5 . VOLUNTAD
—¿Dónde mierda puede estar? —se pregunta Julián mientras revuelve cajas y cajas en el altillo de su casa.
Baltazar sigue con la mirada los movimientos del hombre.
—Podés ayudarme en vez de quedarte ahí con esa mirada juzgadora —y, como si el gato entendiera, salta en dirección a un viejo mueble de pino que está en medio de varias cajas.
—¿Vos decís? —El gato se queda estático mirando el mueble. Julián decide hacerle caso, corre las cajas y las deja a un costado, junto a los discos de vinilo.
Se agacha; los dedos le tiemblan, ansiosos. Baltazar no pestañea. El cajón de pino cruje, como si supiera que va a abrirse después de años. El mueble cede. Adentro, entre fotos Polaroid y un mazo de tarot de Thoth, está el amuleto diseñado por Madame Fontaine.
Sabía que lo iba a encontrar, porque si el gato volvió…
Lo alza a la altura de los ojos; Baltazar lo contempla con su mirada dorada: una bolsita roja atada con hilo amarillo y, adentro, una mezcla de cosas que solo Fontaine sabía.
Se lo cuelga del cuello con una lentitud casi ritual y el alivio es inmediato, como si fuera un placebo energético.
En medio de la habitación, la luz del sol se filtra por las hendijas de la persiana, dividiendo el espacio en dos. Julián observa cómo los haces dorados —que evidencian el polvo suspendido en el aire— se detienen en el disco Rebel Yell, de Billy Idol.
Se acerca bajo la mirada atenta de Baltazar. Le tiembla un poco la mano. No sabe por qué, pero tiene que poner el disco.
El gato maúlla, alertándolo de algo que pasa afuera.
—Sí, Torres ya llega, pero antes tengo que hacer esto.
Pero ¿qué es lo que tiene que hacer? El disco. Tiene que ponerlo.
Lo saca de la funda; tocarlo le trae recuerdos: hola, coronel Kurtz. Lo coloca en la bandeja y baja la púa.
Y de pronto, Rebel Yell comienza a sonar. Julián observa la portada; recuerda quién se lo regaló: Sophia, siempre Sophia, con su cara de “me gustás, pero no me interesa saber más que tu nombre”. Fue antes de lo ocurrido en la casa de Florence, antes de…
Algo en la canción llama su atención. No deja de ser Rebel Yell, pero algo en la voz de Idol suena distinto.
—No… no es en la voz —murmura.
Agudiza todo lo que puede el oído, y entonces escucha:
In the midnight hour, she cried more, more, more…
With a rebel yell, she DIED, DIED FOR YOU…
SHE DIED, DIED, DIED… DIED FOR YOU! —chilla Idol sin parar. El sonido llena la habitación hasta que duele escucharlo.
Julián lanza una patada y saca el disco con violencia. Respira agitado. Se lleva la mano al pecho, donde cuelga el amuleto. No tiene dudas: están jugando con su cabeza. Quieren llevarlo al borde del precipicio, y sabe por qué. Claro que lo sabe.
El gato llama su atención con un leve gruñido. El escritor observa, a través de la hendija de la persiana, que el inspector Torres está aparcando el auto.
—Ese tipo no puede caer en peor momento.
Esconde el amuleto debajo de la remera y abandona el altillo a toda velocidad. Llega justo a tiempo para responder el timbre.
—Señor Amaya —dice el inspector desde el otro lado del portero eléctrico, pero antes de que pueda terminar, Julián ya le está abriendo el portón.
Torres le estrecha la mano y saluda con un “buenas tardes”. Julián alcanza a oler el alcohol en el aliento del hombre. Más fuerte que la última vez. Le señala el sofá para que tome asiento. El inspector agradece con un movimiento de cabeza y se sienta. Todo muy cordial.
‹‹Está fingiendo››, piensa el escritor. Intenta entrar en su mente, pero hay un velo negro cubriéndolo todo. Alguien está trabajando sobre Torres.
‹‹¿No tiene quién limpie?››, se pregunta el inspector mientras recorre el living con la mirada. Eso solo significa una cosa para Torres: Julián Amaya esconde cosas.
—¿Quiere un café?
—No, gracias —la acidez volvió tan solo al ver al escritor—. Mire, iré al grano —adelanta, y Julián se prepara, porque lo que viene no es bueno. No puede serlo. Nunca lo es.
—Dispare, inspector.
Torres hace una pausa y se lo queda mirando, pareciendo decir: “No me lo digas dos veces.”
—¿Conoce a esta joven? —pregunta, alargando el brazo para que Julián pueda ver con claridad. En la foto, el cuerpo de María se encuentra tal como fue hallado: desnudo, mutilado y con el libro La mujer sin ojos entre las piernas.
La garganta de Julián se cierra en un nudo imposible de desatar. Supone, sin que Torres lo mencione, dónde están los ojos de la chica, porque él recuerda lo que le hicieron a…
—¿La conoce? —insiste.
—Sí, le firmé ese libro que tiene entre las piernas, inspector —lanza, desafiante, porque sabe que Torres busca provocarlo.
—Mire, si es sincero conmigo, mejor —le advierte.
—Es lo único que hago, oficial —ya sin molestarse en ocultar el fastidio.
—Señor Amaya, no tengo nada en contra suyo —miente—, pero dos personas muertas están conectadas con usted.
—Una persona muerta. La otra está desaparecida —corrige.
—Para el caso es lo mismo...
