El Culto 1. UN BÚFALO EN EL CAMINO #2
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1. UN BÚFALO EN EL CAMINO #2

El silencio los acompaña todo el trayecto, hasta que Hollywood Hills se muestra a la distancia. Las luces del centro contaminan el cielo nocturno, y ellos respiran aliviados.

El café le sabe raro, y ella está callada. Él percibe algo, pero no llega a saberlo del todo. En la televisión, un periodista pregunta en las calles lo que todo el mundo quiere saber:

¿Quién mató a Laura Palmer?

Julián menea la cabeza, él prefiere el misterio.

—¿Todavía traumada por el viaje? —le pregunta a Sophia.

Ella sonríe, baja la mirada y juega con las migas de su muffin.

—¿Cómo es Argentina? —dice de la nada.

—¿En este momento? Una promesa rota…

—Suena triste, pero no estás triste.

Él sonríe con una expresión débil, como si se esforzara en demostrar que ya ha sanado esa herida, pero no lo logra.

—Aquí no es distinto; hay tantas grietas en la palabra libertad…

—La libertad es una mentira —corta en seco Julián, y dibuja un espiral con azúcar derramada sobre la mesa, que alcanza a borrar justo a tiempo, antes de que la mesera se acerque.

—¿Más café? —ofrece con la jarra en la mano y un cigarro humedecido entre los labios. La mujer carga con una mirada cansada, como quien ha visto a la vida cara a cara y decidió que no le agradan sus facciones.

Julián le sonríe, y la mujer le llena la taza; hace lo mismo con Sophia, a pesar de que ella ni siquiera le dirige la mirada.

—El café no es bueno, pero es gratis —admite Julián.

—Café gratis, pero tienes un Cadillac estacionado afuera.

—Se lo cambié a un actor de western retirado.

—¿A cambio de qué?

—A cambio de limpiarle la piscina y podar el césped.

—¿Solo por eso? —pregunta, arqueando las cejas.

—Sí. Era un hombre mayor, alguien que se estaba despojando de sus bienes.

La chica le dedica una sonrisa suave y pestañea de forma lenta, como siempre hace cuando quiere preguntar cosas que Julián no puede responder.

—¿Cómo entraste al Culto?

—Me la veía venir —dice en castellano, y Sophia arruga la frente. Julián se reclina sobre el respaldo y borra el flequillo de su frente de un soplido.

—Te atraparon con la escritura, ¿no?

Julián le clava una mirada pícara que le recuerda al dios Pan. Se inclina sobre la mesa y corre la taza de café con la mano. La chica imita el gesto. Entonces empieza a hablar.

—Uno de ellos me encontró en un bar; sabía cosas de mí. Al principio pensé que quería ofrecerme drogas o sexo por un papel en esas películas de clase B —Sophia asiente con la cabeza, sigue el relato con interés—, hasta que empezó a decirme cosas extrañas.

—¿Cosas extrañas?

—Sí. Primero me preguntó qué pensaba del Bohemian Grove, y le dije que me daba lo mismo. Después empezó a decir que él también pertenecía a una de esas fraternidades, pero que eran distintos, y que ellos podían ayudarme con mi carrera de escritor.

—¿Ayudarte de qué forma?

—No lo sé, solo dijo una palabra: éxito —y lo seguí como al flautista de Hamelin.

—Quieres ser el nuevo Stephen King, ¿eh?… muy mundano para usted, Mister Amaya.

—Al César lo que es del César.

—¿No me vas a preguntar a mí?

—No.

¿Por qué?

—Porque hay cosas que es mejor no saber.

Mira la televisión: el periodista sigue dándole vueltas al asunto de Laura Palmer.

—No sé cómo responder a eso…

—No hay una forma de hacerlo.

Ella vuelve a reclinarse sobre su asiento. Le sonríe enamorada, pero él sabe que jamás le confesará su amor. Eso lo amarga.

—Quiero ser la protagonista de tu libro —reclama ella, cambiando el giro de la conversación de forma abrupta.

Él sonríe débil, con la misma expresión que cuando le preguntó por Argentina. Aun así, se esfuerza; el chico no deja de hacerlo.

—Vas a tener que hacer fila, porque hay varias que ya lo han solicitado —bromea, y ella se estira por encima de la mesa para golpearlo.

Julián olvida la tristeza y se aferra a ese momento. Pero ¿por qué no puede estar del todo relajado?

Toma su café y arruga el rostro. Revisa el interior de la taza y ve restos de ceniza de cigarrillo.

Levanta la mirada y le clava los ojos a la dueña detrás de la barra. La mujer parece disfrutarlo y decirle:

“Hay más para ti de donde vino eso.”

Él corta el aire con tijeras invisibles para impedir que los deseos oscuros de aquella bruja lo alcancen. La mujer pone los dedos en V sobre los labios y sacude su lengua bífida.

Sophia no lo nota; está ocupada mirando el cielo afuera, donde las nubes cubren la noche. Los relámpagos iluminan las letras gigantes de Hollywood Hills. Llega el trueno que hace vibrar los vidrios, y luego, la tormenta.

En las luces de las farolas se dibujan hexágonos.

Él la trae de vuelta con una caricia en la mano. La calidez de su piel le da abrigo. Una sonrisa, y ella le aprieta la mano.

Paga la cuenta y, antes de salir —sin que Sophia lo note—, Julián le hace el símbolo del cornuto a la dueña de la cafetería.

La mujer responde bajándose la blusa y mostrándole los senos. Los sacude con una sonrisa obscena. Julián alcanza a notar las cruces invertidas marcadas en sus pezones.

La mesera limpia la mesa de Julián como si nada. El chico cree ver que huele las tazas.

Agita la cabeza y jura no volver a esa cafetería.

Afuera, la lluvia los alcanza solo un instante: lo que él se demora en abrirle la puerta y encapotar su Cadillac descapotable.

Enciende el auto, y el rumor del motor es un ruido placentero para Sophia, que solo piensa en lo que vendrá.

Julián enciende la radio, y la sincronicidad les regala Rain, de The Cult. Mira por el espejo retrovisor para confirmar la presencia de la sombra, pero no hay nada.

Recuerda al búfalo y vuelve la mirada hacia Sophia, que ya se está quedando dormida.

La mente se le va al animal en la ruta otra vez, y el rojo del semáforo lo obliga a frenar.

El rojo y el búfalo.

Entonces piensa en un hacha: una secuencia donde un hombre le corta la cabeza a un búfalo con un hacha. No por supervivencia, sino por diversión. Luego borra al animal y coloca a otro hombre: una víctima. Un asesino que se encuentra a sí mismo cuando mata. ¿Por qué? Por venganza.

Ahí tiene su slasher. Lo próximo que debe hacer es escribirlo.

Sophia se mueve en el asiento del acompañante, pero Julián no lo nota. Sigue imaginando a su asesino del hacha rasgando la carne, apilando cuerpos, dando un festín de sangre.