El Culto 3 . EL REY MAGO #3
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3 . EL REY MAGO #3

—Creímos que podía haberse ausentado por decisión propia. Pero el tiempo y ciertos detalles nos hicieron cambiar de idea.

La preocupación se le clava en el pecho. Julián siente cómo se le aprietan los hombros, cómo la garganta se le tensa. Primero la carta, después Baltazar… y ahora, la desaparición de Pablo.

Camina distraído hacia el sofá y se deja caer, sin importarle la presencia del policía. Clava la vista en la ventana. Afuera, el viento sacude los árboles de su amplio jardín. Piensa en lo que hay más allá de los muros del caserón y un escalofrío le cruza la espalda.

—No lo veo desde la semana pasada —responde, antes de que Torres pregunte.

—Eso me imaginaba —asiente el inspector, cruzando los brazos—. De todas formas, es extraño que no lo haya intentado contactar, ¿no le parece?

Julián gira apenas la cabeza, lo justo para que el hombre entienda que no le gustó el comentario.

—Pablo no es de dar explicaciones. Nunca lo fue.

Torres sostiene la mirada un segundo de más, como quien anota algo invisible en su cabeza.

—Claro —deja escapar casi como un suspiro—. Si tiene noticias, o Pablo se comunica con usted…

—Avisaré —corta Julián, sin esconder el fastidio.

Torres asiente, agradece con una inclinación de cabeza. Da una última mirada al lugar —quizás más larga de lo necesario— y se dirige a la puerta sin esperar escolta.

—Antes de irme…

—¿Sí?

—Me gustó mucho su segundo libro, el del hombre que está convencido de que un parásito de otra dimensión invadió su cuerpo… ¿Cómo terminaba?

Julián enarca una ceja. Esa pregunta no es casual.

—El protagonista mata a su mejor amigo, convencido de que puede habitar dentro de su cuerpo —responde, y siente que con su respuesta ha confesado un crimen.

Torres sonríe, pero sus ojos permanecen quietos, oscuros.

—Claro. Eso era.

Hace una breve pausa, casi imperceptible.

—Conozco la salida. Gracias por su tiempo —dice finalmente, y se marcha, dejando a Julián con la intención de acompañarlo, parado en medio de la sala. La sombra del atardecer entra por la ventana y lo envuelve entero, como si la soledad adquiriera una forma concreta, densa, con olor a advertencia.

Mira la puerta cerrada como si Torres aún estuviera ahí, el eco de su presencia flotando en el ambiente. No es paranoia. No está vez.

Se derrumba sobre el sofá, y Baltazar se desliza silencioso por la alfombra, salta al respaldo y se acomoda justo detrás de la cabeza del escritor. Emite un ronroneo grave.

—Sí… ese tipo va a ser un problema —murmura Julián sin moverse.

El gato salta sobre la cabeza del escritor y aterriza sobre la mesita; desde allí, clava sus ojos dorados en el sobre que Julián dejó caer sobre la alfombra. Su cola se sacude apenas.

—Ya sé, ya sé… —dice Julián con cansancio.

Se acerca al sobre, y lo recoge con las pinzas que usa para el hielo, evitando tocar el papel directamente con los dedos. Baltazar lo sigue con la mirada, alerta.

En la cocina, busca el encendedor y un platón de metal. Lo coloca todo sobre la mesada, listo para desaparecer lo que ya leyó. Extiende la mano hacia el encendedor, pero entonces, un sonido seco lo detiene.

Baltazar empuja con la pata una caja de fósforos olvidada en la alacena. Cae al piso con un chasquido hueco.

Julián frunce el ceño. El gato lo mira, maúlla grave y luego guarda silencio.

El escritor suspira, se agacha y recoge los fósforos, entendiendo lo que el animal le indica.

—Que Madame Fontaine no se entere que casi uso un encendedor… —dice, buscando complicidad en el gato.

Deja caer el sobre abierto en el platón.

Lo observa unos segundos, como si esperara que reaccionara, que hablara.

Raspa la cerilla. Prende el borde del papel.

Las llamas crecen rápido, demasiado para un papel cualquiera.

La tinta burbujea, el papel se tuerce, como si sufriera.

Julián cree escuchar un crujido ahogado, un suspiro contenido.

El humo tiene un aroma dulce, denso, repulsivo. Datura. Lo envuelve todo.

—Las voces de Sonora se pueden ir bien a la mierda —dice, y se siente más aliviado.

Baltazar se sube a la mesada y arquea el lomo. Su pelaje se eriza, los ojos clavados en el fuego como si viera algo que Julián no.

—Una cosa menos —murmura, frente a las cenizas del papel.

Camina alrededor de la computadora, pero no tiene fuerzas para escribir. Quizás más tarde. ¿En otra vida? Puede ser.

Se sienta frente a la ventana con el vaso entre las manos.

—¿Dónde estás, Pablo?... la puta que te parió —murmura, intentando alcanzar la mente de su amigo. Pero hay interferencia. En cambio, vuelve a contactar con la conciencia del motociclista. El escritor no se dio cuenta, pero al parecer lo siguió hasta la casa.

‹‹Creí ser claro››, dice Julián con la voz de su conciencia.

‹‹Perdón, pero ahora hay tanta oscuridad que...››. El motociclista se interrumpe, como si algo lo llamara.

‹‹No te distraigas, flaco… lo que tenés que hacer es volver al lugar del accidente y esperar››.

‹‹¿Qué tengo que esperar?››

‹‹A que deje de doler››, y el motociclista desaparece.

Baltazar lo mira con sus ojos dorados.

—Sí… todo se está yendo a la mierda —reflexiona.

El gato emite un miau seco, como si no pudiera estar más de acuerdo.