4 . LA QUE SOSTIENE SUS DOS COLAS
El teléfono suena y Ana se despierta de un sobresalto. Mira la hora en el despertador: 3:00 a.m., anuncia con un rojo refulgente. Traga saliva; esa es la hora en que siempre pasan cosas malas en las películas de terror.
Otra vez el timbre del teléfono. Otro salto, otro susto. Se lleva las manos al pecho. Decide salir de la cama y atender. Total, ya está despierta y alterada.
Primero un pie, luego el otro. La alfombra bajo la planta de los pies le da cierto confort. Mueve los dedos, tanteando en busca de las pantuflas. Avanza por el pasillo hasta el recibidor, donde el teléfono no deja de sonar.
La luz de la luna se cuela por la ventana y le parece azul. Bip, bip, bip. Cree escuchar; sin saber por qué, piensa en Julián, y en cómo su retraso para entregar el prólogo de la edición aniversario de su novela traía de los pelos a Pablo.
Llega al teléfono, pero deja de sonar antes de que pueda levantar el tubo. No hay línea del otro lado. Es solo un pedazo de plástico inerte, hundido en un silencio mortal, como si nunca hubiera sonado… y como si jamás fuese a sonar otra vez.
¿Habían llamado en realidad?
¿O solo fue un sueño?
Vuelve la vista hacia el cuarto. Mira el reloj.
Las cifras rojas le devuelven una mirada borrosa, como si alguien hubiera estirado los números con los dedos.
Parpadea. Nada. Todo sigue igual de desenfocado.
Siguen siendo las tres y algo, o eso cree.
Difícil saberlo cuando el tiempo parece un error de fábrica.
Y entonces, la puerta de entrada se abre de golpe. Ana grita, grita como nunca antes, pero no puede oír su propia voz.
Una figura oscura se dibuja afuera; una figura que la deja paralizada: es Pablo. Ana lo ve enmarcado por la puerta como una aparición. Está desnudo y quieto, con esa calma rara que tienen los muertos cuando se aparecen. Es su cuerpo, es él… y, al mismo tiempo, no.
Se siente estúpida por tentarse a mirarle la entrepierna —una reacción automática, se justifica—. ¿Es necesario hacerlo? No. Aun así, baja la mirada, y el arrepentimiento es inmediato.
La vista se le desborda de espanto; la boca, entreabierta en una mueca que parece querer desencajarle la mandíbula: a Pablo lo han mutilado.
Donde antes estaba su sexo, ahora cuelgan jirones de carne abierta, como si alguien —o algo— los hubiera masticado. Los vellos púbicos están apelmazados por la sangre.
Ana quiere moverse, correr en dirección contraria, volver a su cuarto y esconderse bajo la manta. Pero no puede. Sus piernas parecen no haber salido nunca de la cama.
El hombre —ese que se parece a Pablo, pero no lo es del todo— le clava la mirada con la tensión de quien intenta recordar algo que se le escurre. Murmura palabras ahogadas en saliva… y algo más.
Extiende un brazo hacia ella, y Ana advierte que le falta un dedo. ¿Cuál? Imposible saberlo con tanto miedo.
Pablo —si todavía era Pablo— observa desde el marco de la puerta, como si esperara una invitación para pasar.
Da un paso. Intenta cruzar el umbral, pero entonces el teléfono vuelve a sonar.
El grito de Ana por fin corta el aire, y el hombre huye despavorido.
—¿Estás segura de lo que viste? —insiste Julián.
—Sé que no fue un sueño. Era él… estaba desnudo.
Eso último no lo dice; lo piensa. Pero Julián lo sabe igual.
Ana baja la vista hacia sus manos. En sus ojos hay algo más que miedo: es horror puro, congelado. Como si la imagen aún la persiguiera, como si no pudiera quitársela de encima.
—¿Te dijo algo?
—Murmuraba cosas, pero no le entendí. Y tenía un dedo menos. No sé cuál. No pude mirarlo bien…
Julián se inclina levemente, con una mezcla de curiosidad y preocupación. ¿Por qué se le presentó a ella y no a él? ¿Qué se perdió de la relación entre Pablo y Ana? ¿Qué no supo interpretar por tener la cabeza metida en el culo?
—Vos creés que lo soñé todo, ¿no?
Él niega despacio con la cabeza.
Ana se conforma con ese gesto y se tranquiliza. Julián siente pena porque él sabe: Pablo fue solo el principio, una pequeña muestra de lo que ellos son capaces de hacer.
Un café doble y un capuchino con espuma extra —interrumpe la mesera—. ¿El muffin de arándanos para quién es? —pregunta, mirando a Julián.
Él señala con la cabeza a Ana.
—Tengo uno de sus libros en mi locker, señor Amaya. Si no es mucha molestia, ¿podría firmarlo después? —la mesera se muerde los labios, y el botón desabrochado de su camisa resalta apenas, como si quisiera tentar al escritor.
—Por supuesto, será un placer —responde Julián, luciendo su mejor sonrisa, la misma que con los años le dibujó arrugas en los bordes de la cara.
La mesera se aleja con una sonrisa cómplice, lanzando miradas de reojo para ver si él la observa.
Julián le sigue el juego con una mueca fatigada.
En otro momento de su carrera, se hubiera excusado para ir al baño, solo para tener sexo con la empleada.
Pero ya no era ese hombre. Los viejos hábitos han quedado atrás.
Ana observa la situación y, sin entender del todo por qué, siente celos. Julián no la mira así. No la mira como mira a esa chica.
