2 . HYPNOZ
El sol cae sobre Los Ángeles como un líquido dorado que se derrama entre los edificios.
Es 1994, y Julián conduce el Cadillac por Sunset Boulevard, Sophia a su lado, el cabello atrapando los últimos rayos de la tarde.
Las luces de neón comienzan a encenderse, tímidas, anunciando que la ciudad nunca duerme.
El tráfico avanza lento, mientras skaters cruzan las calles y turistas con cámaras capturan cada mural psicodélico que se les cruza en el camino. En Sunset Strip, un músico callejero toca The Man Who Sold the World, pero la versión de Nirvana, porque todavía resuena el eco de la muerte de Cobain
Aparcan frente al canal de Venice. Sophia desciende del auto y respira la brisa salada.
Los patinadores giran y saltan sobre rampas improvisadas, los perros corren descontrolados, y los murales gritan colores imposibles.
Julián observa la escena: sus ojos captan cada detalle como si fueran runas, símbolos que solo él puede leer gracias a las enseñanzas de Madame Fontaine.
—¿Y esto… es magia también? —pregunta Sophia, señalando a un hombre que pinta un mural que parece moverse.
—Depende de lo que quieras ver —responde Julián—. Algunos llaman a eso arte…
—¿Y tú? ¿Cómo lo llamas?
El chico ladea la cabeza, siguiendo la dirección de los colores y las formas de la pintura.
—Yo lo llamo conjuro —Responde, y mueve la cabeza en señal de que lo siga.
Se detienen en un café callejero. Pósters de películas como In the Mouth of Madness y la maldita The Crow cubren las paredes, mientras pequeñas estatuillas de Buda se alinean sobre las repisas. Julián pide dos cafés.
Sophia contempla el paisaje; un escalofrío le recorre la espalda sin razón.
—Los Ángeles tiene algo que no sé si me gusta o me asusta —dice, girando la taza entre los dedos.
—Para mí es un vampiro gigante. Con largos colmillos, esperando por cada uno de nosotros.
Julián levanta los brazos encorvados y enseña los dientes en una mueca ridícula.
Ella le devuelve una sonrisa que lo entristece; se siente un idiota. Pero lo disimula bien. Muy bien.
Se pierden por calles secundarias. Entran a una tienda de vinilos donde suena Place to Be, de Nick Drake. Sophia busca entre las pilas de discos uno que sabe le gustará a Julián. Lo encuentra, sonríe y le paga al dueño del local, un veterano de la guerra de Vietnam al que apodan coronel Kurtz.
Julián, distraído con algunos discos de los Ramones, no ve a Sophia acercarse por detrás. Ella lo rodea con el brazo derecho. Él se gira, y ella le entrega el regalo: Rebel Yell, de Billy Idol.
La abraza como nunca abrazó a nadie, mientras Drake canta por los parlantes que es más débil que el color azul claro por necesitarla.
Antes de volver al auto, Julián le muestra un callejón donde los grafitis forman un mapa simbólico de la ciudad: ojos, espirales, cruces invertidas. Sophia lo sigue con fascinación, casi como si caminara dentro de un sueño.
—¿Quién es Anton LaVey? —pregunta ella, señalando un grabado en la pared.
—Solo otro más de ustedes… —responde Julián.
Administra la respuesta, porque al igual que ocurre con Charles Manson, hablar de LaVey no lleva a ningún lugar.
Se detienen junto al Cadillac de Julián. Sophia clava la mirada en las colinas de Santa Mónica; parece hipnotizada por el cartel de Hollywood.
—¿Desde la letra H saltó esa actriz?
—Peg Entwistle, sí —afirma Julián.
—Conozco a alguien que vio su fantasma…
—¿Sí? —pregunta Julián, distraído; busca las llaves del auto.
—¿Alguna vez viste uno?
—¿A un fantasma? No. Vi algo peor… su cadáver —dice, mientras agita, victorioso, las llaves del Cadillac.
La chica lo mira entre fascinada y perturbada. En estos meses descubrió que Julián es algo más que un chico pobre de Argentina. Tiene encanto… y una necesidad temeraria de triunfar.
A veces se pregunta de qué sería capaz con tal de conseguir lo que busca. No lo ve como algo malo; al contrario, piensa que eso es tener valor.
Ella, en cambio, no. Si no lograra superar la prueba que exige el Culto para iniciarse, y ser parte de lo que vendrá, de lo que prometen, tendría que volver con sus padres. No podría soportarlo.
