El Culto 2 . BLOOD SUGAR SEX MAGIK
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La sensación de no pertenecer a este mundo es su sombra. Se arrastra por Mulholland Drive dando tumbos sin tocar el suelo, como una aparición. La carretera le ofrece una impresionante vista del valle de San Fernando.

—Tantos santos, tantos… —murmura, y le cuesta reconocer su propia voz.

Lo poco que recuerda es que estaba, como siempre, en su trabajo. Un chasquido de dedos cortó el aire, el tiempo pestañeó, snap, y lo dejó todo de lado.

Ahora camina desesperada, apura el paso porque siente que algo se le escapa. No algo: alguien.

Reno Street no está lejos. Las cosas no pudieron cambiar tanto; él debería estar ahí, todavía joven, con su cabellera alborotada, como una tarde de trabajo en diciembre.

Mira a los costados como si escapara. ¿De qué? De esos dedos invisibles que la obligan a moverse sin sentido, haciendo que los fragmentos que sostienen su mundo comiencen a resquebrajarse.

Dobla la esquina y el sol no perdona: le hiere la vista. Lo maldice por ser un profanador, por ocupar un lugar que no le corresponde. Cruza el dedo diestro por el cogote y alza la mano mostrando el dedo medio a la lumbrera. Ella no le pertenece. Ni ellos tampoco.

¿Ellos? Sí, ellos.

‹‹Oh, no… ahí viene››

Otro chasquido de dedos, resuena como una orden pronunciada desde algún lugar invisible, y algo en su cabeza se derrite, se evapora poco a poco: su memoria.

Las campanadas de la iglesia de Bel Air suenan, aumentando la ansiedad por llegar. Ya no camina dando tumbos: ahora se mueve como si le urgiera llegar al baño, sin importarle las miradas entrometidas que la observan como si fuera algo profano.

Se esfuerza por detener lo que sea que ocurre dentro de su cabeza. Por frenar el derramamiento del nombre de las cosas, de las personas. Pero nada parece poder detener lo inminente.

Arrastra el pie en el último tramo del recorrido y se sostiene el pecho para que el corazón no se le salga.

Girar en la esquina es lo próximo. Solo espera encontrarlo en la tienda —en la puta Mystic Soul—, como siempre en aquellos años, entre piedras de turmalina y cartas del tarot.

O eso le contó la mujer cuyo nombre acaba de olvidar…

¿A dónde está yendo? Ella debería estar en otro lugar, con su verdadero nombre, y…

Aguanta la respiración. El sudor le pica en todo el cuero cabelludo. Dobla la esquina en busca de la tienda…

Otro chasquido de dedos, esta vez más cerca, con el mismo pulso que un código repetido, y entonces…

¿Quién es ella? ¿Qué está haciendo en ese lugar?

Mira alrededor, desorientada. Ve su reflejo en el vidrio de un local, y las mariposas monarca revolotean detrás de su mirada.

El último chasquido de dedos llega para cambiarlo todo, y su nueva memoria se activa. Una identidad nueva se acomoda en un compartimiento secreto de su cabeza.

—El aeropuerto —dice—, ahí es a donde iba.

Sonríe, porque es joven y la vida apenas comienza.

Medianoche de viernes. Argentina.

Julián se mira una vez más en el espejo del camerino y niega con la cabeza. Repasa las respuestas que ensayó con su representante y la voz se le entrecorta. Está nervioso.

‹‹¿Cuándo fue la última vez que saliste en vivo? Un año. Mierda, parecen siglos››, piensa entre repaso y repaso.

A través del pasillo se filtran los aplausos y las risas que reaccionan a las bromas del conductor del programa.

Suspira, vuelve a mirarse. La frase “Indian Style” en su remera negra se arruga debajo del saco marrón.

Duda en dejárselo puesto, pero al final decide conservarlo: le da un look más de escritor, más profesional.

—En diez salís —le avisa un joven con una carpeta en la mano, y Julián agita la cabeza en señal de que está listo.

Pero es mentira… no lo está.

Aparta la mirada del espejo y abandona el camerino.

El pasillo está oscuro. Algunas risas le marcan el camino y, sin darse cuenta, apura los pasos.

No le gusta andar a oscuras por el pasillo: le recuerda la entrada a la Madriguera, los túneles húmedos y los ojos desnudos de la muerte ritual, a los mártires que derraman su sangre para que…

Julián sacude la cabeza y corre hasta la cortina roja —el velo—, donde, del otro lado, el conductor extiende su diestra para anunciar —invocar— su nombre.

Otra vez, esa sensación le recorre la espalda. ¿Cuál?

La de la madre del Vacío cerrando las manos sobre su cintura para llevarlo lejos, donde la tierra es cruel y benevolente a la vez, mientras los rezos se elevan al cielo, rogando que el techo se abra y lo trague, como un recién muerto que nace en otro mundo.

Otra conciencia, y Ella lo lleva mientras lo besa con su lengua negra.

Sí, Ella lo lleva y Ellos lo devoran…

Ellos… magia.

El conductor anuncia su nombre.

Aplausos.

Gente de pie.

Las luces amarillas, que tanto odia, le confirman que fue una mala idea dejarse el saco puesto.

Se ubica en el sillón, junto al escritorio donde el conductor se sienta de cara al público.

—Bienvenido, Julián… hacía tiempo que no mostrabas la cara.

—Sí, estuve recluido en mi… —casi dice Madriguera— propia sala de torturas, como cualquier persona de bien.

Risas. Buena señal. El conductor baja la mirada hacia la mesa, donde tiene escondidas sus notas.

—Cumplís veinte años ya… Parecés de cincuenta, sin ánimos de ofender —bromea el conductor, mirando a cámara.

Más risas y aplausos del público; Julián acompaña—.

No, hablando en serio: cumplís veinte años como escritor…

o al menos como escritor consagrado, desde la publicación de tu primera novela, El asesino del hacha. ¿Cómo te sentís al respecto?

—Bueno, veinte años en la vida de una persona es bastante… pero, si hablamos de un libro, no es nada. Así que, para responder a tu pregunta, me siento como un hombre de cincuenta con un libro muy joven.

—Y no solo un libro, Julián… son varios. ¿Cuál es la fórmula del best seller?

—Para ser honesto, no tengo ninguna fórmula. Solo escribo sobre lo que me gustaría leer a mí. Sé que es una respuesta cliché… pero es la pura verdad.

—Bastante sincero. Honestidad brutal —guiña el ojo directo a cámara. Julián dibuja una leve sonrisa y baja la mirada. Está aburrido, pero, a pesar de eso, está enfocado.

—¿Cuál es tu libro favorito? —pregunta el escritor al conductor, solo por diversión.

—¿De los tuyos? —quiere saber. Julián asiente. —Me agarraste frío —se excusa—. Y pone gesto reflexivo, buscando generar suspenso. El hombre es un experto en esto. Pero Julián también lo es… magia.

—En el nombre de la sangre —responde el escritor. El conductor se queda estático. Hay sorpresa en sus ojos.

—¿Cómo adivinaste? Quiero decir, tenés como más de quince libros…

Ahora es Julián el que sostiene el silencio.

Y en ese silencio se tienta de abrir la boca y escupirlo todo: que no adivinó, que sabe qué libro leyó porque puede meterse en su cabeza.

Que ahora mismo está en su casa, caminando por un sendero de baldosas húmedas, pasando la puerta blanca, oliendo el césped recién cortado.

Siente el aire pesado de ese living, el zumbido del televisor encendido, y la mente del conductor latiendo a centímetros de la suya.

Toca la madera de pino de la biblioteca, observa los lomos ordenados con obsesión.

Todo expuesto. Todo a la vista. Porque es un presumido de mierda.

Podría revelarle también que conoce lo que sintió al leer cada página y cómo se le estrujó el corazón al llegar al final.

Fue el único de todos sus libros que logró ese efecto en él.

¿Por qué? Porque se identificó con el protagonista: un hombre arrogante como él, que al final no lo logra. No sobrevive. Otro miserable.

Incluso confesar —frente a cámara— que, antes de salir de su casa, el conductor debió masturbarse para liberar la tensión acumulada por tener que entrevistar a un hombre más influyente que él. Sí, podría decir todo eso. Pero no lo hace.

—Lo vi en tu camerino cuando me acerqué a saludarte esta tarde —dice al fin, y también es verdad—. Supongo que querés que te lo firme, ¿no? —agrega, con una sonrisa, mirando a cámara.

—Qué hijo de puta que sos —deja escapar sonriente Pablo desde su departamento en Puerto Madero.

El hombre observa a su amigo desenvolverse muy bien —a pesar de estar sobrio— en el talk show de canal Siete.

Según el productor del programa, que está en línea directa con Pablo, el rating está por las nubes, lo que significa que Julián sigue siendo un escritor de interés para el público, a pesar de no publicar nada nuevo hace ya algún tiempo.

—Esto quizás lo ayude a recuperar la confianza —dice a la mujer que se pasea desnuda a sus espaldas—. Y a la editorial le va a gustar saber que su autor estrella sigue siendo una mina de oro.

Pablo bebe champagne. La mujer se retira al tocador. Sabe que el hombre querrá celebrar el éxito del escritor.

—Julián, ¿qué pensás de la constante crítica que te hacen por recurrir al hacha como arma homicida en tus historias?

—Bueno, a Stephen King le criticaban que sus protagonistas eran escritores. No es que me compare con él, pero… si hasta King recibió críticas por una recurrencia particular, no puedo esperar menos siendo un escritor argentino de terror.

—Entiendo tu punto. Particularmente me gusta el hacha…

Sabe que el conductor miente, pero le sigue el juego.

—Es que, si te ponés a pensar, es un elemento muy simbólico. Representa poder, fuerza. Eso lo podés poner en manos de un héroe o de un villano. Y a mí, particularmente, me interesa más la segunda opción.

—La que involucra muertes grotescas —concluye el conductor, y las carcajadas estallan.

Julián se encoge de hombros y levanta las manos.

—Me declaro culpable, señor juez.

El conductor levanta un martillo imaginario como si dictara sentencia. Risas. Aplausos. Magia.

—Contame… ¿qué es lo próximo de Julián Amaya? —invita el conductor.

Pablo se relaja. Esa tarde habían repasado juntos los próximos movimientos del escritor.

—¿Cómo viene la entrevista? —pregunta la mujer, apoyándose sobre el respaldar del sofá.

—Julián la está rompiendo —dice Pablo, orgulloso de su amigo.

—Y vos que estabas preocupado —le reprocha.

—Él no quería ir… si lo hizo, fue por obligación.

—Y porque es tu amigo —agrega ella, mirándolo un instante.