—¿Quién llamó por teléfono? —pregunta el escritor bajando la voz, casi como si el café entero pudiera escucharlo.
Ella parpadea. Piensa un segundo en la pregunta; un escalofrío le recorre el cuello.
—No sé… —susurra—. Sonó, pero no había una voz del otro lado. Más bien, ruido.
Julián se inclina un poco más.
—¿Qué clase de ruido?
Ana entrecierra los ojos. Se lleva la mano al pecho, y Julián no puede evitar seguir el movimiento con la mirada.
—Un tic, tic, tic… como si alguien estuviera escribiendo. Y voces. Voces que no venían de afuera —dice, desconcertada—. Estaban adentro. Adentro de mi cabeza.
—¿Y qué decían? — presiona Julián, arrepintiéndose al instante.
La joven lo mira, y algo se cuela en su voz.
—El maestro —comienza a responder, y el corazón del escritor se congela—, el maestro volvió.
Julián deja de mover el café. Se queda inmóvil, la mirada clavada en el pocillo. El maestro. La palabra le zumba en los oídos como moscas. Miles de ellas.
La cuchara tiembla en la otra mano y cae en el plato con un clinc seco, aturdidor.
De pronto, Julián siente que todos los ojos se clavan en él. Cada mirada lo atraviesa, lo señalan como si fuera un leproso, como si él trajera todas las desgracias.
¿Ellos volvieron?
‹‹Las voces de Sonora te encontraron››, recuerda. Pero no puede ser; él los vio morir. Él…
—¿Estás bien? —pregunta Ana, tocándole la mano, y el tacto con su piel despierta algo peligroso; prohibido. Él también lo siente, y retira la mano por reflejo.
—Perdón, señor Amaya —dice la mesera con una sonrisa—, acá tengo el libro. ¿Podría firmarlo?
Julián parpadea, vuelve a su cuerpo. Ana nota que el hombre tiene las manos cerradas y los nudillos blancos.
—Sí, claro —responde, forzando una sonrisa—. ¿Cómo te llamás?
Él conoce el nombre, pero prefiere ignorar sus dones, porque es lo que mejor sabe hacer: fingir que solo es un escritor y nada más. No le cuesta demasiado; lleva haciéndolo por más de veinte años.
—María…
—La Gran Madre —dice Julián.
—¿Cómo dice? —pregunta, extrañada, la chica.
—Tu nombre… María no es solo la madre de Jesús; es Isis, y también la diosa Ishtar, que casualmente es el logo de esta cafetería. Así que no es coincidencia que trabajes en este lugar.
La mesera lo observa en silencio. Ana también. Hay algo hipnótico en la voz de Julián. Cuando quiere, puede embrujar. Como lo hacía su maestro.
—En fin, no me hagas caso. Estoy viejo y melancólico. Pásame el libro que te lo firmo.
La chica le alcanza el ejemplar de La mujer sin ojos en la cara. Un tomo ajado, con la tapa desgastada. Julián lo observa, lo sostiene entre las manos y, sin decir más, lo firma.
—Cuando escribí este libro, no era yo. Era el otro…
La mesera lo mira, esperando que continúe, pero el hombre solo se encoge de hombros. Luego sonríe y le entrega el libro. La chica agradece, un poco desorientada.
Julián baja la mirada. Se siente extraño. No… contaminado.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Ana, una vez que la mesera se aleja.
Julián no contesta. Tampoco sabe cómo hacerlo.
—¿Y si hablo con la policía? —sugiere la joven.
—Hacelo, pero no les digas que me viste —advierte, recordando al inspector Torres parado en el living de su casa—. No menciones esta charla —refuerza.
Ana lo mira, pero no dice nada.
—¿Siempre sos así? —quiere saber ella.
—No, a veces soy peor —responde—. Mirá, no te enojes, pero tengo cosas que hacer.
—Pero…
—No te preocupes por nada. Yo te llamo, ¿sí?
—Bueno…
Julián sabe que todo esto es nuevo para Ana, pero para él no. Es algo tan viejo como su pasado. Algo que cojeó hasta alcanzarlo, y ahora que lo tiene, no va a soltarlo. Al contrario: va a derribar lo que encuentre a su paso hasta que el escritor reaccione y vuelva a…
Ana mete la mano en el bolso y saca la billetera. Julián se acerca con suavidad y la detiene. Ella lo mira.
—Guardá eso, ya está todo pago —le dedica una suave sonrisa, y se marcha con pasos ligeros. Algunos lo reconocen, pero no tienen tiempo de saludarlo o tomarse una foto.
María sale de la cafetería rumbo al estacionamiento.
No le tocaba trabajar, pero le hizo el favor a una compañera y, a cambio, no trabaja el sábado.
Además, Julián Amaya le firmó un libro. Y no cualquiera, sino el que perteneció a su madre, el que encontró en su mesita de luz la noche en que a la mujer se le detuvo el corazón para siempre.
Sino hubiera cambiado de día con su compañera, se lo hubiera perdido.
Como dijo el escritor: no era casualidad que ella estuviera ahí, o algo así.
Ríe porque la noche es joven y pinta perfecta.
Todavía no se recibe de psicóloga ni tiene casa propia, pero en ese momento poco le importa todo aquello, porque entre sus brazos, el libro autografiado Con cariño para María viaja cómodo, presionado contra su pecho.
Los mismos que le había ofrecido al escritor.
Recordarlo le da vergüenza y una tímida sonrisa se le escapa sin dibujarle una arruga en su cara de veinteañera.