El Culto 3 . EL REY MAGO
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3 . EL REY MAGO

En alguna parte del desierto de Sonora, hace algunos años…

Los profanos escuchan al que habla: un viejo con la voz quebrada, siempre al borde de la tos, envuelto en túnicas de color púrpura. Los jóvenes están sentados y forman un círculo a su alrededor. Escuchan atentos sus palabras.

—El Cubo es una simulación, una pared que parece verdadera…

y, en cierta medida, lo es. Pero no debemos olvidar que este mundo es un engaño, una sombra pasajera.

Es necesario superar nuestras concepciones ilusorias.

Estoy seguro de que, con la magia del Hombre Muerto, encontraremos las palabras necesarias para llegar al séptimo gobernante y alzarnos hacia el Vacío, más allá del espacio y del tiempo —dice, escupiendo un hilo de saliva. Clava la mirada en Sophia y en Julián.

En la oscuridad, el maestro vigila atento. Todavía no lo conocieron, no pueden hacerlo; no están listos.

Tiene mucho interés en Julián, el joven argentino. Si pudiera quitarle de encima a la mujer que le renta ese cuarto mugroso y que, además, le da empleo…

—¿Cuál era su nombre de bruja? —piensa—. Ah, sí… Madame Fontaine —se ilumina, crispando los dedos.

Menea la cabeza con asco.

Pero confía en que, a la mujer, le llegará su tiempo. El Culto ha llegado muy lejos como para que fuerzas menores se interpongan en sus planes.

Vuelve la vista hacia Julián y se pregunta si estará listo para la primera prueba.

—La sangre lo dirá —afirma—, la sangre lo dirá.

Julián conduce a casa. Tuvo un día agotador, de esos que aplastan el cuello y no dejan pensar, pero en el refugio de su mente encuentra asilo. Imagina que está envuelto de colores, y que el pacto es benigno, porque alguno tiene que serlo, ¿verdad?

Un bocinazo lo devuelve a la realidad. Al parecer, se fue demasiado lejos esta vez y se detuvo frente a un semáforo en verde. Saca la mano por la ventana y hace la señal para que pasen.

—¿Viste quién era? —escucha, al pasar, que el conductor le dice a otro en el interior del auto.

No se molesta en saludar; está demasiado cansado.

Pablo no apareció en toda la semana, ni siquiera fue a la oficina —algo clásico de su amigo en épocas de apareamiento—, lo que obligó a Julián a lidiar solo con la gente de la editorial y sus eternas propuestas para la edición aniversario de El asesino del hacha.

—Tanto que rompió las pelotas… —se queja, pensando en su representante.

Pone primera y jura que, si escucha una vez más el nombre de su novela, va a gritar.

Quizás debería ponerse en contacto con Ana, la secretaria de Pablo, piensa. No sería mala idea: ella podría llevarle la agenda, y hasta hacerse cargo de algunas reuniones, y si su amigo se queja, que se joda.

El tráfico está cargado, la avenida es un lío.

Al parecer, hay un accidente unos kilómetros más adelante.

Un motociclista fue arrollado por un colectivo.

La palabra arrollado le llega con el viento, como si alguien se la hubiera susurrado.

No tarda en darse cuenta de que es el motociclista quien la ha pronunciado.

No con su boca, porque su cuerpo físico está hecho pedazos, al igual que la moto destrozada a su lado. Lo dijo su conciencia.

La temperatura dentro del auto desciende drásticamente. Julián aprieta el volante, casi resignado. Ya sabe qué viene.

‹‹Lo siento, no tengo tiempo para esto››, le dice con la misma frecuencia.

‹‹Necesito… mi familia, yo…››. La conciencia del motociclista todavía está dividida entre ambos mundos.

‹‹No››, insiste Julián. La voz desaparece y la temperatura vuelve a la normalidad, pero, en cambio, una sensación de nostalgia inunda el interior del auto.

—Puta madre… ¿algo más? —se queja a la nada.

Saca el brazo por la ventana para avisar que hará un giro imposible con el auto y, tras varios bocinazos y alguna puteada, logra ir en sentido contrario. Dobla en San José —cuántos santos—, y logra avanzar por Belgrano, donde el camino está libre de tránsito, pero no de semáforos.

Se detiene frente a la luz roja. Escuchar Triunfo de Almafuerte en la radio le cambia el humor.

Apenas logra que el agotamiento le dé un respiro.

Mira por la ventana: dos enamorados tomando un helado.

Baja la vista porque sabe que la imagen no lo llevará por buenos caminos.

Pero ya es tarde: el pasado se mete por la ventana del lado izquierdo del automóvil, se sienta junto al escritor y se abrocha el cinturón de seguridad, indicando con aquel gesto que debe prepararse para el viaje directo al corazón de la nostalgia.

Se ve manejando el Cadillac, perdiéndose por los serpenteantes caminos de Hollywood Hills; exprimiéndolos hasta dejarlos vacíos, con el sol muriendo a lo lejos y lo que fuera que brillara en la noche de Los Ángeles.

Se detiene en el Blockbuster donde trabaja Andrew, a quien le dicen Michael por su fanatismo por las películas de Halloween. Alquila algún VHS a cambio de una lectura de tarot, aprovechando que todos en Hollywood son supersticiosos. El olor a vainilla dentro del local es reconfortante.

Sophia lo espera afuera. No sabe cómo llegó, pero ahí está. Con la típica postura de “me gustas, pero no voy a besarte”, y esa sonrisa que hace a la primavera sentirse una mierda.

