5 . VOLUNTAD #2
El protagonista de la novela, un exconvicto, se encontraba de paso en el momento de la explosión en la estación de servicio. Su presencia en el lugar llamó la atención del detective De Marco, un tipo con el que es mejor no meterse.
¿Cuál es el conflicto, Julián? Todavía no lo tiene claro.
Escapando de la policía, el protagonista —que Julián todavía no ha nombrado— visita a su padre, un hombre violento y en rehabilitación, buscando refugio. Hurgando en un cajón, descubre algo que podría limpiar su nombre, pero que incriminaría a su padre.
Julián asiente, conforme.
Antes de salir rumbo a la casa de Ana, vuelve a colocarse el amuleto. Baltazar se estira y corre a saludarlo.
Acaricia al animal, busca las llaves del auto y, cuando toca el picaporte de la puerta, tiene una extraña sensación. Algo lo incomoda. Gira y revisa el living: todo está estático y en su lugar. Solo el gato mueve la cola, con la vista fija en él.
¿Paranoia? No. Cuando regrese, limpiará la casa con sahúmo; Ricardo Torres dejó todo el interior cargado con su vibra densa.
Cierra la puerta sin mirar atrás, antes de que el eco del inspector le cause dolor de cabeza.
Conducir siempre le resulta reconfortante. A veces, al manejar de noche, cierto brillo en la oscuridad le devuelve vitalidad. Lo mismo le pasaba de joven, cuando conducía su viejo Cadillac descapotable al ritmo de Gimme All Your Lovin’ de ZZ Top.
La diferencia es que ahora no va rumbo a Agua Prieta, el cruce fronterizo entre México y Arizona, sino por la avenida Gaona, camino a la casa de Ana, en la calle Vicente López.
Otra vez, la sensación extraña lo invade. Se distrae revisando por el espejo retrovisor, y una luz intermitente lo cruza de frente.
—Te estoy viendo —le susurran con voz ronca al oído, desde donde sea que eso esté del otro lado del parabrisas.
Aprieta el freno con fuerza, y el auto se sacude con un chirrido agudo, como un grito.
Se desabrocha el cinturón y sale disparado del vehículo con el corazón en la boca.
Recibe bocinazos e insultos de los demás conductores que lo esquivan por los costados. Por suerte, nadie lo reconoce. Es de noche, y la iluminación es escasa.
Se acerca al asiento trasero con la linterna del celular encendida, pero no ve nada. Ni siquiera las sombras de siempre.
Sube al auto, vuelve a mirar por el espejo retrovisor.
Nada.
Se toma algunos segundos para recuperar la calma y pone primera. Sigue manejando con la esperanza de que, por lo que queda de la noche, las cosas empiecen a acomodarse en su cabeza.
Ana lo abraza, y Julián se deja envolver por los brazos de la chica. Huele a sahumerios frescos, de los que a él le gustan.
Sonríe al verla a los ojos. No escucha del todo lo que ella dice, porque el aire de la casa es denso… o quizás sea él. No tiene una buena racha últimamente. Sí, puede ser, tal vez...
—Perdón por hacerte venir, pero creo que acá vamos a tener más privacidad que por teléfono.
Privacidad.
Ana lo toma de la mano y lo guía hacia adentro. El contacto con su piel vuelve a despertarle sabores prohibidos.
Magia.
Observa el teléfono en la pared y recuerda lo que la chica contó sobre la noche en que Pablo se apareció en la entrada de la casa. Gira por reflejo, buscando el umbral de la puerta. No logra ver nada.
Vuelve la vista al frente: la habitación, la cama, el reloj digital con números rojos marcando la hora.
Tampoco logra ver nada.
Se tienta de ver a través de Ana, pero teme encontrar el velo; saber que a ella también la están trabajando.
En su casa, sin la sombra del espanto sobre los hombros, Ana es hermosa. Julián lo nota de inmediato, y eso lo incomoda más de lo esperado.
Se sientan sobre el sofá, y él se cubre la entrepierna con un almohadón para evitar malos entendidos.
Ana le sirve vino, y él acepta por cortesía, aunque en verdad lo odia. El vino se robó lo poco que tenía de padre.
—Quizás lo mejor sea hacer como si nada, seguir trabajando —sugiere la chica.
Julián asiente y bebe de un sorbo.
Ella le sirve otra copa. El vino cae lento y espeso.
—¿Te pasa algo? —pregunta Ana mientras se descalza.
—El vino no está muy bueno…
Ella gira la copa en la mano y la observa a contraluz.
Él, en cambio, observa sus piernas firmes y jóvenes; sigue el camino directo hacia la provocación de esa piel.
Cuánta juventud… y suavidad. Suavidad en todas sus formas.
—Es Malbec. Dicen que tiene cuerpo —lo dice con una sonrisa que Julián apenas alcanza a ver, porque los ojos le pesan y los pensamientos se vuelven escurridizos. Siente que algo —o alguien— lo está rodeando.
Cree escuchar un sonido —¿un chasquido de dedos, quizás?—, y se termina el vino sin darse cuenta. Las manos se mueven solas.
La copa se le cae de la mano; las manos le tiemblan. Ana salta del sillón, cada vez más misteriosa, y lo mira con esa cara de “¿Estás bien, Juli? ¿No será mejor que te acuestes un rato?”.
«Víbora. Traerme fue una trampa. Seguro está con ellos», masculla en su mente. Ñam, ñam, ñam.
Se levanta de golpe y el mareo lo hace trastabillar. Ana intenta sostenerlo, pero él la aparta, fingiendo estar bien.
‹‹Ya estás viejo para esto, Julián… mejor nos vamos a la cama››.
—¿Qué es ese ruido? —pregunta, señalando hacia los costados.
Gira en todas direcciones, porque las ve volar: mariposas. Más de diez. Jura que, si las cuenta, serán once.
—¿Vos también las ves? —pregunta, y la chica menea la cabeza, preocupada. Empieza a lamentar haber invitado al escritor.
No. No es Ana. Alguien lo está trabajando a él. Siempre fue a él.
Necesita tomar aire antes de que las voces se cierren dentro de su cabeza, antes de que los dedos astrales vuelvan a chasquear.
Julián espanta a las mariposas que revolotean sobre su cabeza y abre las ventanas.
El aire de afuera es alivio. Como salir del agua después de estar hundido demasiado tiempo.
Camina por el pasillo apretando el amuleto contra el pecho. Pasa junto al teléfono, pero esta vez no lo mira. Las llaves del auto tintinean en su mano. Abre la puerta de entrada antes de que las mariposas lo alcancen y no se detiene hasta llegar al vehículo.
La puerta del baúl se levanta como por arte de magia frente a él. Busca el bolso —ese que siempre lleva a todos lados, como si fuera un botiquín de primeros auxilios—. Revuelve el interior hasta que, por fin, extrae dos velas: una negra y otra roja; sal y un cuchillo.
Cierra el baúl con un golpe seco que retumba en la madrugada desierta, llamando la atención del auto estacionado a mitad de cuadra.
Cuando vuelve a entrar, Ana lo mira con los ojos bien abiertos. No entiende nada, pero lo deja hacer, como si él fuera un médico excéntrico con una cura milagrosa bajo la manga.