El Culto 1. BAILANDO EN LA OSCURIDAD #2
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1. BAILANDO EN LA OSCURIDAD #2

En realidad, lo que evita es la incómoda pregunta sobre su próxima novela: esa que ni siquiera empezó, aunque ya le pagaron un adelanto millonario para entregarla en tres meses. Bip, bip, bip.

El número cero se ilumina en rojo y las puertas del ascensor se abren como los brazos de una amante largamente esperada. Julián gira para despedirse; la recepcionista levanta la mano en un saludo tibio, cargado de decepción apenas disimulada.

Su representante lo recibe con un abrazo fraternal. Julián no lo devuelve. Al contrario: percibe la desesperación en el apretón de su amigo y, lejos de empatizar, se irrita más.

El número cero del ascensor vuelve a su memoria, y el círculo se dibuja detrás de sus párpados, cerca de la nuca.

Todo se basa en eso: círculos, triángulos y cuadrados. Las Formas Antiguas.

El perfume de Pablo se intensifica, se expande por la oficina a causa de la adrenalina que le corre a bocinazos por la sangre. El aire está viciado, estancado, como si escondiera algo en algún lugar, que muere de ansias por ser invocado.

Julián se hace una idea de lo que puede ser: un favor.

Muerto y momificado, oculto seguramente en la cabeza de Pablo, entre el recuerdo de la chica con la que se acostó anoche y la próxima cena de negocios en algún restaurante de Recoleta.

Se concentra un poco y puede ver al cadáver, con sus últimas fuerzas, juntar las manos, ponerse de rodillas y pronunciar el mantra más perverso:

“Dame un título, Julián, una sinopsis, algo para la editorial”.

—Sentate, Juli, Ana ya nos trae unos cafés.

—¿Ana?

—Sí, la chica nueva.

—¿Qué pasó con Angélica? —Pablo lanza una mirada cómplice que Julián entiende como problemas de sábanas.

—No me mires así, gil… Sabés que las minas son mi debilidad. Pero el cambio fue para mejor; Ana es más…

—Joven —sentencia el escritor.

—Bueno, sí… pero tiene un aire más fresco.

Sabés a qué me refiero —dice, esperando aprobación, pero Julián ni se inmuta.

Pablo bufa, rindiéndose ante la obstinación de Julián; puede ser intratable cuando quiere.

—Cambiando de tema, llamaron de canal Siete, quieren reabrir el ciclo de entrevistas a autores argentinos —agrega, y Julián frunce el ceño porque sabe lo que vendrá.

—No me gustan esos programas.

—Pero tenés que mostrarte, Julián… demostrarle a tu público que todavía existís, y a la editorial…

—Que todavía soy rentable —interrumpe.

Pablo se sienta sobre el escritorio y cambia la mirada jovial por una más profesional, la que lo muestra tal cual es: un cincuentón que juega a tener treinta.

—Bueno, macho, voy al hueso: la editorial me está prendiendo fuego el oído… —comienza a decir.

Julián no despega la mirada del cadáver, que parece replicar las palabras de su amigo.

—Les tuve que decir que estabas con eso de la crisis de mediana edad y que se yo, pero los tipos están muy intensos con esto de los veinte años de la publicación de El asesino del hacha,

y no van a parar hasta que le confirmes que vas a escribir un nuevo prólogo para la edición del vigésimo aniversario.

—Ya te dije que sí, Pablo —responde tajante el escritor.

—Sí, ya sé… hace dos meses me dijiste que sí, y desde entonces ni una página.

—No sé qué querés que te diga…

—Escuchame, boludo, nos conocemos desde hace años —cambia de tono. Abandona el escritorio y se acerca a su amigo. Le apoya la mano en el hombro, y Julián espera a que le pregunte si sabe cómo cogen los marcianos. Pero no lo hace.

—¿Qué te pasa? Y no me vengas con pelotudeces de bloqueos de escritor y todo eso…

—No me pasa nada —responde evasivo, sacándose del hombro la mano de Pablo—. Te dije que iba a escribir un nuevo prólogo para la edición aniversario. ¿Qué más querés?

—Yo nada, Julián… —responde Pablo llevándose las manos al pecho con una mirada que Julián desprecia.

La secretaria se anuncia con tres golpecitos suaves en la puerta, y Pablo le dice que pase. Ella lo hace con pasos firmes y renueva el aire con su perfume dulce.

—Dejo esto en la mesita, ¿sí? —indica la secretaria, acomodándose la falda sin poder esquivar la mirada de su jefe. Rubor de por medio, se despide con un gesto de cabeza.

—Gracias, Ana —dice Pablo, y le guiña un ojo.

La chica cruza miradas con Julián y sonríe con timidez. El escritor se conmueve: algo de ella le recuerda cómo eran las cosas antes, y, en cierta medida, a cómo no son ahora.

—¿Ya la llevaste a tu departamento de Puerto Madero? —pregunta Julián.

Pablo sonríe de manera cómplice.

—Las minas son mi…

—No perdonás a nadie vos, eh… —interrumpe Julián, sonando a reproche.

—Esto de tu bloqueo me tiene muy ansioso —se excusa Pablo con una sonrisa.

—Sos un pelotudo. Ya me voy.

—Pará, ¿y los cafés?

—Tomalo con Ana —dice, ya dispuesto a irse—. El viernes te adelanto algo para dejar tranquilos a los de la editorial, ¿te parece?

—Me parece —responde Pablo, un poco más tranquilo.

—Y hablá con los de canal Siete.

—¿Vas a ir al programa?

—No queda otra…

Pablo no responde.

Ana se despide de Julián cuando el escritor pasa junto a su escritorio. Piensa en pedirle un autógrafo, pero no sería ético. Además, la cara del hombre lo dice todo: no está atravesando un buen momento.

De vuelta en su auto, Julián pone en marcha el motor, mete primera y ni siquiera piensa en el próximo paso.

Lo único que tiene claro es que necesita conectar con una idea salvadora.

Una idea que le dé algunos párrafos y calmar la ansiedad del mundo.

Como si eso fuera posible. Lo es, para algunos lo es.

Solo hay que calmar la ansiedad de adentro, primero.