Los buenos viejos tiempos.

El semáforo vuelve al verde. Pone primera y el auto avanza, dejando atrás a la chica, el VHS, y lo bueno de ser joven.

Una señal en el tablero le recomienda cargar nafta y su estómago, de paso, le recuerda que podría comer algo. Gira hacia la estación de servicio.

El empleado se acerca —no debe tener más de veinte años—, observa Julián, y le da la llave. Guiña un ojo; se arrepiente al instante de ese gesto porque lo siente forzado. Hasta caer bien le sale fatal estos días.

En la tienda compra cigarrillos y un alfajor. La dieta de los campeones.

—El otro día te vimos con mi novia en ese programa de la noche —dice el empleado del freeshop.

Julián mira hacia afuera: el chico carga combustible y, por algún motivo suicida, enciende un cigarrillo mientras espera que el tanque se llene.

El escritor no se alarma. Al contrario, deja que la escena se arme sola en su cabeza, mientras el bip, bip, bip del monitor en blanco se retuerce de rabia:

Una chispa cae al suelo, sobre un charco de nafta.

El empleado nota el fuego en sus pies, intenta apagarlo a manotazos, pero ya es tarde.

Tiene un último pensamiento: Ella no me devolvió el llamado, y se siente un idiota.

Clava la vista en la nada justo antes de que el auto explote y su figura se pierda entre las llamas.

—¡Puta madre! —grita el del freeshop, cubriéndose la cara con el brazo, antes de que el fuego le dé un bronceado definitivo.

Julián sonríe. Acaba de desbloquearse y ya tiene el inicio de su próxima novela: La forma de la sangre.

—Ah, ¿sí? —dice, volviendo a la realidad.

—Sí, me pareció que el conductor te tomaba el pelo…

—Es parte del show.

—¿Y no te jode?

—Perdón, no escuché la pregunta —dice Julián, mientras el empleado afuera quita la manguera de la boca de carga del auto.

—¿Que si no te jode que te tomen de boludo en la televisión?

—No, la verdad que no. Como te dije, es parte del show.

—Sí… ¿Nos sacamos una foto?

—Sí, claro.

Julián estira el cuerpo para quedar cerca de la cara del hombre y ofrece una de las tantas sonrisas que guarda para los fanáticos.

—Mi novia está leyendo tu último libro.

—¿Sí?

—Eso me dijo. Creo… Te soy sincero, no leo nada tuyo desde El hombre que olía a muerte.

El escritor respira con alivio; hasta se permite sonreír.

—Creo que tengo una copia de alguno de mis libros en el auto. Lo busco y te lo firmo —promete.

—¿De verdad? Mi novia se va a volver loca…

Julián se pregunta por qué tanta generosidad. Quizás porque el hombre es un lector de la vieja época. De la buena.

Sale del freeshop, saluda con la cabeza al empleado, y deja una propina generosa. Es más, debería abrirle una cuenta corriente para que reciba el pago por las próximas ventas de su novela. Después de todo, fue la imprudencia del chico lo que aceitó los engranajes de su oxidada cabeza.

Abre la guantera y cae una edición de bolsillo de Los hijos de Saturno. Sostiene el libro con la diestra. Lee el título y un escozor le sacude el cuerpo.

Sale del auto y camina en dirección al freeshop. El empleado todavía está agradecido por la propina.

Con el libro sobre el mostrador, Julián escribe la dedicatoria para la novia del hombre, mientras este lo observa incrédulo.

Por un segundo se le cruza por la cabeza cuánto podría venderlo en las redes, y, como si Julián pudiera leerle los pensamientos —de hecho, lo hace— lo mira con reproche.

El empleado, sin saber bien por qué, desvía la mirada.

—Pará —dice el hombre—. ¿Cómo sabés el nombre de mi novia?

Julián no responde de inmediato. Sostiene los ojos fijos en él con una calma densa, casi desafiante, y con la lapicera en el aire termina de escribir la dedicatoria. Cierra el libro con un leve golpe sordo, que parece sacar al empleado del freeshop de un trance.

—Vos me lo dijiste, cuando me contaste que estaba leyendo uno de mis libros —responde. Todavía es bueno mintiendo.

—¿En serio?

El empleado lo observa, perplejo. Julián le entrega el libro y le apoya la mano en el hombro apenas un instante.

—Llamala para contarle que le firmé un libro, y decile que tenga cuidado con el perro. Y con la escalera.

—¿Qué?

Pero Julián ya se dio media vuelta y vuelve al auto. El empleado lo ve alejarse con el libro entre las manos, con una incomodidad inexplicable pinchándole el centro del pecho.

El escritor arranca el automóvil y se pierde por la calle, con una mueca torcida que no llega a sonrisa. El bloqueo ya no está.

El sol se filtra a través de los árboles y el brillo atraviesa el parabrisas del auto, como si lo estuviera llamando, pero Julián lo ignora.

Tiene que solucionar algunas cosas antes de devolverle la mirada.

Sube el volumen del estéreo porque suena Firestarter de The Prodigy.

El fuego camina con él esta tarde, recuerda la película de Twin Peaks; a David Bowie diciendo que no hablará de Judy, y la delicadeza con la que insinúa que el agente Dale Cooper es Mr. C.

Dobla en la esquina y ve los muros de su caserón de Adrogué a corta distancia.