breves que recorren su espalda.
Recuerda lo que aprendió: que el cuerpo es un microcosmos; el pentagrama invertido; la cabra. Ruega por un snap, como si el que ve desde la Madriguera también escuchara, y cumple su deseo. Las mariposas llegan como lluvia después de un verano de sequía.
Extiende la mano, pidiendo el hacha. Julián se la entrega sin decir nada. El mango está pegajoso, cubierto con la sangre de los cuerpos sin vida.
Las víctimas.
La familia.
Se acerca. Coloca al niño con cuidado al borde de la cama y lo baja lentamente. La alfombra se ahoga con la sangre, y el pijama de algodón verde se empapa, se tiñe, se transforma.
Julián observa, al igual que el que está en las sombras, lejos, en la Madriguera.
Sophia se arrodilla. Respira hondo.
Cuenta las mariposas: dos, cuatro y cinco.
Y comienza.
Miembro por miembro.
La cabeza —templo del alma y de la mente, el cuadrante que nunca debe profanarse— queda intacta. No la toca. No la roza.
Los brazos —símbolos de acción y de vínculo, el cuadrante del alma encarnada— los separa con un cuidado reverente. Hundiendo el filo del hacha, primero en uno, luego en el otro. La sangre mana de las heridas abiertas, pero no se detiene.
Las piernas —raíces del camino, el cuadrante del espíritu que sostiene el avance humano— también son tomadas y separadas con un corte limpio. Se deslizan con un chasquido húmedo.
Queda el torso.
El núcleo.
Donde convergen los cuatro cuadrantes.
Sophia apoya la mano sobre él, cerrando el círculo.
—Gracias —susurra.
Las lágrimas le parten la cara.
Está rota; quebrada para siempre.
El sacrificio está completo.
Toma la cabeza del niño con ambas manos. Dos mariposas se posan a los costados: una en cada oreja. El niño le sonríe y le dice que todo está bien, que él entiende y que la perdona.
La deposita con cuidado dentro del costal, como si fuera algo sagrado. Julián se acerca por detrás y la rodea con los brazos.
Siente que vuelve de algún lugar de afuera. ¿En verdad lo siente o es un autoengaño?
La chica se levanta y también lo abraza.
Julián no mira la alfombra, esquiva las paredes y el espejo.
Todo esto por el éxito.
No, no es por el éxito. Al fin lo entiende.
Lo que busca —al final de todo— es esa aceptación que sólo nace cuando alguien te ama.
Menea la cabeza: para él no hay mariposas volando. Pero se miente, finge escucharlas también.
Y así se quedan los dos:
Sin decir una palabra. Mirando; mirando cómo la casa, antes llena de vida, ahora solo guarda fantasmas.