El Culto 3 . BLACK
42%

3 . BLACK

Es el Día de los Muertos de 1996. Julián y Sophia toman algunas cervezas y escuchan No Code, el nuevo álbum de Pearl Jam, sentados sobre el capot del Cadillac. Ella se lo grabó en casete, y desde entonces no ha dejado de escucharlo.

La ciudad se ha vuelto aburrida con la muerte del grunge, y el punk parece demasiado amistoso como para hacerle sentir algo.

En la televisión todavía hablan de O. J. Simpson, y The X-Files está pegando fuerte entre las mentes curiosas, pero para Julián nada supera a Twin Peaks. David Lynch abrió una puerta que nadie supo volver a cerrar.

A veces se pregunta si el agente Cooper sigue ahí adentro, atrapado en la Logia Negra.

Y si alguna vez logrará salir.

En la distancia, el desierto de Arizona se extiende como un océano inmóvil, rojo y dorado bajo el último sol. El viento levanta polvo y hace vibrar la antena del auto.

—Mi papá me hacía prepararle comida para llevar a la tumba de mi abuela —confiesa la chica, y le da un sorbo largo a su botella.

—No sabía que tenías familia mexicana.

—Mi abuelo era de Tijuana —responde, y le pasa la botella.

—Me hubiera gustado tener alguna tradición.

—¿Cuántos años tenías cuando quedaste huérfano?

—Siete… —responde, contemplativo. Enciende un cigarrillo.

—¿Quién te cuidó después?

—Mi abuela… Las cosas no funcionaron. Me fui ni bien cumplí los dieciocho.

Se acuesta sobre el parabrisas y cruza los brazos detrás de la cabeza. Ella se apoya en su pecho; siente el latido de su corazón y, por un momento, tiene miedo, porque el sonido le recuerda a las mariposas. Se retira abruptamente. Julián se incorpora también.

—¿Qué te pasa?

—Nada. ¿Me das un cigarrillo?

Julián busca el paquete en su bolsillo, lo agita hasta que el filtro se asoma por la abertura, y la chica toma uno. Se lo lleva a la boca y espera que él le dé fuego. Sin embargo, no lo hace. Se la queda viendo con el encendedor detenido a medio camino entre los dos

—¿Qué te asusta? —le pregunta.

Ella se corre el pelo detrás de la oreja, le esquiva la mirada.

—Nada —repite, y le arranca el encendedor de la mano.

Él no vuelve a preguntar; tampoco hace falta.

Las cosas entre ellos no han ido bien en este último tiempo.

Cada vez que él intenta acercarse, ella se aleja.

Parece temerosa todo el tiempo, como si alguien —o algo— la persiguiera.

Por las marcas en sus brazos, Julián sospecha que ella se volvió adicta a la heroína.

Es eso, o alguien le está haciendo daño.

En unos meses los espera la prueba que el Culto exige para entrar. Después de años siendo solo alumnos, ser miembros es algo que los entusiasma, o al menos eso parecía. Pero Sophia está tan ida que Julián teme que no logre superarla y deba volver con su familia. Y entonces sí, dejaría de verla.

¿En qué momento se fue todo a la mierda? Él lo sabe. Desde el Año Nuevo pasado, desde aquella meditación. Tuvia insiste en que solo fue una sesión más, quizá un poco más profunda, pero él sabe que miente. Solo que ya es tarde.

—Todavía la veo —dice Sophia de repente.

—¿A quién?

—Al fantasma de Peg Entwistle —confiesa, con la mirada perdida en algún punto de la distancia—. Tiene el cabello rubio, y siempre está triste.

—Dijiste que un conocido la había visto, no que tú...

—Ah... ¿eso dije?

—Sí.

El casete de Pearl Jam terminó hace algunos minutos. El aullido de un coyote, a lo lejos, llega para rescatarlo del silencio incómodo.