Ese pensamiento la hace volver la vista hacia la enorme letra H del cartel… y un pensamiento peligroso se le cruza por la cabeza.
Julián destraba las puertas, y el clic trae de vuelta a la chica. El joven le abre la puerta y deja el vinilo en el asiento de atrás.
Pone en marcha el auto. La vibración del motor le provoca un cosquilleo placentero en la entrepierna. Enciende la radio, y Midlife Crisis, de Faith No More, se cuela por los parlantes.
Julián asiente: la canción perfecta para recorrer la noche de Los Ángeles, con esa nota fantasmal en la guitarra de Jim Martin y la voz enlatada de Mike Patton.
Sophia se apoya en la ventana. El viento le mueve el cabello, y en el reflejo del espejo ve el cartel de Hollywood iluminado.
Se detiene en la gran H y menea la cabeza.
Prefiere disfrutar del recorrido, y de Julián, que canta a viva voz la canción de Faith No More.
Sonríe; como cantante —reflexiona—, es muy buen escritor.
La década se parte a la mitad, y afuera la noche se tiñe de fuegos artificiales y embriaguez festiva.
Julián observa todo desde el Mystic Soul, la tienda esotérica donde trabaja. Madame Fontaine le enseña el tarot de Thoth, de Aleister Crowley. La mujer lo consiguió en una librería de ocultismo a muy buen precio y, apenas lo vio, pensó en el chico.
Él ya sabe bastante de mancias y de hechizos de emergencia: desde cómo sellar una energía hasta cómo aliviar el dolor menstrual.
—Pero si yo no menstruo —se quejó en aquella ocasión.
—Por si alguna vez te dedicas a esto —respondió Madame Fontaine, con media sonrisa.
Le muestra la carta del Hierofante.
—Decime qué ves...
Julián observa detenidamente la imagen. Examina los detalles en la ilustración, lo que Crowley quiso transmitir.
—Veo a un maestro.
—¿Y qué te enseña?
—A odiar...
La mujer levanta la carta para observarla.
—Este es Melquisedec, el que no tiene principio ni final, y el que inicio la orden sacerdotal —dice, sosteniendo el naipe a la altura del rostro—.
El odio es reconocer nuestros límites. Y la contracara de esta carta, mi querido Julien, es el Diablo: el verdadero maestro —agrega, sin revelar el porqué.
El gato de la mujer, Aleister —porque no existen las coincidencias— se sube al mostrador, e interrumpe la lección. Fontaine lo agarra y lo alza en el aire. Los ojos del animal son dorados, y debajo de las luces, parecen brillar.
Julián le sonríe. Aleister maúlla como si intentara advertirle que olvida algo. Revisa la hora en su reloj: casi la una de la madrugada.
—Ya me tengo que ir.
—¿Ya? —se queja Madame Fontaine, con un dejo de desilusión.
—Sí, lo siento, tengo que...
—Qué lástima. Es un buen momento para el rito de unión, Julien. Es un año cinco en todos sus extremos.
El chico piensa en el cinco, y en la carta del Hierofante. No, no existen las casualidades.
—Es cinco todo el año —bromea Julián. Se despide con un beso en la mejilla, recoge su abrigo y se va, sin escuchar el último maullido del gato. Algún día descubrirá que no era un recordatorio, sino una advertencia. Algún día, quizás.
La orden de Tuvia fue que debían ir a pie, y Julián la cumple. En el trayecto se cruza con algunos jóvenes ebrios y drogados, residuos tambaleantes de lo que el Año Nuevo dejó.
Llega a tiempo al parque de San Pedro, donde fue convocado.
El camino es oscuro y lleno de ruidos lejanos, pero logra ver las luces de las velas que Tuvia ha colocado afuera de la casa abandonada que hay en el lugar.
El aire huele a cera derretida y tierra húmeda.
Los demás están afuera, vestidos con sus túnicas negras, en fila, esperando a que el viejo se asome para comenzar lo que sea que tenga preparado para esa noche.
Busca a Sophia y la encuentra a un costado, fumando. La saluda con la cabeza, pero la chica no responde. Hay preocupación en su rostro. Intenta acercarse, pero uno de los discípulos le entrega la túnica que le corresponde. Julián advierte que todavía lleva puesta su ropa de calle.
—Entren —ordena Tuvia.
