4 . LA QUE SOSTIENE SUS DOS COLAS #2
El estacionamiento está casi desierto, salvo por un par de autos mal estacionados. Busca las llaves de su moto mientras camina para tenerlas a mano, tal como su padre le recalca siempre que puede.
El eco de sus pasos resuena entre las paredes de concreto. El suelo, húmedo por una pérdida vieja que al parecer a nadie le interesa arreglar, brilla con reflejos sucios bajo la luz palpitante de un tubo fluorescente.
No sabe por qué, pero apura el paso. Se detiene un segundo… hay algo, un susurro, o tal vez el rumor de una respiración que no es la suya.
Mira hacia atrás. Nada.
Sigue caminando. La luz del estacionamiento parpadea, encendiendo y apagando el camino por momentos.
El ruido de un motor en marcha hace que se sobresalte. El automóvil le pasa por enfrente iluminándola de lleno con los faros. Una bocina la saluda: el conductor la conoce. Es el chico que trabaja en la barbería de la esquina. Respira aliviada y levanta la mano.
—Dale, boluda, ¿Qué te pasa? —se reprocha en voz baja, sacudiendo la cabeza.
Entonces, un brazo la rodea por el cuello con una fuerza brutal.
Otro le cubre la boca antes de que pueda gritar.
Ve una capucha negra, y unos ojos que parecen no tener final.
Algo la arrastra hacia la oscuridad entre los autos y lejos del tubo fluorescente y palpitante.
Su bolso cae y piensa en el libro firmado por el escritor que estaba en la cafetería y que además le sonrió.
Le viene la imagen de su padre esperándola para cenar, y se lamenta por el tiempo que perdió estudiando cuando podría…
La giran de costado, y lo último que ve es la imagen de la diosa Ishtar sosteniendo sus dos colas de sirena. Recuerda que ella no debía trabajar ese día y que las casualidades no existen… o algo así.
El maestro escucha los gritos apagados de la joven. Se agacha, recoge el libro del piso. Lo sostiene un momento, lo abre apenas, como oliendo su contenido. Lee el título: La mujer sin ojos en la cara. Sonríe porque eso le trae recuerdos.
Y ríe más porque se le ocurre una brillante idea: dejar un mensaje que solo el escritor entienda.
Horas después, el estacionamiento está acordonado con cinta amarilla. El inspector Torres llega último a la escena del crimen. Se abre paso entre los periodistas y los curiosos.
Una joven le alcanza un café, la oficial Clara Ledesma. Torres lo rechaza con la mano. Es víctima de una acidez fatal.
El cuerpo de la mesera yace boca arriba, desnuda, solo el libro le cubre la zona púbica. Sus ojos fueron removidos.
Se agacha junto al cuerpo. Observa la disposición de la escena, le llama la atención el libro abierto en la entrepierna de la joven. Frunce el ceño. Algo le hace ruido.
Le pide a la oficial Ledesma que le alcance unos guantes. Toma el libro con cuidado y lo examina. Lee el nombre del autor en la tapa —Julián Amaya—, la mandíbula se le tensa. La acidez le sube por la garganta y, al tragarla, se vuelve corrosiva para sus tripas.
No sabe bien porqué, pero un profundo odio hacia el escritor crece en el inspector Torres, quizás su instinto le quiere decir algo, o solo es la magia que comienza a afectarle.
Mira otra vez el cuerpo y clava la mirada en la vagina de la chica muerta. Algo no está bien. Sigue su instinto, levanta la vista hacia el rostro de la mesera y lee el título del libro: La mujer sin ojos en la cara. ¿Dónde están? ¿Dónde los metieron?, se pregunta.
Se arriesga a que lo tilden de morboso, pero se acerca a la entrepierna de María. La oficial Ledesma reprime el impulso de detenerlo; Torres no es un hombre que desperdicia movimientos.
—Hijo de puta —murmura para sí el inspector.
Se incorpora lentamente, con gesto duro, casi ritual.
—Creo que ya sé dónde están los ojos —dice, y señala con la cabeza la entrepierna de María.
Clara Ledesma traga saliva. Nadie dice nada. El silencio, denso y pesado, lo envuelve todo.
Torres sujeta el libro. Hojea algunas páginas hasta llegar al autógrafo de Julián.
Con cariño para María, lee y eso le alcanza.
Vuelve la vista hacia el cuerpo.
—Pobre piba —murmura, apretando el libro con fuerza.
Tendrá que visitar al escritor otra vez.
FRECUENCIAS DE SONORA 11.6
El chamán se inclina hacia adelante como si buscara algo en su bolsillo trasero. El periodista lo sigue con la mirada expectante, hasta que se da cuenta de que el viejo solo se está rascando.
—¿Más café? —pregunta la mesera, agitando la jarra.
Richard pestañea como quien sale de un trance y mueve la cabeza con gesto afirmativo. Acerca la taza con ambas manos. Al viejo no le ofrece repetir; solo le sirve.
—Gracias —dice, Omar.
La mesera se aleja con un paso extraño y, sin disimular, se acomoda la ropa interior que se le ha metido entre las nalgas. El periodista se siente incómodo sin saber por qué
—¿Algún problema, señor? —quiere saber el chamán.
—No, ninguno, Omar. Volvamos a la pregunta…
—¿Sobre el escritor?
—Sí, ¿qué puedes contarme sobre Julián Amaya?
—No mucho. Escribe cosas interesantes sobre la verdadera esencia de las personas, y lo que hay más allá de la conciencia.
—¿Amaya? —cuestiona—. Pensé que solo escribía terror.
—Para los ignorantes, tal vez… pero el que tiene ojos para leer, que lea —sentencia, y le da un buen sorbo a su café.
—¿El Culto sigue operativo?
—Usted salta de pregunta en pregunta sin el más mínimo contexto, señor —se queja, y le da otro sorbo al café.
—Podrías solo responder… el calor me está volviendo loco.
—Hace algunos años, este lugar era inaccesible. Los lugareños decían que había un umbral —dice el viejo mientras señala el paisaje a través de la ventana—. Todo era rancio y poco digestivo. Otras veces, eran luces y búfalos en mitad del camino. Como si uno hubiera lamido un sapo, usted me entiende.
—No, en verdad no lo hago —corta impaciente—. ¿Podrías responder a mi pregunta?