2 . BLOOD SUGAR SEX MAGIK #3
—Vayamos de a poco, Omar —propone Richard Clarke, el periodista, con un castellano forzado, al hombre que tiene enfrente: un viejo chamán de un México sin nombre. Enciende la grabadora y un cigarrillo.
—Como usted quiera, señor.
—Háblame del origen de este lugar… de este desierto.
—Bueno, nuestro génesis cuenta que, en el principio, todo era caos, y los dioses se sacrificaron para crearlo.
El viejo revisa si la mesera ya les trae el pedido.
—¿Te refieres a los cinco elementos?
—El cosmos, y luego, este desierto —aclara Omar con una sonrisa infantil en el rostro, porque la mesera ya está enfrente de ellos con el desayuno.
El periodista corre la grabadora y el anotador para hacer espacio. Cierra los ojos un instante; el humo del cigarrillo le quema la mirada.
—¿Usaron su sangre para crear el cosmos? —pregunta, mientras agita el sobrecito de azúcar.
—Sí, señor. La sangre es el puente que une lo divino con lo terrenal. Es por eso que, de vez en cuando, debe ofrendarse —responde, y prueba el café. Frunce el rostro y le da otro sorbo.
—¿Sacrificios humanos? ¿De eso estamos hablando, Omar?
—Los ignorantes lo ven de esa forma.
—Pero no deja de ser un sacrificio…
—¿Cómo cree que el sol se mueve a diario alrededor de la Tierra?
—La Tierra se mueve alrededor del sol —corrige.
—¿Cómo dice? —pregunta con la mirada distraída el viejo.
—Que lo que se mueve es la Tierra, Omar.
—Oh, señor… hablar con usted me atrasa tres mil años en el tiempo —se queja, y le da otro sorbo al café.
—¿No me dirás que eres terraplanista? —no puede evitar la risa nerviosa.
—Todo el mundo lo es, solo que los han manipulado —replica el chamán.
—De acuerdo —responde el reportero, mientras busca otro cigarrillo, sintiendo un nudo en el estómago que el aire caliente del desierto no alivia.
—No mientras desayuno, señor —advierte Omar, señalando el cigarrillo en la boca del periodista. Este asiente, lo guarda y siente cómo el calor del café y la tensión se le pega a la piel.
El viejo ajusta la servilleta alrededor del cuello, y por un instante la cafetería parece más pequeña, como si el mundo se cerrara a su alrededor.
—Tratando de entender lo que dices sobre la ofrenda de sangre… ¿por qué sacrificar niños, Omar?
—Porque ahí está el potencial —responde el chamán.
—¿Para las cosechas? —la pregunta suena tonta incluso para él, y sin embargo no puede evitarla.
—Para todo —remata Omar, sin alterar un gesto, como si hablara de la lluvia o del sol.
—Para todo… —repite el periodista, como buscando el significado en aquellas palabras. No lo encuentra. Tampoco le importa; solo registra lo que el viejo dice.
Tose y vuelve a la carga.
—Háblame del Culto…
El chamán se echa hacia atrás en su asiento, observando al periodista con el rostro impenetrable.
—La gran pregunta —dice.
—¿No es lo que preguntan todos? —se excusa el periodista.
—Redunt Saturnia regna… —lanza el viejo, como si eso lo dijera todo y nada a la vez.
El periodista anota, reservando la pregunta; antes de que pueda formularla, el chamán la responde:
—El reino de Saturno regresa.
—¿Saturno? ¿El planeta Saturno?
—Si para su entendimiento le sirve… digamos que sí, el planeta.
—¿Qué otra cosa sería?
—Pensé que vendría un especialista —dice, y su decepción es casi tangible.
—Mire, tenía una muy buena razón para no venir hasta aquí —responde el periodista, mientras rodea el lugar con el dedo—, y aun así…
—¿Por buena razón se refiere a una jovencita, señor?
Richard lo mira nervioso y deja pasar lo que dijo el viejo.
—A esta secta se la llamó El Culto, pero… ¿el culto a qué?
—El culto al Cubo —responde, mientras revuelve el café y separa un bizcocho.
—¿Qué es el Cubo?
—Dejemos eso para después. Por el momento, solo fijemos conceptos, señor. —Moja el bizcocho en el café y muerde con avidez, como si llevara años sin probar comida.
El periodista aparta la vista del viejo y observa el paisaje a través de la ventana: un cielo sin nubes, un suelo agrietado por el calor abrasivo. Cree ver un buitre y, por un segundo, se imagina a quien acecha el ave.
—¿No se va a comer su bizcocho, señor? —pregunta el viejo, con la boca llena.
—¿Cómo dices, Omar? —responde desorientado.
El chamán no se molesta en repetir la pregunta. Solo señala con el dedo el bizcocho al costado del café del periodista. Este parpadea lentamente y niega con la cabeza.
Se lo alcanza al viejo, quien lo toma con cuidado y agradece de vuelta con esa sonrisa infantil que incomoda al reportero.
—¿El Culto usaba magia en sus rituales?
—Oh, sí. Una muy poderosa —responde agitando la cabeza.
—¿Qué magia era esa, Omar? ¿Magia negra?
—¿Magia negra? Los colores en la magia son como los partidos políticos, señor. Todos son iguales.
—Buena respuesta, mereces otro bizcocho —dice, y hace un gesto a la mesera.
—Es usted muy generoso.
—Entonces, Omar… ¿Qué magia usaron?
—La magia del Hombre Muerto —responde mientras sigue con la mirada los movimientos de la mesera.
—¿Hombre Muerto?… es la primera vez que lo escucho.
—Porque es algo antiguo. Mas antiguo que la Magick —afirma el chamán.
El periodista anota todo en su libreta, a pesar de estar grabando la entrevista. Pasa las páginas apurado buscando algo.
—Omar, ¿qué sabes de Julián Amaya?