El interior de la casa es húmedo y el aroma a incienso lo cubre todo. Las velas titilan sobre la imagen de un encapuchado junto a un gong; su sombra late contra la pared de concreto.
Los discípulos del Culto se acomodan en el suelo, formando un círculo cerrado.
—Esta noche avanzaremos con la meditación que los cabalistas llaman Da’at. Puede que se sientan extraños al principio, pero es normal —advierte Tuvia.
Se acomoda en el centro del círculo, el gong detrás de él. Cierra los ojos y eleva las manos.
—Visualicen el Árbol —dice con voz baja pero firme—. Asciendan desde el Reino de la Materia. Sientan cómo el peso de sus cuerpos se desvanece.
Su tono se vuelve hipnótico, casi paternal.
—Ahora crucen los Fundamentos, donde todo es reflejo. Pasen por la Belleza del Rostro del Hijo, donde el sol y la luna se encuentran… y sigan hasta el Vacío.
El aire cambia. Algunos respiran con dificultad. Suena el gong: un golpe seco que parece venir desde dentro de la tierra.
—En el Vacío no hay forma ni palabra —susurra—. Solo el conocimiento que disuelve la materia. Entren… y déjense borrar.
Otro golpe del gong retumba, y la temperatura cae casi a bajo cero. Julián siente cómo su voluntad se afloja. Su rostro se vuelve agua; no puede contenerlo. En el Vacío, las palabras del viejo entran sin resistencia.
Entonces, Tuvia chasquea los dedos; un ancla simbólica, impresa en el punto máximo de la desintegración de yo. La puerta por la que se fue la voluntad de los alumnos queda abierta, y Tuvia aprovecha para comenzar el verdadero ritual.
Toma el Libro del Hombre Muerto y comienza a recitar:
—En la fuente no hay agua, solo dolor.
Repite:
—En la fuente no hay agua, solo dolor.
Las imágenes se proyectan en las mentes de todos. El trauma despierta. El trauma que nunca se va.
Julián vuelve a ver a su padre, rojo de vino y de sangre, y a su madre aferrada al hacha, riendo como nunca antes.
Su cara es una mueca desencajada, y su mirada...
Oh, Dios, no dejes que me vea. Corre. Tropieza.
El suelo es carne, huesos, ojos; miles de ojos que lo juzgan, loco como su madre, borracho como su padre.
Pero él no es ninguno de los dos. Él es algo más, algo mucho mejor. Él es…
—Eres el hacha, Julian —susurra una voz desde algún rincón oscuro. —El hacha —repite.
Chasquido de dedos. Despierta.
Está desorientado. Igual que los demás. Nadie recuerda cómo llegaron a la Madriguera, ni por qué se desmayaron. Tuvia les ofrece agua y explica que estaban meditando, que de pronto todos se durmieron. “Una meditación poderosa”, asegura.
Pero Julián ya no lo escucha. Busca a Sophia. No la encuentra.
Se levanta y camina por la cueva. Tuvia lo sigue con la mirada, sin intervenir; mientras, les explica cómo salieron del bosque caminando sonámbulos, guiados por las voces del Vacío. Finge orgullo… y otras cosas.
Lo que ellos no saben es que, en realidad, han sido anclados al Culto: al oír un chasquido de dedos, la obediencia será absoluta. Basta repetir el mismo sonido, en el mismo tono, para que, por un instante, todos estén dispuestos a ejecutar cualquier orden que se les indique sin oponer resistencia.
Cuando sale al exterior, el aire —el bendito aire— le aclara la cabeza. La noche está hermosa: fresca, sin estrellas. Afina la vista, y la ve a lo lejos. Sophia.
Corre hacia ella. A medida que se acerca, ve que está desnuda, y que se mueve como extraviada.
—Sophia… ¿qué te pasa? —pregunta, sin poder evitar el brillo de su cuerpo por el sudor y la luz de la luna. Es la primera vez que la ve sin ropa; su figura es hipnótica.
—¿Puedes verlas también? —pregunta la chica.
—¿Qué cosa?
Sophia enarca las cejas, desilusionada.
—A las mariposas, Julián. Miles de ellas volando sobre nuestras cabezas —dice, intentando atraparlas.
Pero Julián no ve nada; solo es testigo de cómo todo lo bueno que tuvo hasta ese momento se rompe con un hilo invisible de decadencia. Algo está por nacer de esta noche, algo que nadie podrá detener. Contiene la respiración y, por un instante, comprende que nada volverá a ser igual.