1. BAILANDO EN LA OSCURIDAD #3
Enciende la radio y los parlantes estallan con Pet Sematary, de los Ramones. La voz nasal de Joey Ramone exclama que no quiere volver a vivir su vida otra vez.
—Como si fuera tan fácil —murmura Julián, en respuesta al cantante, mientras la cúpula del Palacio Barolo queda atrás.
Y siente lo mismo: que también él va quedando atrás de algo.
¿De qué? ¿De sí mismo? ¿O será que, en realidad, se está reencontrando de a poco con ese joven brujo que escarbaba mentes hasta hacerlas hablar?
Toma la autopista. La radio ahora escupe I Don’t Wanna Be Me, de Type O Negative. El riff lo envuelve; las palabras son solo un eco distante, más ilusión que realidad, como el centro porteño que se desvanece detrás. Ojalá pasara lo mismo con las responsabilidades.
Conducir, para Julián, siempre fue mucho más que moverse de un lugar a otro. Para el escritor, es como si el camino lo liberara de todas las tensiones del mundo material. Un viaje fuera del cuerpo, una experiencia metafísica en la que el camino desaparece por completo.
—Soy la Voluntad suprema —dice, y de a poco comienza a soltar el volante, y también la carga que le dobla la espalda—. Soy la Voluntad —repite, y se siente volar.
Por el tiempo que dura la vuelta a casa, Julián no está dentro del auto. O al menos, no su conciencia. Regresa justo cuando el motor se apaga, como si el cuerpo lo hubiera esperado.
Entra al caserón de Adrogué, cuelga las llaves, arroja la campera sobre el sofá y deja que el silencio lo reciba.
Mucho menos en acercarse al monitor de su computadora, que —aunque apagado— se encendería solo para atormentarlo con la pantalla en blanco y el cursor palpitando sin descanso.
Enciende la televisión y cambia de canal buscando alguna película de terror. Algo que lo inspire, que ponga el motor en marcha y mueva la máquina de ideas, aunque sea unos centímetros. Con eso le alcanza.
Pero solo encuentra comedias sin gracia y romances edulcorados. Piensa en leer un libro, aunque ya tiene demasiados problemas con las palabras.
Un ruido lo llama desde el estudio. El cajón del escritorio está abierto. Se levanta para cerrarlo, pero se queda quieto frente al mueble. Dentro no solo ve la portada de la revista, sino también el sobre con estampilla extranjera, ese que ha estado ignorando toda la semana.
Traga saliva. El aire se espesa, los segundos se alargan, y sabe que, si lo agarra, no hay regreso posible. Lo siente en cada fibra, en cada temblor de sus dedos. Lo sabe. Y aun así… lo agarra, como si su destino hubiera estado escrito desde siempre.
El papel le quema los dedos, le envenena las manos. Abre el sobre doblado en tres y se arrepiente en el mismo instante en que comienza a leer.
LAS VOCES DE SONORA TE ENCONTRARON
Suelta la carta. Las piernas se le aflojan de golpe. Se deja caer contra el mueble. Ellos volvieron. ¿Pero cómo? La última vez que los vio, todos estaban muriendo. Todos… incluso ella.
O al parecer, eso creyó.
El aire cambia. La casa, que hasta recién era puro silencio, ahora respira distinto. Siente que no está solo.
Vuelve la mirada sobre la carta en el suelo. Se odia a sí mismo por leerla, pero era algo inevitable. Nada que valga la pena viene gratis. Siempre hay un precio.
Los recuerdos se amontonan: los túneles de la Madriguera, Hollywood y las enseñanzas del Culto. Ve con claridad a su maestro alzándose entre manos que buscan tocarlo. Adorarlo.
Se le cierra la garganta, porque sabe que el infierno recién empieza.
—¿Cómo pueden estar vivos…?
La última vez que los vio, todo era un desastre. Todo.
Busca el teléfono con manos temblorosas. Quiere avisarle a Pablo que se irá lejos por un tiempo, que lamenta dejarlo justo ahora, con la edición aniversario de su novela y toda esa mierda.
Pero algo lo detiene. Respira.
‹‹Es solo una carta. Solo palabras en un papel››, intenta convencerse. Entonces, ¿por qué el miedo le aprieta el pecho como un puño? La vida ya estaba bastante jodida antes de leerla. La vida estaba...
El teléfono suena y Julián da un salto. Su corazón late desbocado. Piensa en desconectar el aparato porque solo le provoca sustos y malos tragos.
—¿H-hola? —dice con la voz entrecortada.
—¡Julián! —grita Pablo al otro lado—. Todo está arreglado con los del canal Siete…
Pero Julián no escucha nada más. Solo un zumbido, un ruido lejano que se le mete en la cabeza y lo apaga todo.
El corazón le da un vuelco. La mano que sostiene el teléfono tiembla.
Respira hondo. Se obliga a controlarse.
—Sí… sí, está bien —responde.
Pablo, del otro lado, está exultante. Le habla de las ventas que generará la entrevista, de cómo la editorial relanzará sus viejos títulos y, por supuesto, de la presión por la nueva novela, por la cual ya le pagaron millones de adelanto.
Julián apenas lo oye. La voz se disuelve, se vuelve ruido.
Se fue lejos, a un lugar donde todavía la magia es buena y no mata. ¿Existe eso? No en su vida.
—Soy la Voluntad… —susurra, pero no puede continuar.
Mira la pantalla de la computadora. Su torturador lo espera del otro lado, ansioso por volver a tocarlo.
Bip, bip, bip, … hijo de puta.