El Culto 2 . BLOOD SUGAR SEX MAGIK #2
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2 . BLOOD SUGAR SEX MAGIK #2

Camina hasta el televisor y deja caer su bata.

—Mmm… ¿No voy a poder ver el final del show, ¿no?

—¿No querés ver otra cosa? —insinúa ella, lanzando un vistazo de reojo hacia la habitación.

—Sí… Creo que Julián se las va a arreglar solo.

Pablo salta del sofá y la mujer se aparta, divertida. Corre hacia la habitación. Él la sigue y cierra la puerta detrás de sí, sumergiéndose en la luz roja del cuarto. La mujer se arroja a la gran cama en el centro, junto a dos pilares en los extremos.

Es una habitación realmente lujosa.

—¿Champagne? —invita Pablo, y la mujer asiente con un suave movimiento de cabeza.

Lo observa recostada, atenta.

Pablo bebe de un sorbo el contenido de su copa y le arroja a la mujer el contenido de la otra.

Ella reacciona con un sobresalto por lo fría que está la bebida.

El hombre se arroja sobre ella y comienza a besarle el cuello, los hombros, y luego los pechos, mordiéndole los pezones.

La mujer gime de placer y le rasguña la espalda, arrancándole algunos gemidos y encendiendo aún más la llama en sus genitales.

Pablo la coloca de espaldas y le eleva las caderas dispuesto a comenzar su acto de magia.

De repente, desde otra dimensión, alguien chasquea los dedos, y la mujer se deja arrastrar por una fuerza invisible.

Un hombre golpea a Pablo en la cabeza, y este cae de costado, manchando la alfombra con su sangre.

La mujer se desliza de la cama y abre la puerta de la habitación para que el resto de los hombres entren.

Pablo se revuelca en el colchón, todavía aturdido. Apenas puede distinguir los rostros que lo rodean, sombras que respiran cerca, con una calma antinatural. Busca cubrirse con las manos, pero los brazos no le responden bien. Todo se siente más lento, como si lo envolviera un aire espeso, irreal.

—¿Quién carajos son? La plata no está acá… yo…

—Pablo —dice la mujer, avanzando con un cáliz dorado entre las manos—, fuiste elegido como recipiente para contener al maestro. ¿Estás preparado?

Él intenta incorporarse, pero una fuerza densa le aprieta el pecho. El sudor le resbala por la espalda. Algo en el tono de la mujer le cala hondo, como si ya lo hubiese escuchado en algún lugar… ¿un sueño? ¿una pesadilla?

—¿De qué hablás? ¿Qué mierda está pasando?

Uno de los hombres lo toma del brazo, y Pablo patalea, se revuelca, grita.

Pero el cuerpo ya no le responde como antes.

Las fuerzas se le escapan por la piel. Lo devuelven a la cama con una facilidad que lo asusta.

Dos hombres más le sujetan las piernas. La mujer se le acerca y le acaricia la frente con ternura.

Es extraño: la piel de ella huele a flores secas y a incienso. Un olor viejo.

—No te resistas, Pablo. Todo esto es inevitable.

—No… por favor… Podemos ir al cajero, les doy todo —balbucea. Pero su voz suena ajena, como si no saliera de su boca, sino de algún lugar al costado de su cabeza.

La mujer besa la piel cerca de su ingle, con una suavidad casi maternal.

Pablo tiembla. Su cuerpo empieza a disociarse del miedo; el corazón late como un tambor lejano.

El sexo se le endurece, como si estuviera viviendo en otra realidad.

Siente que algo se abre en su mente, como un cuarto oscuro al que nunca había entrado.

No es deseo: es un calor sin dueño que le trepa desde el perineo hasta la nuca.

Los ojos se le van para atrás, y siente pequeños espasmos que lo recorren, como si tocaran las fibras de otra dimensión.

Gime. Ríe. Llora. Todo al mismo tiempo. No sabe qué le pasa.

Es como si el tiempo se hubiese roto en su cerebro.

Las voces masculinas comienzan a recitar las palabras que invocan lo que está aprisionado en el otro plano, con voces graves y guturales.

—Y creo en una tierra madre de todos, y en un útero en el cual todos los hombres son engendrados… —recitan como plegaria.

Una parte de Pablo quiere gritar, pero otra solo quiere quedarse así, flotando. Mira a la mujer. Ella sonríe. Un hombre le devuelve el cáliz y entrega una daga.

Entonces Pablo alza la cabeza. Ve el filo de la hoja y a la mujer que le sostiene el miembro con fuerza.

—No… no… por favor… —dice Pablo, entre llanto y sonrisa. Ella no escucha, está concentrada. Poseída.

—Misterio de misterios —susurra la mujer—, su nombre es…

—Babalon —responde Pablo en un trance fatal, y ella mutila al hombre con sutileza brutal, salpicándose de sangre los pechos y la cara. Otra vez el sobresalto, pero esta vez es diferente.

Pablo grita de placer porque puede ver la puerta abrirse desde una grieta en el techo.

Ve cómo la Guardiana del portal le tiende la mano, y el coro de ángeles, las luces solares color púrpura sobre la corona de Saturno, mientras la mujer vierte la sangre del hombre dentro del cáliz.

Lo pasa a los hombres para que beban, y ella también bebe, pero directo del miembro mutilado, de donde la sangre mana como un manantial puro y primigenio.

Entonces, un líquido burbujeante que reconocen como el maestro se filtra por la grieta del techo y cae sobre su pecho, hasta formar un charco negro, denso y palpitante.

La mujer sigue absorbiendo desde el sexo de Pablo, y lo que habitaba en el hombre se drena a través de ese acto. Le abre paso al líquido negro que se introduce en sus fauces y desborda todo lo que habitaba en ese cuerpo.

El maestro se reconoce, lentamente, en ese cuerpo extraño y mutilado. Sonríe. Han pasado muchos años desde la última vez, pero les enseñó bien. Tan bien, que ella supo cómo traerlo de vuelta.

La mujer continúa bebiendo hasta que la sangre se desborda por la comisura de sus labios. Se detiene de golpe al descubrir la mirada del maestro en el cuerpo de Pablo.

Él extiende el brazo para acariciarle la cabeza.

—Mi pequeña —dice con la boca pastosa.

Y de repente frunce el ceño: percibe algo. Todos en la habitación lo sienten también. Fijan la mirada más allá, hacia la televisión del living, atravesando las paredes del cuarto.

Desde la pantalla de la televisión se escuchan risas y aplausos por un nuevo chiste del conductor.

Pero Julián ya no se ríe. Mira directo a cámara, a través del vidrio, como si pudiera ver más allá del living de Pablo, lo que hacen con su amigo, y como si supiera que a él también lo están observando.

El tiempo se congela un segundo.

Julián parpadea.

Y todos siguen como si no hubiera pasado nada.

FRECUENCIAS DE SONORA 11.3

En alguna cafetería perdida en medio del desierto: