El Culto 1. UN BÚFALO EN EL CAMINO
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1. UN BÚFALO EN EL CAMINO

—Lo que permite la apertura del portal es el desequilibrio de energías. Cuanto más negativa sea, mayores serán las posibilidades de conectar —explica el viejo con un inglés cerrado, casi ininteligible para Julián, que solo lleva unos meses viviendo en California.

Dentro del Culto, al viejo lo conocen como Tuvia, el de las tres caras. Nadie sabe por qué. Solo el Maestro.

Una figura en el fondo levanta la mano —es Sophia—, y el viejo asiente con un leve movimiento de cabeza.

—¿El Cubo es el supremo?

—No —responde el anciano con sequedad—. Es solo una de las partes del Vacío. Una de las Formas Antiguas. Pero es a Él a quien debemos ofrendar. De Él brota la semilla. De Él engendraremos.

—¿Y por qué solo de Él?

—Porque de Él proviene la materia —responde, y con eso último concluye. O al menos, eso deja entrever por el tono de su voz.

Desde el fondo, alguien hace sonar los tambores, marcando el final de la reunión.

Los que están allí reunidos —en su mayoría jóvenes— abandonan la postura de flor de loto y se estiran: llevan dos horas sentados sobre el suelo de piedra.

Se quitan las túnicas blancas y, luego de sacudirles el polvo, las entregan a un hombre alto que jamás habla y lleva el rostro cubierto.

Julián se acerca a la chica del fondo, la única con la que ha hablado y por quien siente cierta atracción física.

De ella solo sabe que se llama Sophia, que viene de Carolina del Norte y que escapó de su casa por algún conflicto familiar que, según intuye Julián, es de índole sexual.

—¿Te invito un café? —le pregunta en un inglés modesto.

Sophia le sonríe; hay algo en él que le atrae. Quizás sea la expresión de su rostro o esa manera de interesarse por todo… y, aun así, no recordar nada.

De Julián solo sabe que es argentino, que quiere ser escritor y que es pobre, pero gasta como si fuera rico. Y eso le gusta.

—Bueno, pero pago yo esta vez —ofrece, y Julián acepta, sabiendo que al final pagará él.

Caminan a través de la cueva donde el Culto imparte sus enseñanzas, conocida como la Madriguera. Poco se sabe de ella, solo que es tan antigua como la memoria de la tierra. Según las voces más viejas, el lugar está protegido y se oculta de los hostiles.

Las paredes son de piedra desértica, como todo en Sonora, y la oscuridad solo se quiebra con las llamas de las velas, dispuestas a distancia prudencial de las telas que ofician de velos y separadores entre cubículos de no más de ocho metros cuadrados.

Solo el gran salón, coronado por una cúpula inmensa —también de piedra—, se abre como el verdadero corazón de la Madriguera. Allí, cada veintiún días, se celebran los rituales.

Afuera, el calor abrasa; adentro, la humedad se vuelve espesa y respirable.

Ni bien abandonan la Madriguera, el desierto les ofrece el vacío para que lo absorban, lo respiren y lo hagan suyo.

Porque el vacío es caos, es potencia, y está a su servicio para que ellos puedan crear. O al menos, eso les había dicho Tuvia.

El Cadillac Eldorado de Julián está aparcado unos kilómetros más adelante.

Es el único que tiene auto, y eso lo convierte en un alumno no aplicado.

Lo sabe, pero tiene conciencia de pobre y, si puede tener un puto Cadillac, va a tener un puto Cadillac y lo va a conducir como si fuera una puta estrella de Hollywood.

—¿Por qué el rojo? —pregunta Sophia, haciendo referencia al color del auto.

—Por la ramera del fin del mundo… —responde él, sonriendo, y los hoyuelos que se le forman en las mejillas hacen que Sophia suspire. Son jóvenes, demasiado, pero pareciera que la vida les hubiera dado un costal con miles de años para cargar.

Abre la puerta del acompañante y la invita a subir. Ella le sonríe —como siempre hace—, y él le sostiene la mirada, resistiendo la tentación de mirarle las piernas.

Apura el paso, sube al auto, da un portazo, y el rugido del motor del Cadillac hace voltear a los otros estudiantes, que ya emprenden el retorno a casa. Uno de ellos los observa con mal ojo.

Sale arando, y la cortina de polvo los cubre como un acto de magia. El viejo observa con recelo desde la entrada de la cueva.

—Debes tenerle paciencia, Tuvia —lo tranquiliza el Maestro.

El anciano se gira y alza la cabeza: debe estirar el cuello, porque el Maestro es alto, tan alto que parece estar levitando.

—La tengo, pero solo porque conozco mi destino —responde el viejo con sílabas húmedas.

—Dices bien. Julian es el único que puede hacerlo. El resto es de familia rica. Son… aventureros. Útiles para nuestros fines, sí, pero descartables. En cambio, el argentino… el argentino tiene hambre.

—Como todos los argentinos —gruñe Tuvia, el de las tres caras.

—No seas así. Argentina pertenece a los hijos de David. Ya tienen suficiente con eso.

El viejo inclina la cabeza en señal de reverencia al Maestro y se calza la capucha. Sale de la Madriguera y se pierde en el desierto.

Julián gira la perilla de la radio hasta que encuentra la canción que suena en su cabeza: Come as You Are, de Nirvana. No sabe que la escuchó mucho antes de sintonizarla.

