5 . VOLUNTAD #3
Julián dibuja un círculo con sal alrededor suyo y coloca las dos velas en el centro: la negra a la derecha, la roja a la izquierda. Las enciende con un fósforo de madera; el estallido seco del encendido resuena como un disparo sagrado.
—Por mi voluntad —comienza a decir—, te quiero afuera.
La llama de la vela roja se mueve con intensidad. La sombra de Ana se agita en la pared.
De pronto, un crujido atraviesa el techo. Otro más. Como si la casa respirara por las paredes. Ana se aferra al marco de la puerta.
—¿Qué está pasando, Julián?
—No te muevas —advierte él, y, ni bien lo dice, los focos titilan hasta que estallan con un chillido agudo, pero no tan agudo como el grito de Ana.
Un zumbido se mete en los oídos del escritor, como si alguien le gritara desde adentro de la cabeza.
Aprieta los dientes. Siente un ardor en el pecho.
El amuleto lo quema. Se lo arranca porque las llamas no tardan en aparecer, y lo arroja lejos.
Cae sobre la cerámica blanca del piso, dejando una sombra negra, porque arde como si estuviera hecho de carbón.
—¡Mi Voluntad es fuerte! —grita, y junta ambos brazos para resistir el embate de la fuerza que lo quiere someter.
La radio se enciende sola, a pesar de estar desenchufada.
Los chasquidos de dedos se escuchan desde los parlantes a todo volumen, pero no pueden cruzar el círculo de sal. Julián ve cómo los dedos se quiebran, y el aullido es aterrador.
El televisor se prende con estática, y el microondas gira sin nada adentro. La luz y la oscuridad se agitan como si el universo se condensara ahí adentro, en la casa de Ana.
Lo que está del otro lado lo intenta otra vez.
—¡NO! —insiste Julián. Su cuerpo comienza a colapsar.
Retrocede, se corta el pulgar con el cuchillo y dibuja en el piso un sigilo. Un trazo rápido, violento, intuitivo. Un espiral.
‹‹El símbolo del yo inviolable››, le susurra Madame Fontaine desde otro tiempo, otra dimensión.
—¡Por mi Voluntad! —brama—, ¡TE EXPULSO! —y escupe al piso. La llama de la vela negra arde con violencia.
—Todavía estoy, todavía existo… —le dice la voz del otro lado. Julián la reconoce, pero no quiere admitirlo. Se rehúsa a hacerlo porque no es posible. Él los vio morir, a todos y cada uno de ellos.
Se arrodilla, forma un diamante con ambas manos y apunta al sigilo dibujado en el suelo. Repite como un conjuro:
—¡Es mi Voluntad la que te expulsa, MI VOLUNTAD! —exclama y vuelve a juntar los brazos. El sigilo comienza a brillar y Julián sonríe. Está funcionando. Casi no puede creerlo, pero la magia sigue funcionando.
Ana observa todo sin poder creerlo.
El espiral en el piso ilumina el rostro de Julián con su fulgor.
La voz chilla; el televisor explota, y Ana se cubre los oídos con ambas manos, esforzándose por no gritar. La heladera se apaga co
un sonido seco. La luz se corta de repente y, después… silencio. Silencio y oscuridad.
Julián cae, exhausto, con la sangre seca en la palma y el espiral deshecho como una mancha negra en el piso. Ana se apresura a socorrerlo, pero él la detiene en seco. La chica obedece, como si moverse fuera un acto prohibido.
—Me tengo que quedar dentro del círculo hasta que las velas se consuman —advierte. Tiene la piel blanca y parece más viejo.
Afloja los hombros porque siente que las fuerzas lo abandonan, pero está bien. Es lógico que eso ocurra. No hacía algo así desde que volvió al país. El cuerpo astral requiere mantenimiento.
A pesar de todo, se siente mejor. Se liberó de aquello que lo acosó todo el día. Sí, se siente liviano, como si hubiera vomitado luego de una pesada indigestión.
—¿Qué fue todo eso? —al fin Ana se atreve a preguntar.
Julián observa las velas; la negra ya casi se consume. Tiene tiempo para empezar a desvariar. Sonríe, y detrás de esa mueca se asoma su juventud.
En ese gesto, Ana reconoce que Julián es joven. Radiante. Hermoso. Algo se enciende debajo, en lo profundo de su cuerpo, y la chica lo reclama como algo suyo. Julián es suyo por derecho.
—Alguien estaba intentando controlarme…
—¿Cómo es eso? —pregunta, arrugando la cara.
—Es… —necesita tomarse un segundo— difícil de explicar.
—Resumí —insiste la chica. Se escucha y se sorprende: a pesar de todo lo vivido, se siente serena. Como si lo que hizo Julián también la hubiera ayudado a ella.
—Ahora te veo, Ana —susurra—. Fuiste Priscila, la que caminó junto a Saulo de Tarso, antes de que se llamara Pablo. No hay coincidencias. Nunca las hubo. Todo se repite.
Se acuerda de su amigo, y de María, la camarera.
—¿Dónde están todos los corazones? —pregunta a la nada.
Se recuesta sobre el suelo porque no puede continuar sentado.
—Decime más… —pide Ana, acercándose de rodillas hasta el límite, evitando tocar la sal.
El hombre la siente cerca; tan cerca que huele su perfume. Revisa la hora: 3:11 a.m. No está mal. No, nada mal.
—Ya es hora de que sepas…
—¿Qué tengo que saber?
—Todo —dice Julián.
La chica mira con ansiedad la botella de vino, pero es atraída por el escritor con sus manos invisibles.
—No… es mejor que tengas la mente clara —aconseja con voz paternal, y ella se acomoda cerca del círculo, con las piernas cruzadas.
—Soy todo oídos —indica. Y el escritor se dispone a hablar.