3 . EL REY MAGO #2
Las rejas se abren con un chirrido cansado y el auto entra despacio, como si pisara terreno sagrado.
La casa lo espera, erguida y silenciosa, con una mirada opaca; sabe más de lo que dice.
Julián no se resiste: abraza esa sensación que le oprime el alma. Hay algo reconfortante en volver al nido del monstruo.
El interior de la casa huele a encierro, a sahumerio apagado y whisky viejo. Entra con cuidado de no mover la sal colocada en el marco de la puerta. evita mirarse por temor a ver el color de su aura; de lo que cuelga sobre su espalda.
De repente, un gato negro se frota entre sus piernas.
Julián se detiene en seco, desconcertado: lo reconoce al instante.
Es el gato del Mystic Soul, el de Madame Fontaine.
El mismo que lo había observado en silencio desde el rincón del local en su juventud, como un vigilante silencioso. Un protector.
Pero eso fue hace años. Y aquel lugar ya no existe.
Lo alza con suavidad. El gato lo mira fijo con sus ojos dorados, y en ese instante Julián lo entiende. No es el mismo… pero su conciencia sí. Es otro cuerpo, otro nombre. Baltazar, le dice, sin palabras.
Julián asiente, sin necesidad de más explicaciones. A pesar de lo que el gato representa —todo lo malo regresó—, hay algo en su presencia que lo conmueve: una ternura antigua, un calor olvidado.
El gato emite un ronroneo cargado de juicio.
—Sí, ya sé —dice Julián sin mirarlo—. No hace falta que digas nada. Aun así, Baltazar bufa.
El escritor revisa la sal en el marco de las ventanas y el carbón en los costados de la casa, seguido de cerca por el animal. Se dirige al cajón donde está la carta. La contempla sin agarrarla: no cree estar preparado para leer otra vez aquellas palabras.
Si antes las luces de alarma se habían encendido en un pequeño rincón de su cabeza, ahora eran toda una puta ciudad iluminada.
Se sirve un trago y se acomoda en el sofá con el sobre en la mano. Mueve el vaso para que el alcohol libere su aroma y sabor, y bebe sin hacer muecas ni apretar la mandíbula, porque el fuego camina con él.
No hablaré de Judy, Gordon… no, no hablaré. Y termina el whisky de un sorbo.
El gato salta a la mesita de vidrio y lo observa como si supiera. Y es que, en realidad… sabe.
Julián no le presta atención: examina la estampilla, la letra… y también el olor del papel. Datura inoxia, o como suele llamarse: la flor del diablo.
Sin saber por qué, levanta la vista con preocupación hacia el timbre eléctrico, pero el aparato sigue mudo.
Entonces la mano derecha se le paraliza de golpe y deja caer la carta sobre la alfombra.
—Hay que quemarla —dice Julián.
Baltazar aprueba con un maullido grave y, en ese mismo instante, el timbre de la entrada suena. Tarde, pero seguro: su intuición no le falla.
—¿Sí? —dice por el comunicador.
El hombre de afuera se acerca al parlante para responder.
—¿Señor Amaya?
—Sí —responde, sin agregar nada más.
—Soy el inspector Torres, necesito hablar con usted.
—¿Podría mostrar su identificación a la cámara? —pide Julián.
El gato inclina la cabeza, como si aprobara el pedido.
El hombre acerca la identificación hacia la cámara, y el escritor comprueba que, en efecto, es un oficial.
Vuelve la vista hacia el premio de escritor revelación como buscando un ancla, y se abrocha el cuello de la camisa.
Aprieta el botón, y la reja de la entrada se abre. Sigue al inspector Torres por la cámara, atento a cada movimiento. Lo estudia, busca señales, alertas… algo que le adelante el motivo de la visita.
El inspector golpea la puerta, y al instante, Julián abre luciendo su sonrisa de tres, dos, uno… aire.
—Inspector —dice Julián, extendiéndole la mano.
—Un gusto, señor Amaya. ¿Puedo pasar? —pregunta Torres.
A Julián se le viene a la mente la imagen de un vampiro parado en el marco de la puerta. Asiente, conteniendo las ganas de decirle que no.
—Póngase cómodo, Inspector —aunque no demasiado, se contiene de decir.
Cierra la puerta y nota que el hombre ha corrido la sal con los pies al pasar. Menea la cabeza, pero no hace nada al respecto. De una forma u otra, el mal ya está adentro.
El inspector debe rondar los cincuenta y tantos, con el rostro marcado por el cansancio y unas ojeras que podrían delatar a un adicto al trabajo… o a un hombre de familia. Julián se inclina por lo segundo. Prefiere pensar que es eso, aunque sabe que no es cierto.
Torres no dice nada, se toma su tiempo para hablar, lo cual lo vuelve alguien peligroso. Además, huele a licor barato. Seguro tomó un trago antes de entrar. Todas malas señales.
Baltazar maúlla como diciendo “cuidado con este tipo”.
—Qué lindo gato —dice Torres, e intenta acariciarlo. El animal lo evita con elegancia.
—Gracias, se llama Baltazar —dice Julián, sin perderlo de vista.
—¿Como el rey mago? —pregunta el oficial con una ingenuidad casi tierna.
—Sí, como el rey mago —responde el escritor, con una sonrisa, descartando que el hombre conozca el Evangelio Armenio de la Infancia.
—Mire, no quiero robarle su tiempo. Sé que es un hombre ocupado —agrega, señalando la computadora del fondo.
—Bien, ¿a qué debo el honor de su visita?
—Es por Pablo Durán.
Julián siente que una mano se le cierra alrededor del cuello, y le hace imposible tragar saliva.
Torres desvía la mirada hacia el vaso con whisky y vuelve al escritor por reflejo, como buscando un atisbo de perplejidad, algún signo de culpabilidad. Julián intuye —sabe— que tiene que moverse con cuidado. Torres lo está poniendo a prueba. ¿Tan rápido?
—¿Qué pasa con Pablo? —pregunta finalmente.
—Su editor…
—Representante —lo interrumpe Julián.
—¿Cómo dice?
—Pablo es mi representante, no mi editor.
—Comprendo. Bueno, el caso es que la secretaria del señor Durán denunció su desaparición hace una semana, y desde entonces no damos con su paradero.
Julián frunce apenas el ceño.
—¿Y recién ahora me avisan?
Torres ladea la cabeza, como si esperara ese reproche.