—Estoy un poco nerviosa por esa prueba de la que tanto hablan —confiesa Sophia—. De verdad quiero ser parte de lo que viene.

—¿Tan malo es quedar afuera? —pregunta el joven.

—Lo es para mí… Si no logro entrar, tengo que volver con mi familia. Ya no puedo seguir por mi cuenta.

Julián escucha sin poder evitar presionar con fuerza el volante. No son nervios lo que siente; él sabe que será parte del Culto, no tiene dudas al respecto. Pero ¿qué hay de Sophia? Si ella queda afuera, no volverá a verla.

¿Tanto le gusta? No, no es eso. Cuando un chico como él, que creció sin un lugar al cual regresar, lo encuentra, es como soltar el aire después de años de aguantar la respiración. Y la chica, para él, es eso: un lugar donde estar. Un lugar al que siempre quiere volver.

—¿Ves esa estrella que brilla en el horizonte? —señala Julián, y la chica asiente con la cabeza—. Esa es Lucifer; mañana, cuando te levantes y asomes la cabeza por la ventana, búscala en el cielo.

—¿Y qué pasa si la veo?

—Significa que estuvo toda la noche iluminando tu conciencia, la parte de tu mente que hace todo posible.

—¿Y si no la encuentro, qué significa?

—Que ya sos consciente y que la prueba es solo burocracia.

Ella lo mira fijo. Julián es un portal hacia otros mundos, mejores o peores; escucharlo es hipnótico.

—¿De eso va a tratar tu libro? ¿De estrellas y rituales?

—No —se apresura a responder, pensando un poco más la respuesta—. A decir verdad, todavía estoy pensando la trama, pero me gustaría escribir un slasher.

—¿Por qué?

—Porque la vida es una constante venganza —responde, y clava la mirada al frente como si el sentimiento le tapara la boca.

Hay cosas que necesita descargar; cosas que le piden sangre. Ríos de sangre. Y no sabe por qué, o al menos eso intenta creer.

Desde que llegó a Los Ángeles siente una sensación extraña que se ha vuelto casi insoportable. Al principio creyó que era por ser extranjero, hasta que comprendió que ese sentimiento de estar escapando de algo no lo iba a abandonar.

Sin darse cuenta, corre hacia una trampa aún peor. Como si el pasado no tuviera garras, su futuro le muestra los colmillos. Pero él no lo ve. Sophia le cubre la mirada.

Ella, también sin saberlo, cumple su propósito: atarlo al Culto.

Relámpagos en el horizonte anuncian lluvia. Pero eso ocurre lejos, en la ciudad. En Sonora todavía hay viento sin humedad.

Los árboles, verdes y de raíces profundas, los saludan a lo lejos, mientras Sophia acomoda los brazos sobre la puerta y apoya la cabeza.

Observa todo como si fuera la primera y la última vez, y él alcanza a ver cómo la sombra en el capó ahora trepa hasta quedar cerca del asiento del conductor, y ahí se queda.

Estática, sonriente. ¿Puede sonreír una sombra? Esta parece que sí.

Julián acelera sin darse cuenta y traga saliva que parece piedra. «Esto debe ser lo que se siente tener cálculos… Dios ayude al que tenga que mear», piensa.

La sombra ahora está dentro del auto, sentada en el asiento trasero. Julián levanta la vista para mirarla. Ha cambiado de pose; imita a Sophia, como si fuera su sombra. Pronto también comenzará a hablar.

Vuelve la mirada hacia la joven, que ni se ha percatado de la velocidad a la que van.

Quisiera saber en qué piensa. ¿Seguirá nerviosa por la prueba?

Comienza a correr con sus manos astrales el velo que cubre los pensamientos de la chica, pero solo encuentra una pared. ¿Por qué con ella no puede usar su don?

De repente, Sophia abandona su posición, sobresaltada.

—¡CUIDADO! —grita, señalando con el dedo hacia el frente.

Un búfalo está plantado en mitad del camino.

Julián da un volantazo que acerca a Sophia hacia él y la huele. No hay primaveras en su cuerpo, solo palo santo.

Logra esquivar al animal con el auto, pasándole cerca, casi al alcance de la mano. Llega a olerle los pelos chamuscados por el sol, y hay algo más: estiércol.

El búfalo le clava la mirada como si pudiera ver algo que Julián aún no sabe.

—¿Estás bien? —le pregunta a Sophia, y esta agita la cabeza para confirmarlo. Se acomoda en su asiento. Muda.

Si hay algo peor que el rechazo, para Julián, es el silencio, y más aún cuando se está acompañado. Pero él tampoco dice nada. Solo maneja sin despegar la vista del camino.

Trata de no pensar, pero piensa.

Entonces, ella al fin habla:

—Creo que lo de hace un rato…

—¿El búfalo? —interrumpe Julián.

Ella lo mira, extrañada.

—No vi un búfalo… no vi nada, en realidad. Pero sentí una fuerte electricidad dentro de mi cuerpo, como un mal presagio. Por eso el grito. Perdón —se excusa al fin la chica.

—Quizás sea el umbral…

—¿El que protege a la Madriguera? —se anima a preguntar. De solo hacerlo, se le eriza la piel—. Pero no tuve malos pensamientos… —reflexiona con la mirada estática.

‹‹¿Acaso fui yo?››, quiere saber Julián. La sombra en el asiento de atrás se muestra cómoda. En poco tiempo será mayor y tendrá sus propias sombras.