—Voy a regar ese cactus y nos vamos —bromea, pero ella no responde. Sigue con la mirada perdida en la nada.

Desde la distancia, él la contempla. Recuerda su cuerpo desnudo y empapado de sudor febril girando, buscando mariposas invisibles.

Todo se fue a la mierda. Todo. Se sacude y sube el cierre con cuidado. Además del whisky, tiene algunas cervezas encima.

—Listo, ya podemos irnos —avisa, mientras busca las llaves del auto.

Lo prudente sería esperar a que el mareo se le pase un poco, pero la situación con la chica no da para más.

Además, Madame Fontaine lo espera para practicar la magia sexual; según ella, ayudará a Julián a comprender mejor el Tarot de Thoth.

¿Se siente abusado por Madame Fontaine? Tal vez. Pero no se queja. La mujer sabe moverse.

—No quiero irme.

Sophia mira a ambos lados.

—Pero ya es tarde, y no tenemos abrigo para pasar la noche. Si te preocupa que choquemos…

—No, no quiero irme de este plano —dice, y se lanza a los brazos de Julián.

Al principio, él no sabe cómo reaccionar.

Luego la abraza. Todo eso lo incomoda. Se siente egoísta, porque cuando estaba bien con la chica —cuando no veía mariposas por todos lados— la buscaba como un niño corriendo detrás de su madre.

Pero ahora solo piensa en dejarla en su casa y volver con Fontaine… y el gato.

—Todo va a estar bien a partir de ahora —le miente a la chica.

Sophia se aprieta los párpados con ambas manos. Espera a que la vista se le aclare para buscar algo que solo ella puede ver.

—¿Me lo prometes? —insiste, mirándolo a los ojos.

—Sí… —murmura él.

La sostiene, pero siente el peso del cansancio y la incomodidad; tiene ganas de irse, de escapar de todo esto.

—Todo va a estar bien —repite.

Sophia se acomoda entre sus brazos. Julián le observa el cabello; la forma en que el remolino le surca la cabeza y hace que todo gire como si fuera un espiral.

El Cadillac se desliza por la ruta como un animal cansado.

La noche cae rápido en el desierto.

Sophia murmura algo entre sueños, y Julián baja el volumen de la música para escuchar, pero la chica no dice nada más.

Vuelve a subir el volumen justo a tiempo para escuchar a Eddie Vedder cantar que el conocimiento crece como un árbol. Julián piensa en el árbol cabalista y asiente para sí mismo.

Está cansado. Muy cansado.

Sophia se gira de costado en el asiento, todavía dormida. Tiene apenas la boca entreabierta. La respiración le sale lenta, casi imperceptible.

Por un momento parece tranquila.

Como si nada la estuviera persiguiendo.

Julián mantiene la vista en la ruta, pero de reojo no deja de observarla Se lleva un cigarrillo a los labios y busca el encendedor en el bolsillo. Lo hace girar entre los dedos y acciona la rueda.

La llama apenas alcanza a nacer.

Entonces lo ve.

Una mariposa oscura se desliza de los labios de Sophia, como si hubiera estado escondida dentro de ella. Sus alas tiemblan un segundo en el aire espeso del auto.

Julián se queda congelado, el encendedor suspendido frente al cigarrillo.

La mariposa empieza a revolotear dentro del Cadillac.

—¿Qué carajo…?

Con el cigarrillo colgándole de los labios, baja la ventanilla con un movimiento brusco. El viento del desierto entra de golpe.

La mariposa da un par de vueltas más dentro del auto, desorientada, hasta que encuentra la abertura y desaparece en la noche.

Julián la sigue con la mirada por el espejo retrovisor, hasta que la oscuridad se la traga.

—Que afortunada —la nostalgia le cubre la voz.

Vuelve la vista sobre el camino, rogando encontrar algún búfalo que no quiera correrse. Si… que solo se quede quieto, y le permita estrellarse contra su cuerpo peludo, y lleno de estiércol.