—Para el caso, pero no para mí.
—Además —continúa Torres, sin prestarle atención—. La secretaria de su representante. Esta chica... Ana.
—¿Qué pasa con ella?
—Revisamos las cámaras de seguridad de la cafetería y los vimos juntos la misma tarde que…
—Asesinaron a la mesera… ¿Y eso qué tiene de malo?
—Los dos me llevan a dos muertos.
—No tengo nada que agregar, inspector —dice, aguantando las ganas de sacarlo a patadas de su casa.
—¿Qué hacía con la secretaria de Pablo Durán?
—Hablamos de negocios. Usted sabrá que tengo una agenda complicada, y ella trabaja con mi representante, que está desaparecido —se asegura de remarcar esa última palabra, para dejar clara la situación de su amigo.
—¿Cree que ella dirá lo mismo? En este momento, otro oficial la está interrogando.
—Salvo que mienta, debería coincidir con lo que le estoy diciendo, inspector.
Se miran en silencio.
Torres está molesto y no sabe por qué. El hombre frente a él no tiene pinta de asesino, pero, aun así, algo del escritor le hace ruido. Le estruja las entrañas, le aprieta las pelotas.
No sabe que la magia ya está operando sobre él.
El inspector se pone de pie porque todavía puede controlarse. Sabe que no tiene nada en contra del escritor —todavía—, y lo mejor es retirarse.
—Trate de no salir del país, señor Amaya. Podríamos necesitar una declaración suya en un futuro cercano. Ya sabe, cosas de rutina…
—Lamento escuchar eso; en los próximos días debo viajar por la gira aniversario del libro.
—Sí… muy conveniente. Supongo que la secretaria del señor Durán deberá acompañarlo, ¿no? —Julián se encoge de hombros.
—Bueno, hice mi parte; queda usted avisado. Saludos a su gato.
—Gracias, Ricardo —dice Julián con una voz hipnótica.
El inspector hace un giro brusco hacia el escritor, con la boca abierta y el ceño fruncido.
—Yo nunca le dije mi nombre…
—¿Está seguro? —lo cuestiona.
Ricardo Torres lo mira de arriba abajo. Julián Amaya no es un asesino, lo sabe. Pero hay algo ahí, algo que no encaja, algo del escritor que no le cierra.
Magia.
Asiente con la cabeza, aprieta la mandíbula e intenta no pensar en el peso de su revólver y en cómo le gustaría usarlo en ese momento.
Julián no necesita entrar en su cabeza para saber lo que piensa; le alcanza con verle los ojos vidriosos.
—Conozco la salida. No apague el teléfono —dice al fin, y el escritor se relaja.
Cierra la puerta con un golpe seco, sin voltear. Por las cámaras, Julián comprueba que Torres se aleja en su auto y respira aliviado. Se deja caer sobre el sofá, llevando las manos al pecho. Estar en contacto con el amuleto le da cierta tranquilidad.
El gato le clava la mirada desde las escaleras; parece reprocharle lo del nombre del inspector.
—Quería romperle las pelotas, nada más —se excusa.
La situación se está complicando a pasos agigantados.
Torres piensa que él es culpable, pero no tiene pruebas.
Si el caso avanza, no tiene dudas de que el inspector hablará con algún contacto en la prensa, solo para presionarlo.
Y entonces sí, todo se podría ir a la mismísima mierda.
Pensar que hace unos días su único problema era que no podía escribir un libro… Qué lejos quedó todo eso.
Piensa en Ana; quizás deba llamarla. Sabe que Torres no mandó a nadie a hablar con ella, pero igual quiere hacerlo.
Descuelga el teléfono, marca uno a uno los números y espera. El tono de llamado lo pone nervioso. ¿Por qué? No lo sabe. Con los años se volvió ansioso; siempre a contramano.
—Hola, Julián —contesta Ana.
El hombre no responde.
—¿Julián? —insiste la chica.
—Hola —dice al fin. La sorpresa de escuchar su nombre sin haberse presentado antes lo deja extraviado, disperso. Supone que así deben sentirse los demás cuando él lo hace.
—¿Pasó algo? —El escritor no sabe por dónde empezar.
—Quería saber si recibiste alguna visita de…
—¿La policía?... No. Pero seguro caen en cualquier momento. La muerte de la mesera fue una cagada, Julián.
La voz de Ana parece distinta.
Más adulta.
Muy distinta a la voz temerosa con la que le habló en la cafetería.
—Sí…
—¿Querés venir a casa y hablamos más tranquilos?
Julián se demora en responder. Recuerda lo que sintió cuando la chica le tocó la mano. Termina aceptando.
Cuelga el teléfono y se queda estático, en silencio junto al aparato. Piensa en contarle la verdad a Ana, explicarle que todo lo ocurrido está relacionado con su pasado.
Menea la cabeza.
—Las cosas a su tiempo —se convence.
En el contestador tiene varios mensajes sin revisar. Con Pablo desaparecido, acuden a él para coordinar las giras por el aniversario del libro. Quizás sea bueno ver a Ana después de todo. La joven podría ser su nueva secretaria o, al menos, ayudarlo a organizarse hasta que las cosas se aclaren.
El gato se frota contra su pierna. El escritor le sonríe y sube a darse una ducha.
Debajo del agua caliente logra relajarse, aunque sea un poco. Imagina cómo sigue la historia de su nueva novela: La forma de la sangre, porque con algo tiene que distraerse.