4 . LA QUE SOSTIENE SUS DOS COLAS #3
—…que ahora estemos aquí —sigue el chamán sin prestar atención—, disfrutando de esta charla de café…
—Entrevista —interrumpe, Richard.
—…significa que el Culto ya no existe —concluye, y el periodista respira aliviado porque el viejo al fin responde.
—¿Por qué nadie sabía dónde estaba su guarida?
—Porque estaba protegida con ilusiones y cosas mágicas —explica. Por la expresión en la cara del periodista, entiende que el hombre no capta nada. Aun así, no agrega detalles.
—Pero si nadie podía llegar, ¿cómo lo hacían los miembros?
—Porque ellos no eran hostiles.
—O sea que…
—Pasemos a otra pregunta, señor.
Richard se queda inmóvil por la actitud del viejo, pero lo complace. Revisa su libreta y formula la siguiente pregunta.
—¿Qué sabés de la transmutación de conciencia?
El viejo se reclina en el asiento de cuerina roja, como si estuviera a punto de revelar algo. Por un instante, el sol le da en la cara, y el periodista ve que una fina capa blanca cubre ambas córneas: cataratas, concluye. El chamán tiene la vista mala.
—Cada mañana vengo a esta cafetería y me siento en el mismo lugar solo para sentir el sol a través del vidrio —dice, y se encoge de hombros—. Supongo que es la única manera de convencerme de que todavía me queda alma. El resto del día solo hay polvo.
Richard asiente, más por compromiso que por empatía.
—La trasmutación de conciencia —retoma, carraspeando como si la frase le raspase la garganta— es algo antiguo, egipcio o sumerio. Historias que se cuentan, ya sabe…
—Claro.
—La idea es que una conciencia… entra en un cuerpo que no es suyo. En tiempos antiguos se creía que así los dioses se manifestaban en los hombres.
—¿Como una posesión?
—Parecido.
—¿Y funciona?
—Es algo simbólico, pero…
—No estás seguro…
—Solo diré que hay muchos viejos muriendo de cáncer, y que luego juran verlos en las miradas de sus hijos.
—Eso ya suena a conspiración.
—¿Acaso no ha visto al presidente de su país, señor?
—¿Qué insinúas, Omar?
La mesera sirve el desayuno a los dos hombres: huevos fritos con tocino y más café. El periodista mira todo extrañado, el chamán, en cambio, no pierde el tiempo y comienza a comer.
—¿No desayunamos ya? —pregunta el reportero, desencajado.
—Nada como un buen desayuno —se regocija el viejo.
Richard lo mira en silencio. Consulta su reloj: apenas son las diez de la mañana; juraría que ya eran más de las doce.
Mira por la ventana. Algo no le cierra de todo eso. Pero, ¿qué?
Vuelve la vista al viejo, que sigue ahí como si nada.
Intenta con el café, pero le deja un sabor horrible en la boca.
El ventilador hace un ruido que lo altera, como si un tornillo estuviera por salir volando.
Y las moscas… las putas moscas chupando el azúcar de los bizcochos, y de la mierda que…
—Sigamos, señor —interrumpe el chamán—. No quiero llenar de aire mi estómago antes del almuerzo.
—¿Eh? —siente que los labios le pesan una tonelada—. Sí, perdón, Omar.
Se toma un segundo para buscar en su libreta.
—Ah, sí… ¿el Culto usó la transmutación de conciencia? —pregunta, haciendo una mueca rara. Tiene la boca pastosa.
—Sí, señor. Solo una vez, que yo sepa… —dice el viejo, separando los huevos con el tenedor; la yema se desborda y gotea en el plato.
—¿La usaron en el escritor?
—No… a él le hicieron otras cosas. Por eso quedó como dice la canción: viendo California, pero sintiendo Minnesota. ¿Comprende? —responde con el tenedor a la altura de la boca—. No, a él le hicieron algo más estilo MK Ultra.
—¿Cómo la CIA?
—No, usaron magia. La CIA no usa magia, o al menos eso dicen los registros oficiales, señor.
—¿En quién usaron la transmutación de conciencia, entonces?
—No conozco la respuesta, Richard.
—Okey… —el periodista no le cree, pero lo deja pasar. Ahora le interesa indagar un poco más sobre Julián y sus poderes mentales, pero intuye que el chamán esquivará la respuesta, así que analiza la mejor forma de llegar al tema.
—Me encanta la comida de este lugar. ¿A usted no, señor?
—¿Qué opinas de eso que dicen sobre cómo se activan los dones, Omar?
—¿Cómo es eso, señor?
—Bueno, según un estudio de la Universidad de Massachusetts, todos nacemos con dones, pero solo algunos podemos usarlos o activarlos. Aunque esto requiere ciertas prácticas no tradicionales, como la meditación o el consumo de alguna planta alucinógena.
—No escuché nada de eso… ¿Hay otras formas de activar esos dones, Richard? —el periodista se da cuenta de que, cada vez que lo llama por su nombre, los ojos del viejo se vuelven más negros, como si fueran dos personas dentro de una.
—Sí, por traumas que uno sufre en la infancia.
—Tiene lógica…
—¿Creés que presenciar el asesinato de su padre haya despertado ciertos dones en el escritor?
—¿Qué escritor?
—Amaya…
—No escuché que tuviera dones, señor —contesta con el tenedor suspendido en el aire.
El periodista no responde. Se toma un segundo para examinar al viejo chamán, a la mesera que lo taladra con la mirada y al ventilador con ese ruido infernal. Menea la cabeza, frustrado, y detiene la grabación.
—Come tus huevos, Omar.